Dios ha querido participar de su santidad a una inmensa muchedumbre de hombres y mujeres, niños y ancianos, sacerdotes y laicos, gobernantes y agricultores. Hay todo tipo de santos. En todo lo largo y ancho del mundo, y esto es una fortuna. En la santidad se encuentra el rostro de una cantidad innumerable de personas, una muchedumbre incontable. Y, al reconocer los méritos especiales que a cada uno de ellos los ha llevado a la santidad, se agradecen, se veneran y se aprecian los dones de Dios. Dios es un Padre Bueno, derrochador y espléndido que ha prodigado sus dones a manos llenas por todos lados. La santidad es el destino de todos los bautizados; el camino de la santidad es la ruta para todos, no hay uno solo que se pueda situar al margen de esta vocación que incluye a todos. Todos están llamados a la santidad, ese es el destino universal. No se trata de una opción, es un imperativo en la vida cristiana. Es el regalo que se nos ofrece a todos, vivir al máximo, disfrutar de nuestros días, para estar por siempre, en la eternidad disfrutando de Dios.
La Iglesia ha querido celebrar a todos los santos en una sola liturgia llena de sentido y expresividad, siendo así que el primero de noviembre se veneran a todos los santos con los que Dios ha adornado a su Iglesia por siglos y siglos, y al venerarlos a ellos se les agradece su intercesión y se siente, en cada uno de ellos, la llamada a la santidad que Dios hace a título personal. Que Dios sigue haciendo hoy todos.
Por otro lado, y en un simbolismo bellísimo, al otro día de la celebración de Todos los santos, se pide por los fieles difuntos. Todos los compañeros de camino que ya han salido de este mundo para estar con Dios, se les recuerda en la acción de gracias por excelencia que es la Eucaristía, se les tiene presentes, y en medio de una expresividad auténtica y propia del folclor mexicano se hacen todo tipo de expresiones de cariño en recuerdo de todos esos familiares y amigos que han dejado huella en la vida de cada uno.
Dos celebraciones que se complementan, una sinfonía, que habla directamente a cada uno y en la que Dios permite que cada quien vea su destino, por un lado, la muerte que es el camino para llegar a Él, y por otro la santidad que es la vocación universal. Celebraciones que nos trasladan a dos puntos fundamentales, el presente de vida y el futuro inmediato de muerte, y la eternidad junto a Dios.