Análisisviernes, 26 de septiembre de 2025
Bienvenido a mi casa, Petrov
Voy y vengo.
ÚLTIMAS COLUMNAS
Más Noticias
COLUMNAS
CARTONES
LOÚLTIMO
Newsletter
¿Te quedas fuera de la conversación? Mandamos a tu correo el mejor resumen informativo.
Voy y vengo.
Menos del 10% de nuestras ideas pesimistas se harán realidad —me contó Doña Regia de Talavera (es decir, mi esposa)—, tras oír esa misma reflexión en la voz de una psicóloga. El comentario llegó a nuestra charla vespertina en medio de dolencias emocionales que se han ido acumulando en semanas recientes. No es para menos: el trabajo, los amigos, el dinero, el romance, los hijos, el futuro, la salud… todo parece caer en las redes infinitas de la incertidumbre cuando dos o más de esos factores se ven vulnerados o heridos. Sin rodeos, descubrimos que la ansiedad había llegado de nuevo a nuestra casa y anidado cerca de la recámara.
Hace algunos años le dije a un amigo en Puebla: “entre más grande es la expectativa, más intensa es la decepción”. Sin darme cuenta, esa frase terminó funcionando como presagio en ciertas relaciones personales, inversiones y hasta en apuestas de vida. Con el tiempo confirmé la hipótesis al escuchar historias de personas que lo dieron todo y recibieron poco o nada a cambio. Esa desproporción entre lo esperado y lo recibido —entre lo que uno imagina y lo que ocurre— es semilla perfecta para la angustia: la mente se alimenta de escenarios irreales y la decepción se multiplica. No es casualidad que la cultura popular advierta con ironía: “no es culpa del indio [sic], sino de quien lo hace compadre”.
Cuando el alma o la mente duelen, cada uno reacciona distinto: algunos huyen, otros se congelan; unos ven todo gris y esperan lo peor; hay quienes se sienten retados y luchan; y también están los que mienten, manipulan o hieren. En mi caso, si las penas son muchas y no hay pan de dulce suficiente para amortiguar la tristeza, me conecto con el pesimismo y terminó con el vientre inflamado de ideas hostiles que no me dejan descansar ni digerir en paz.
Así como en Interestelar (si no la has visto, hazte un favor y búscala), todos los escenarios más crueles, los desenlaces más extraños y las realidades más absurdas suceden de manera simultánea en la mente de quienes padecen el trastorno del “exceso de futuro”. El resultado: bloqueos intelectuales, emocionales o espirituales. Tal vez por eso los budistas comprendieron que esta enfermedad era contagiosa y traicionera, y en respuesta promovieron una cultura de cero expectativas, cero apegos y plena conciencia del presente.
¿Hay esperanza? Bueno, en la madrugada de un día como hoy, pero de 1983, durante el equinoccio de otoño, una computadora soviética detectó un ataque nuclear estadounidense: cinco misiles en ruta. Stanislav Petrov, oficial ruso que estaba de guardia en la estación, desconfió de la señal y razonó: “si fueran a atacarnos, no serían sólo cinco”. Reportó falsa alarma, y tenía razón: eran reflejos solares en los satélites. Con intuición y temple, una sola persona evitó que la Guerra Fría se convirtiera en guerra nuclear apocalíptica. Ahora imaginen a Petrov si, en ese momento, hubiese estado atrapado en un ataque de pánico.