Análisisviernes, 30 de enero de 2026
Cuando el jefe cuelga el gafete.
Voy y vengo.
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Voy y vengo.
Decía Hermann Hesse que algunos de nosotros pensamos que lo que nos hace más fuertes es aguantar, pero que otras veces lo es soltar. Esa idea se me ha quedado rondando en la cabeza a lo largo de las últimas semanas y hoy, desde Monterrey, me la sirvo con las galletas del café. Para ello, querida lectora, querido lector, aprovecharé la reciente jubilación de mi padre y las muchas emociones que me despierta.
Cambios y despedidas: dos temas que deberíamos guardar en el cajón de la mesita de noche, ahí, entre los antiácidos, los lapiceros y la melatonina. Los que saben de feng shui aseguran que los reflejos de los espejos —o el simple desorden que dejamos en el cuarto— se nos cuelan en los sueños, o en el subconsciente, y nos roban energía o, peor, nos bloquean caminos. Honestamente entiendo poco sobre eso, pero sí sé lo esencial, la consigna mínima: hay que moverse. No lo digo yo: lo decía Lao Tse, que ponía especial énfasis en que nuestra vitalidad debía seguir la suerte del Tao; es decir, ser un poco como la humedad, como el agua: aprender a desplazarnos, a escapar, a impregnarlo todo y, después, a evaporarnos; no estancarnos, no pudrirnos. Fluir.
Ciertamente, dejar ir es necesario. Pero honrar también lo es. El empleo de mi padre no sólo abonó al patrimonio de mi familia: se sumó a mi memoria, a esas imágenes que me marcaron y que, con los años, terminaron por definir una parte de lo que hoy me hace feliz. A través de mi papá y de sus viajes de trabajo conocí la Sierra Norte de Puebla en todo su esplendor —Cuetzalan, Zacatlán, Huitzilan y tantos pueblos más—. Me enamoré de las calles de piedra y de las casas de adobe; de las lluvias que nunca acababan; de las voces incomprensibles para mí que se comunicaban en lenguas originarias; de la música en el auto que nos mantenía despiertos y que, sin proponérselo, se volvió la banda sonora de montañas, bosques, selvas y playas.
Lo he dicho en otras columnas, en otros tiempos, parafraseando a Sartre: somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros. Si lo repites muchas veces, se vuelve un mantra poderoso y convincente; pero también puede ser una expresión vacía, una generalización infundada. Hay seres humanos a quienes, desde muy pequeños, la vida trató con saña y que, aun así, quebraron el cristal del destino más obvio con la piedra de su voluntad. Eligieron no ser —y no hacer— aquello que les hicieron. Eligieron no reproducir el dolor que les provocaron: ser prófugos de sus fantasmas y redimirse en lo cotidiano, en su eterno presente. Ese es mi apá.
Pienso que, luego de 36 años de sudor digno, mi padre nos regaló a sus nietos y a sus hijos una enseñanza —y una oportunidad—: dejar atrás casi todo; conservar, si acaso, lo verdaderamente amoroso; y mirar al frente. Fluir: no pudrirse, derramarse, trascender y volver a encontrar cauce. En otras palabras, aprender a ser fuertes soltando para hallar camino de nuevo —tal vez por eso nos está costando tanto convencerlo de que ya no busque otro empleo—