Análisisviernes, 16 de enero de 2026
¿La Chorreada tenía razón?
Voy y vengo.
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Voy y vengo.
Estos días se me han extendido innecesariamente. Comencé a vivir una etapa involuntaria de descanso que me tomó por sorpresa a finales del año pasado; bueno, ni tan involuntaria, porque en los últimos meses de 2025 ya venía deseando un epílogo a un proceso laboral desgastante que me fue robando, poco a poco, la paz, el optimismo y la autoestima. Así que, muy en el fondo del corazón, yo mismo decretaba ese final; y tampoco tan “de descanso”, pues me mantengo ocupado con mis hijos, mis proyectos de investigación y escritura, mis clases y la búsqueda —obvia, inevitable— de otra opción que despierte en mi alma la misma curiosidad y pasión.
Tal vez estas líneas puedan servir de desahogo para muchas de las inquietudes, preguntas y reproches que traigo en la mente; sin embargo, prefiero decir que, a mis 36 años, esta es la primera prueba de esta naturaleza que me toca enfrentar: separarme de un empleo muy querido, muy respetado y en el que sentí pertenencia. Cuando lo retomo mentalmente, el cariño sigue intacto hacia su gente, su marca y su legado. Mi agradecimiento es casi total; lo demás se lo dejo a la fatalidad, al amor imposible, a la lucha que pudo ser y no fue. Como en muchos cuentos, historias y crónicas, siempre hay una villana —o un villano— que se empeña en desacreditar, corromper o erosionar la poca salud física o mental del protagonista; aunque, a veces, no son personas, sino las circunstancias inexplicables del destino.
Hace algunos años, la película Ustedes los ricos nos regaló uno de los finales más trágicos que la cinematografía nacional pudo imaginar: la muerte del hijo de Pepe “el Toro”. Tras una historia conmovedora y sumamente angustiante, cuando todo parecía resolverse para llevarnos al “y fueron felices para siempre”, la narrativa se oscureció súbitamente, arrebatándonos la poca fe que nos quedaba y hundiéndonos en un naufragio en medio de un mar de lágrimas. Nadie entendió por qué Ismael Rodríguez aceptó semejante puñalada al corazón. Tal vez sea sólo cine, pero creo que muchas personas vivimos episodios similares cuando resistimos, insistimos y persistimos —como canta Fito Páez— y, aún así, perdemos. Nos sentimos como el perro más flaco: ese al que más pulgas se le cargan.
Se dice que cuando más oscurece está más próximo el amanecer; también, que al final todo estará bien. En la película, “la Chorreada” le recuerda a su marido que tiene derecho a llorar, pero no a olvidar que Dios da y Dios quita. Más tarde, su fe parece ser recompensada con dos hijos. Así también, cuando perdemos una pareja o un empleo, somos colocados —socialmente— en manos de Dios y de los refranes, esperando que algo equilibre la balanza.
Como pueblo miramos la tragedia con pensamiento mágico. Yo también tengo fe, pero no creo que todo deba dejarse a la metafísica. A veces hace falta algo más terrenal: hacernos escuchar, pelear por un sitio más digno en la vida y conquistar, por nosotros mismos, aquellos lugares donde podamos, por fin, volver a florecer.