Las prisiones de la Inquisición
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónEl tema de los calabozos del Santo Oficio, de acuerdo a la obra de Henry Kamen “La Inquisición española”, es interesante. Las prisiones secretas de la Inquisición se consideraban menos duras que las prisiones reales o los calabozos eclesiásticos ordinarios. Tenemos los casos de un fraile de Valladolid que, en 1629, hizo algunas declaraciones heréticas sólo para que lo trasladaran de la cárcel donde estaba, a la más benigna de la Inquisición. Lo mismo hizo, en 1675, un sacerdote confinado en la prisión episcopal que pretendió ser un judaizante con este fin.
No hay mejor prueba de la superioridad de los calabozos inquisitoriales cuando en Córdoba, en 1820, las autoridades de las prisiones se quejaron del miserable e insalubre estado de la cárcel de la ciudad y pidieron al municipio que trasladaran los presos a los calabozos de la Inquisición, porque eran…”seguros, sanos y extensos… cárcel para mujeres absolutamente separada; sitios para labores; una magnífica audiencia…”. Y en otra ocasión, las autoridades informaron que el edificio de la Inquisición tenía la “ventilación necesaria para conservar la salud de los presos”.
Aunque el trato humano en las prisiones inquisitoriales se pudiera interpretar falsamente como benevolente, lo que es verdad es que estos calabozos no eran antros de horror. A los presos se les daba de comer regularmente, según sus propios recursos económicos, como con pan, carne y vino. Los gastos de los pobres eran pagados por el propio tribunal. Se les podía otorgar concesiones especiales como el uso de cobertores, sábanas adicionales, almohadones, papel para escribir, etc. Incluso a los pobres se les daban zapatillas, camisas y otras prendas.
La otra cara de la moneda es que se cortaba todo contacto con el mundo exterior, y aun dentro de la prisión, estaban aislados. Cuando abandonaban el calabozo se les hacía jurar que no revelarían nada de lo que habían visto o experimentado en las celdas. Otra regla era que se les negaba a los presos todo acceso a misa y a los sacramentos. Otros no la pasaron tan bien, y se quejaban de tener que dormir en el suelo, lleno de pulgas, careciendo de pan y agua, casi desnudos. Estas quejas generales eran comunes en otras prisiones, seglares o eclesiásticas.
Otros sufrimientos comunes eran el tener que llevar cadenas (que la Inquisición no empleaba con frecuencia) y permanecer intermitentemente en celdas sin luz ni calefacción. Los presos recalcitrantes eran castigados de dos maneras en la Inquisición: la mordaza, para impedir que hablaran o blasfemaran, y el “pie de amigo”, una horquilla de hierro utilizada para mantener la cabeza erguida a la fuerza. Considerando la condición de las cárceles hasta tiempos recientes en Europa, podemos llegar a la conclusión de que eran menos intolerantes que otras.
Los inquisidores tuvieron especial cuidado en evitar la crueldad, la brutalidad y los malos tratos. Las prisiones eran pensadas para la detención, no para el castigo. El empleo de la tortura no era un fin en sí mismo, empleada con “derecho, razón y buena conciencia”. Comparada con los tribunales europeos, el uso de la tortura en la Inquisición española siguió una política de benignidad y circunspección que la deja en un lugar favorable si se le compara con cualquier otra institución, usada sólo como último recurso y en pocos casos.