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Un pensador ruso, Nicolás Berdianeff, afirmó una vez que la democracia no debe romper con la voz de todas las generaciones. No debe de perder la fe, porque ha elegido ser tolerante con el error. La voluntad del pueblo puede dirigirse al mal, incluso, el error y la mentira pueden tener mayoría y la verdad puede estar en una minoría. Esto nos obliga, como dice el maestro Carlos Bravo Regidor, a pensar en las mayorías futuras.
Eso nos conduce a afirmar que no es justo que una ideología de izquierda sea la única voz del futuro, que sea el único jugador político que dicte las reglas para todos, porque está acostumbrada a no admitir un parlamento de opiniones, porque su naturaleza sólo acepta que un grupo pequeño de dirigentes se beneficie apoyando a una clase social sin movilidad económica. Este es el riesgo de ignorar el contrapeso de las instituciones, porque la legitimidad del voto de la mayoría eligió un modelo socio económico, admirador de Cuba, que no tiene garantía de ser exitoso a largo plazo.
Un Estado que se encamina a ser hiper centralizado, dirigido por los intereses proletarios de clase (Estado socialista), difícilmente pensará en el derecho de las mayorías futuras que ahora son minorías, o en las mayorías futuras que piensen que el modelo político actual no funciona o que simplemente, señalen los errores o áreas de oportunidad de las políticas públicas.
No es exagerado afirmar que nos dirigimos a este escenario cuando se pretende obligar a los medios de comunicación la estricta distinción entre argumentos y opinión, o que el Estado tenga la más remota facultad discrecional de suspender, de forma preventiva, su emisión, o penalizar a cualquiera que exprese sus críticas, opiniones, o reclamos a la autoridad pública, porque el poder ejecutivo o el partido gobernante controlan los poderes legislativo y judicial.
También puede suceder, no de forma excluyente, pero sí complementaria, que el pueblo o la mayoría ya no tengan valor como referencia política en la toma de decisiones, porque ya no tienen poder para cambiar al grupo o la ideología que gobierna, o la sociedad civil ha dejado de tener influencia o ya no existe, de plano. Y este es el riesgo que corremos, de que no exista ningún contrapoder que limite que se cometan abusos. No olvidemos que el abogado y aristócrata francés Charles-Louis de Secondat, barón de la Brede de Montesquieu, defendió la separación de poderes.
Y lo hizo para que esta frontera institucional de libertad e independencia política nos protegiera de la aparición de actos despóticos, coactivos y tiránicos. Pensemos que alguien como Donald Trump gobernara nuestro país con todos los poderes y sus posibles resultados a largo plazo ¿Nos gustaría?