El enfermero asesino
Parte I
Salvador Moreno Arias
Ciertamente, no ojeaba la crónica policiaca con el morbo de muchos. Le producía un desagradable escalofrío que la noticia se diera en el otrora pacífico “ranchito” de Chihuahua, y más en un fraccionamiento cercano a donde él vivía.
De acuerdo a la información, el agresor utilizó un arma de fuego calibre nueve milímetros y disparó contra las cinco víctimas (tres mujeres y dos hombres) a quienes sorprendió a tiros, dando muerte primero a un par que estaba junto con él en la sala.
Posteriormente fue a donde estaban dos más en la cocina, y por último le dio alcance a la quinta víctima, quien al escuchar los disparos trató de escapar por la escalera a la segunda planta pero fue asesinado en el primer escalón.
Supuestamente, el asesino había subido a la planta alta de la vivienda, donde encontró a un niño de dos años y medio y a quien desistió de darle muerte. Luego, tomó algunas cosas de la vivienda salió de ahí para perderse en las calles aledañas.
Ese asistente había sido un verdadero hallazgo en épocas donde el buen servicio, la disciplina y, sobre todo, la lealtad son ya valores escasos. Un acierto de su esposa Carey, sin duda, siempre preocupada por su últimamente quebrantada salud.
A Gazolaz le conmovió sobremanera que el o los responsables del crimen hubiesen dejando vivo y sin lesiones a un niño de tan sólo dos años y medio; al menos, se consoló, algunos criminales aún conservaban un poco de escrúpulos.
Empero, no pudo dormir. Retumbaban en su mente los nombres de Ricardo Chávez Pérez y María Romero Armendáriz. Él ingeniero civil y ella, arquitecto, ambos esposos que laboraban en una constructora. Daniela Romero, hermana de María, también era profesionista.
Luego de un par de horas en los que sólo se dedicó a dar vueltas sobre la cama, se levantó con la intención de ir a cumplir su deber como ciudadano, pero más que nada para ocupar su mente en otra cosa que no fuera estar pensando en tan horrendo crimen.
Como pudo, se durmió desde en la tarde, pero le salió peor: soñó que estaba en su casa discutiendo sobre su salud, cuando repentinamente, un desconocido agresor arremetía contra ellos, vaciándoles el contenido de una pistola nueve milímetros.
Su pesadilla fue casi una fiel calca de la noticia que le había impactado, pero tomó proporciones dantescas cuando, en su sueño, pudo ver el rostro de su asesino, que no era otro que el enfermero que su mujer había contratado días antes.
Se despertó en la mitad de la noche con una ansiedad alarmante: uno de los síntomas más comunes de un infarto.
***
Nada más alejado de su realidad, porque después de saludar y abordar aspectos laborales y de salud, el visitante “disparó” la novedad con la que Chihuahua había amanecido ese lunes: “Arrestan a presunto asesino de familia”.
Aunque la noticia acerca de que agentes de la Fiscalía General del Estado y de la Policía Municipal habían detenido a Jorge Ceballos como hipotético implicado en la masacre de Lomas Universidad debía haber tranquilizado a Gazolaz, había algo que no encajaba del todo.
De acuerdo con los cánones periodísticos, los ojos del presunto culpable eran tapados por una cinta negra. Sin embargo, el resto de la expresión le pareció cruel al señor Mollinedo, férreo defensor de que el carácter de una persona se podía deducir por su faz.
“Por nada del mundo me fiaría de él”, sentenció. “Por cierto, ¿su esposa no podría recomendarme un enfermero como el que contrataron? Necesito uno para mi suegra”.
“No lo creo”, replicó el interpelado, “conseguir al de nosotros fue obra de la suerte y…” reparó. “¿Por qué dijo ‘por cierto’?”
“Porque el detenido es empleado del Seguro Social, y su esposa alguna vez me comentó que el enfermero que habían conseguido también labora ahí”.
La ansiedad regresó a Gazolaz. Hasta entonces reparó en ese detalle sobre el imputado. Quizá conocía su enfermero. Tal vez su enfermero sabía que su compañero laboral mató a una familia por una venta de un órgano.
Quizá su enfermero también un criminal.
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