Análisismartes, 2 de diciembre de 2025
Pornografías / Ausencias
Alejandro Ahumada
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Alejandro Ahumada
Es curioso, si algo tenemos seguro en la vida es la muerte y cada vez que la tenemos cerca la miramos con extrañeza, como si nos fuera ajena, como si fuera la primera vez, y es que después de algunos años de transitar por el mundo deberíamos verla con un aire de familia, pero no, no nos acostumbramos a su llegada, por el contrario, siempre se le recibe con un «¿por qué precisamente ahora?», como si mañana fuera distinto.
Los ritos mortuorios nos sirven como puente para transitar con más calma y dejar ir, pero, ¿cuándo se deja ir lo querido, lo realmente querido? Freud dijo que solo tenemos ciencia, arte y religión, es cierto, en el duelo es más que cierto. Ansiamos encontrar la verdad de la vida y de la muerte en la ciencia. Para lo primero, dos gametos que se juntan y generan la existencia, así, sin magia, sin misterio, algo similar a la manera del caldo primigenio de Oparin. Para lo segundo, neuronas que se apagan, carne que se descompone y se integra a la naturaleza. Nada de espíritu. Nada de alma. Pero por si la ciencia no nos satisfizo siempre está el arte para consolarnos. El Ángelus, de Dalí, o Autómata, de Hopper, lo intentan. Obras que muestran el dolor y el desánimo ante la pérdida. Pero aunque mejor que la ciencia, el arte no sacia nuestra necesidad de respuesta. Queremos más, necesitamos más. Queda entonces la religión, eterno lugar para los creyentes, reducto para los agnósticos y contrariedad para los ateos, pues durante el duelo la duda aparece y la posibilidad de un más allá no se mira tan descabellada. «No se fue del todo», decimos con la esperanza de reencontrarnos con quien creímos no volver a ver nunca. El cielo, la vida eterna, mitos mirados como infantiles, adquieren de pronto una inusitada madurez y una lógica que nunca se alcanzó a percibir. «Puede ser», nos repetimos entrecerrando los ojos y asintiendo con la cabeza, tratando de convencer a nuestro otrora escéptico yo.
Pero con todo y eso el dolor sigue ahí y es uno imposible de cartografiar, cosa que no comprenden los sabios galenos que harán su intento de paliar las dolencias con medicamentos. Intento infructuoso, porque la aflicción sentida no corresponde al cuerpo sino al alma y para el alma no hay tónico que aplique, salvo otro cuerpo. Un abrazo. El contacto. El saberse acompañado. Dicen que el duelo es amor que se quedó sin cuerpo, quizá por ello el doliente abraza en cada oportunidad, sí, porque tiene un excedente de amor y debe repartirlo en otros. Se conformará con fragmentar su querer ante la ausencia del depositario real. Un poquito aquí, un poquito allá, lo sobrante, cual alquimia, será transformado en agua salina y expulsado en la soledad de la noche. Lágrimas, remanente del dolor que no pudo ser expelido a través de un estrujón o de la palabra.
Se han encontrado tumbas con flores en restos neandertales. Los elefantes se quedan de pie desconcertados ante un miembro de la manada que ha desfallecido. Algunos primates continúan cargando con la cría perecida, incluso en estado de descomposición. Algo nos hermana. No importa la época o cualquier especie de las llamadas superiores, el morir y su consecuencia de ausencia siempre será mirada con tristeza, respeto y como algo excepcional que en sí no debió nunca ocurrir. Sí, sigue siendo curioso, pues si algo tenemos seguro en la vida es la muerte.