Los recientes casos de feminicidio en nuestro estado han vuelto a poner en el centro del debate la cruda realidad de la violencia de género y la impunidad que la rodea. Son trágicos, así de crudo. No solo se caracterizan por su brutalidad, sino que también revelan las profundas fallas en el sistema de justicia y la protección de las mujeres en Jalisco.
Días antes del 8M, Astrid y su hijo fueron asesinados, y su hija menor gravemente herida. ¿El presunto culpable? Su expareja, un hombre con antecedentes que había sido enjuiciado por un feminicidio anterior bajo el mismo modus operandi. A pesar de los antecedentes de Eduardo, las autoridades no tomaron medidas preventivas para proteger a Astrid y a su familia. Incluso, que tras cumplir solo una parte de su condena, Eduardo fue liberado. Sobre el día de los crímenes, apuntar que las autoridades se tardaron horas en tomar acciones, en atender el llamado, en entrar al domicilio. Horas que fueron clave, horas que no se van a recuperar como se van a recuperar esas vidas.
También en estos días, Liliana, quien estaba embarazada, y su hija, una niña, fueron asesinadas con extrema crueldad, con heridas de navaja. El principal sospechoso es la pareja de Liliana. Por si eso no fuera suficientemente horroroso, fue la madre de Liliana quien encontró la escena al ir a buscar a su hija tras días de no saber de ella ni de su nieta. Tampoco hay detenidos.
La respuesta de las autoridades ante estos crímenes ha sido a todas luces insuficiente. La impunidad que prevalece en Jalisco, donde tenemos un índice de impunidad del 100% en feminicidios, un indicador claro de que las instituciones no están cumpliendo con su deber de proteger a las mujeres y garantizar justicia para las víctimas y sus familias.
Necesitamos crear nuevas rutas institucionales que nos permitan atender la problemática. Es urgente dotar al sistema de justicia de herramientas especializadas para abordar la violencia de género con perspectiva de género, evitando la revictimización y asegurando que los casos sean investigados y juzgados con la seriedad que merecen. Necesitamos contar con personal capacitado y protocolos específicos, se podrían reducir los niveles de impunidad y enviar un mensaje claro a los agresores de que sus acciones tendrán consecuencias legales. Es impostergable cambiar el sistema cultural que fomenta la desigualdad y la violencia contra las mujeres.
Como comentario final a propósito de lo acontecido, me gustaría decirle a quienes se han quejado de la movilización del fin de semana, a quienes han increpado que “esas no son formas”, les invito a revisar las cifras de impunidad y a reflexionas sobre las violencias, en plural, porque no es una sino que son muchas y se superponen. Les invito a indagar en los casos y pensar en que cada caso es más que una cifra, es una vida, es un testimonio del horror. A que se den cuenta que no son pocos casos, ni que están lejos, porque cada mujer tiene algo qué decir sobre cómo ha sido víctima de la violencia machista. Y no es exageración, no es victimismo, ni es revanchismo. Claro que estamos enojadas y estamos cansadas ante toda la indiferencia, la impunidad, la invisibilización y el silenciamiento; pero sobre todo, estamos organizándonos porque queremos un futuro mejor, uno donde podamos ser, donde podamos vivir sin miedo. Aunque no solo eso, queremos y creemos que el futuro es hoy, porque el presente debe ser más digno.