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Durango atraviesa un momento crucial en su historia: asegurar el agua para las próximas generaciones. En su Tercer Informe de Gobierno, Esteban Villegas Villarreal subrayó un proyecto que marcará un antes y un después en la vida del estado: la construcción de la presa El Tunal II, obra que promete garantizar el abasto de agua limpia durante los próximos 50 años. Un sueño de más de siete décadas que empieza a hacerse realidad.
Pero asegurar el agua no depende únicamente de megaproyectos hidráulicos; el cuidado del medio ambiente comienza también en las pequeñas acciones cotidianas, en lo que sucede dentro de las escuelas y en la formación de niñas, niños y jóvenes que aprenden a valorar cada gota. Iniciativas como el programa Escuelas de Lluvia, impulsado con apoyo de la sociedad civil y empresas como Arca Continental, son ejemplo de cómo la infraestructura comunitaria puede sembrar conciencia y responsabilidad desde la niñez.
Ambos esfuerzos —el gubernamental y el escolar— se complementan; mientras la presa será la gran obra que garantizará disponibilidad para la ciudad y el campo, los sistemas de captación de agua de lluvia en las escuelas enseñan a los estudiantes que la lluvia no debe desperdiciarse; lo que se capta en los techos escolares podrá servir para regar jardines, llenar sanitarios o apoyar a comunidades en momentos de necesidad; y lo más importante, cada instalación se convierte en un laboratorio vivo donde las y los estudiantes se transforman en guardianes del agua.
En la prospectiva que Esteban Villegas tiene de su gerencia gubernamental no basta con inaugurar una presa ni con entregar uniformes y útiles escolares; el verdadero cambio está en la cultura que todos debemos contribuir para instaurar; de nada servirán los millones de metros cúbicos que almacenará la presa si la ciudadanía sigue viendo al agua como un recurso inagotable y de poco servirá que las escuelas tengan cisternas si no existe un compromiso cultural de parte de toda la ciudadanía.
El mensaje es claro: el gobierno pone las bases con obras históricas, pero corresponde a la sociedad, y en particular a las generaciones más jóvenes, darles vida. Los estudiantes no solo son receptores de programas, sino actores fundamentales de un cambio cultural que conecta el aula con la presa, el salón con la naturaleza y la práctica diaria con el futuro.
En este sentido, la Secretaría de Educación está liderando un plan transversal que incorpora la educación ambiental como eje permanente del currículo. Desde su estructura central hasta las supervisiones escolares, se están impulsando campañas de uso eficiente del agua, la instalación de sistemas de captación y la capacitación docente en temas de sustentabilidad. La política educativa está acompañando a la política hidráulica, para que lo que se enseña en las aulas esté en sintonía con lo que se construye a nivel estatal.
Por su parte, los centros educativos y sus directivos tienen la oportunidad de transformar cada escuela en un espacio modelo de cuidado del agua. Pequeñas acciones como instalar bebederos eficientes, reparar fugas de inmediato, aprovechar el agua recolectada en jardines escolares y establecer brigadas ecológicas estudiantiles pueden marcar una diferencia tangible. La gestión escolar debe entender que la administración responsable de los recursos naturales es también parte de la tarea pedagógica.
Asimismo, estudiantes y padres de familia son la clave para que estas iniciativas trasciendan las paredes de la escuela. Los jóvenes pueden convertirse en promotores comunitarios del ahorro de agua, replicando lo aprendido en sus hogares y barrios; mientras que madres y padres pueden involucrarse en talleres de educación ambiental, apoyar el mantenimiento de equipos y fomentar prácticas de consumo responsable. El círculo se completa cuando la escuela enseña, la familia refuerza y la comunidad adopta, generando así una verdadera cultura del agua.
El agua que cuidemos hoy, en cada escuela y en cada hogar, será la esperanza de mañana. Si Durango y los duranguenses queremos renacer con fuerza, la fórmula está en conjugar las políticas públicas con la conciencia social; solo así, con obras que aseguren el recurso y con generaciones que aprendan a valorarlo, tendremos un Durango limpio, suficiente y fuerte para los próximos 50 años.