El Barrio Guadalupano de nuestra infancia (3)
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónLas Dos B, frecuentada por prestigiados médicos y abogados como Héctor “El Rollo” García Calderón, que vivía donde ahora está la Clínica Santa María, con muchos pacientes menonitas; Edmundo Fuentes; los doctores Juan de Dios Barrios y Simental, que vivía por la calle de Guadalupe entre Gómez Palacio y Gabino Barreda, y su hermana Lupe, que se casó con Arón Fernández, hijo del líder agrarista Miguel Fernández Trejo.
El hotel Casa Blanca, con su bar en el sótano y con la presencia del dueto único de Toño y Armando, con un gran repertorio que hacían amanecer a los amantes de la música y la bohemia. La Posada Durán, con su bar primeramente entrando por 20 de Noviembre a la derecha y después su acceso por la calle Juárez, que atendía “Chema” Franco, hermano de Rigoberto. La Chiquita, frecuentada también por prestigiados profesionistas como Carlos Bermúdez, Jesús Rodríguez Prado, Pérez Che, el recaudador de rentas del Municipio, y Jesús “El Canelo” Orrante, que vivía enfrente y quien desde el zaguán de su casa, sentado en una mecedora, pedía sus bebidas y si tenía visitas solicitaba la botella al expendio que también estaba enfrente.
El Bar Al, con las primeras letras del nombre de su propietario Alfonso Martínez, donde se podía escuchar al pianista y compositor José S. Sandoval. El Cubano y sus tradicionales botanas; El Sabinas, de don Merced Quiñones, por la Avenida 20 de Noviembre frente a donde estuvo Sanborns; El Ozeda, también por la de 20 de Noviembre entre Pasteur y Privada del Parque Nuevo, frente a la gasolinera El Águila, en la esquina de Pasteur y 20 de Noviembre donde también estaban las oficinas de Pemex. El Belmont, del siempre líder don Mauro, a un costado de Catedral por la calle Constitución, ahora por Bruno Martínez entre 20 de Noviembre y Negrete.
La Bohemia, con la grata presencia de “El Chale” González y Carlos Badillo Soto; La Puerta del Sol, a donde asistían los apodados “aduanales”, ya que los que bajaban con el pulque eran obligados a ofrecerles un tarro, el que estaba en la esquina de Pino Suárez y Zarco, que era frecuentado por Camerino Castro, “El Negro” Aragón, Armando Blancarte, “El Chango” Castro. Bares, salones y cantinas donde se comercializaban el Ron Potosí, el Casino Etiqueta Negra, el Mogavi, el Viejo Vergel de Gómez Palacio, el San Marcos de Aguascalientes, el Ron Potrera, el Bacardí Oro, el Ron Canaimas y las cervezas Don Quijote, Cruz Blanca, Colosal, Listón Azul.
Somos los de las tardeadas arriba del Cine Principal, las de la calle Canoas, en el Salón de los Albañiles, el Empleados de Comercio, el Club Durango; los del cumpleaños en el Centro Social Coca Cola, o las bodas en el Club de Leones y el Club Campestre. Muy lejos aquellos tiempos de los actuales antros y discos, donde es común el consumo excesivo de alcohol, drogas, la presencia de la violencia y funcionan hasta el amanecer del día siguiente, de lamentables consecuencias. Somos los que asistíamos al Teatro Principal/Ricardo Castro a conciertos de orquestas sinfónicas de primera calidad como la de Xalapa, Estado de México, de la Marina, bajo el patrocinio del empresario altruista don Carlos Herrera Araluce…
Y Antonio “El México” González nos recuerda los dichos y decires de la infancia: la palabra “habas” la usábamos para subrayar un hecho relevante, “puras habas”, pero de inmediato surgió la ingeniosa respuesta: “te las tuesto al horno y no te las acabas”; a quien decía “qué te importa”, la respuesta era: “come torta con tu hermana la gordota”; en el juego de canicas se usaba la expresión “chiras pelas” y cuando el otro estaba tan cerca que era difícil fallar, decíamos: “Císcalo, císcalo, diablo panzón”.
La crítica no se hacía esperar para aquel que tiraba “de uñita” (como señorita) y no de “huesito”; para avisar que íbamos a arrojar algún objeto y librarnos de responsabilidades, gritábamos: “no respondo chipote con sangre, sea chico o sea grande”; para cambiar las palabras hirientes, decíamos: “soy espejo y me reflejo” o “botellita de jerez, todo lo que digas será al revés”; cuando no querían que devolviéramos un objeto que nos habían dado: “el que da y quita con el diablo se desquita”; como misóginos precoces, señalábamos: “vieja el último”; o le decíamos a las niñas: “no corras porque te haces hombre”; o las frases de la familia: “al cabo mi papá le gana al tuyo”; o para insultar: “préstame a tu hermana, aunque sea una semana”…
Somos el hermano chico que nunca estrenó mochila ni bicicleta ni ropa, privilegio que sólo gozaban los hermanos mayores; los que íbamos a realizar los depósitos a alguno de los tres bancos que había: el Banco Nacional de México, el Banco de Comercio o el Banco de Durango, del cual era propietario don Melchor Caballero. Somos los que ayudábamos a tender la ropa en los patios y a regar las macetas; a extender en la manta en el patio los buñuelos para que se orearan y al día siguiente ayudar a freírlos poniendo en el sartén con la manteca una moneda de veinte centavos de cobre con el fin de que rindiera la manteca; los que nos despertábamos con el silbato del tren porque vivíamos cerca de la Estación del Ferrocarril; los que aplaudíamos a los bomberos en el desfile; los que esperábamos al de las paletas La Perla, del señor Gilberto Ponce, con su fábrica en Pereyra entre Hidalgo y Zaragoza.
Somos los del concurso del yoyo; los que gastábamos nuestro domingo en unas canicas para jugar en el círculo que trazábamos con la intención de hacernos de las canicas de agua y no de las de cemento tirando con el canicón; los del trompo de tornillo que le pegábamos a la cascaroleta y el que la llegara más lejos ganaba la apuesta; los del balero torneado y bien balanceado; los del pantalón de mezclilla envaselinado; los campeones del rock, del danzón, de la música romántica de los tríos; los que preparábamos los 10 centavos para abordar el ruletero para ir al Tecno.
Somos los del libro usado que te prestaba la escuela con la obligación de devolverlo al final de curso; los de la consulta obligada casi diario a la Biblioteca —que ya la derribaron— en el Paseo de las Alamedas y no como ahora que el Internet te brinda todos los datos sin investigación alguna, en pocos minutos los estudiantes hacen la tarea, atrofiando su cerebro. Los del incendio del 9 de mayo de las Fábricas de Francia y un domingo del Cine Principal; los de la inauguración del Auditorio del Pueblo con la presentación del Ballet Nacional de Amalia Hernández, y donde nos emocionamos con la presentación de los títeres gigantes Hipoderaca de origen italiano; los que nos entusiasmamos al ver en el Auditorio del Pueblo un circo americano con trapecistas y elefantes dentro del Auditorio.
Somos los que salimos a apreciar la noche cuando pusieron luz en la esquina, un foco, no había luminarias; los que nos alegramos con la feria en Las Moreras; los que bajábamos el volumen del radio cuando había velorio o lo apagábamos cuando Semana Santa; los que celebramos la pavimentación de la calle que nos dificultó el juego de “la quemada” pero nos brindó la oportunidad de practicar otros juegos como el de las carreras con los carros de baleros; los que íbamos en las noches a las canchas del Auditorio del Pueblo a jugar básquet; los que íbamos los jueves y domingos a darle vueltas en vehículos o a pie a la Plaza de Armas, caminando lo hacíamos en sentido contrario al que giraban las bellas damas durangueñas para vernos de cara a cara, y el envío de la flor y la aceptación y a caminar juntos en la plaza hasta —máximo— las nueve de la noche.
Somos los que corríamos al Hospital Civil para el suero antialacránico ante el suspenso de la espera, de que si el piquete del alacrán “hacía o no hacía”, y se aplicaba el suero hasta que se sentía el brazo dormido y echaba uno espuma por la boca; los que atrapábamos al alacrán y a la tarántula para meterlos a un recipiente de vidrio para ver cómo echaban el veneno y cómo se aniquilaban entre sí.
Somos los que estudiamos prevocacional o secundaria y vocacional o bachillerato en el Tecno o en el Juárez; los que manifestamos nuestro reconocimiento y agradecimiento permanente a los maestros que formaron nuestros cimientos educativos y de formación. Con el atrevimiento —por el riesgo que representa no mencionar involuntariamente a uno de ellos y caer en una grave ingratitud—; con las disculpas anticipadas, bien por los forjadores de muchas generaciones: Lisandro Ávila Gámez, Jesús Medina Oliveros, los médicos Raúl y Federico Ortega Cárdenas, Florentino Mejía Ortega, Armando Pérez Carranco, Héctor Minchaca Longoria, Juan de Dios Barrios.
A los profesores Juan Francisco Herrera Valdez, Jesús Hernández Arroyo, Enrique Ortega, Armando Martínez González, Julio Planchu Muñoz, José Rivera, Roberto “July” Herrera, Luis “El Viejo” Gándara Soto; los ingenieros José Luis Reyes Anguiano, Ramiro Jiménez Morales, Refugio Durán, Víctor de la Barrera Freyre, Enrique Rodríguez Nájera, el extraordinario matemático Alfonso Murga; los maestros de dibujo Juan Venegas Piña, Edmundo Nuncio Gaona, Antonio Asían Loya, Roberto González González.
A los químicos Salvador Marrufo Calderón, Arnulfo Medrano González, Fernando Santos Marentes; los licenciados Gustavo Domínguez Sánchez, Edmundo Fuentes, Roberto Bravo Morán, Alfonso Hernández Medrano; los maestros Guillermo Ortega, Abel Elías Galicia Gatica, Manuel Rodríguez Prado; Raúl Madrigal, Miguel del Campo, Miguel Lazalde Melero, Roberto Silva Vázquez, Arnulfo Ibarra Barraza, Leodegario Velázquez Gómez, Juan Manuel García Valdez, Antonio Carrola Vargas, Félix Torres Cadena, Jorge Acosta Núñez, Rosalío Salas Ceniceros, Javier Santos Quirino, el celoso guardián de nuestras bicicletas don Ramón, y nuestro director, de feliz memoria, Mariano Cuéllar Guerrero y su director fundador, José Gutiérrez Osornio.