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Un hombre tenía dos hijos. Así comienza la parábola del Hijo Pródigo. El menor de ellos le pidió a su padre la parte de la herencia que le correspondía. Una petición así significa que quiere que su padre se muera, significa un rechazo de la paternidad, un rechazo del hogar en que nació y fue alimentado, es una traición a todos los valores que nos hacen humanos. ¿Cuál es la reacción del padre? Que aunque no le corresponda, dejando de lado la ofensa y el agravio, les reparte los bienes. No es injusto, pues les reparte los bienes ambos, los dos son hijos. Dios, aunque lo neguemos, nunca deja de darnos bienes en nuestra vida.
Y el hijo menor se marcha. Tras su partida de la casa del padre, vive disolutamente y malgasta todos los bienes. Sobreviene, entonces, una gran hambre, por lo que el hijo menor tiene que buscar trabajo con un habitante de aquel país, el cual, lo manda a cuidar cerdos. Ese hijo que no quería estar sometido a su padre, acaba sometiéndose a alguien más. Cuando nos alejamos de Dios no nos hacemos libres, nos esclavizamos, porque si no nos llenamos de Dios y su bondad, sucumbiremos ante alguien más y su maldad. Friedrich Nietzsche proclamaba la «muerte de Dios» para el nacimiento del súper hombre, pero nada más lejos de la realidad, pues nos hacemos menos humanos cuando dejamos la casa del Padre. En efecto, continúa la narración, el muchacho quería hartarse con la comida de los cerdos, aunque ni siquiera eso le daban. Su deshumanización llega a tal grado que se animaliza, pues ¿quién come la comida de los cerdos sino los cerdos? Lejos de Dios no somos más humanos, sino más bestias. Y el que en casa de su padretenía todo, ahora no le dan ni siquiera lo más básico. El hijo ha perdido todo, pierde a su padre, pierde la filiación, pierde todos los bienes que le habían dado, pierde su libertad, pierde su dignidad… y todo por irse de la casa paterna.
Y es aquí donde viene el cambio. Volviendo hacia sí mismo, es decir, reflexionando, adentrándose en su realidad, piensa en lo que los trabajadores tienen en casa de su padre. Significativamente no piensa en su padre, no lo hace por amor a él, lo hace porque tiene hambre, lo hace por necesidad. Y piensa: me levantaré (surgam) y volveré a mi padre. Qué importantes términos: levantarse y volver; aquel que había caído resurge (exsurge) y obra un cambio, se convierte de nuevo hacia el padre. Ciertamente no se considera digno, pues piensa que ya no merece llamarse hijo, quiere que solo lo trate como uno de los trabajadores. Cuando una persona ha perdido la dignidad, cuando ya no cree en ella misma, piensa que nadie más creerá en ella. Con esa convicción va el hijo menor. Y sin embargo, se ha levantado y se ha puesto en camino. Con eso basta el padre hará el resto.
En efecto, aún estaba lejos cuando su padre lo ve, se conmueve en sus entrañas, corre, le abraza y lo besa. Son gestos que no pueden dejar de sorprendernos: primero se conmueve en sus entrañas, literalmente se llena de misericordia al ver a su hijo en el estado en que iba, no hay enojo, reclamo, juicio, sino misericordia. Por eso lo abraza y lo besa. No le importa cómo huele después de estar entre los cerdos o cómo va vestido, le importa que es su hijo. Dios siempre nos mira por lo que somos, no por lo que tenemos o por la apariencia que damos. Él sigue siendo padre, aunque su hijo se haya perdido o le haya negado y actúa como tal, incluso en el estado que vaya su hijo. El hecho de que el hijo se haya perdido no implica que el padre deje de ser padre. Por eso, cuando el hijo le dice: «padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo», él actúa, no juzga.
Manda a los trabajadores a que traigan la túnica más rica y se la vistan, que le pongan un anillo y sandalias, que preparen una fiesta con lo mejor que tengan en la casa. Cuatro gestos que podemos resaltar. Primero, lo viste de nuevo, es decir, le reintegra su dignidad. En el texto griego, al hablar de la túnica más rica, dice literalmente «tên stolên tên prōtên», es decir el principal vestido o, aun mejor, el primer vestido, el primero en dignidad o el primer vestido que este muchacho utilizó, aquel que vistió antes de irse de la casa paterna. Dios nos devuelve la integridad de nuestra dignidad cuando volvemos a Él. Le da, además, un anillo para que comprenda que ahí no llega como un siervo o un criado, sino como hijo, con la autoridad que ello conlleva, pues el anillo significa autoridad. Las sandalias representan la libertad, pues sirven para caminar, para ir a donde quiera sin perder su pertenencia a la casa paterna. Dios nos quiere libres, que caminemos, pero sin perdernos. Finalmente, hace una fiesta con lo mejor que tiene para su hijo. Frente a aquel hombre que le esclavizó y no le daba ni las sobras, su padre le da lo mejor que tiene. Así, aquel muchacho que estaba perdido, ha sido encontrado, aquel que estaba muerto ha vuelto a la vida. Dios hace todo gracias a que ese muchacho volvió.
La historia no termina ahí. El hijo mayor, el que permaneció siempre en casa, también se pierde. Oye los cantos, se percata de la fiesta y pregunta por lo que ahí sucede. Al saber la razón —«tu padre ha matado el becerro gordo porque tu hermano ha venido y le ha recobrado sano»—, él se enoja y no quiere entrar. Si el hijo menor se perdió lejos de la casa, ahora el hijo mayor se pierde en la misma casa. No quiere entrar. Qué diferente actitud la del hermano mayor con respecto a la del padre. Él sí juzga, él se molesta, él rechaza. Semejante actitud la suya a la nuestra cuando juzgamos y nos enojamos con aquellos hermanos nuestros que vuelven y nosotros no lo podemos tolerar.
Y de nuevo, el padre misericordioso sale, lo mismo con el hijo menor como con el mayor, para rogarle que entre. El padre rogándole. Más el hijo mayor tiene ahora una actitud reactiva: «tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás, y no me has dado ni siquiera un cabrito para comérmelo con mis amigos». ¡Cuánta soberbia! Él se cree con méritos frente al padre y se compara con el otro para desprestigiarlo. Es la actitud farisaica, de los que se creen buenos por sí mismos y no por la gracia de Dios. Y, sin embargo, no se da cuenta de lo que su padre le ha dado, pues ¡desde el principio el padre les repartió a los dos sus bienes! Uno falló despilfarrando mientras el otro falló al no reconocer ni utilizar todo lo que el padre le había dado.
Y viene la situación aún más cruel. Si el hijo menor había renegado de su padre al «desear su muerte» solicitando la herencia, ahora el hijo mayor lo niega al negar a su propio hermano: «viene ese hijo tuyo», le dice con un desprecio radical. No le llama hermano y si no es su hermano, tampoco él es su padre. ¡Qué perdido se encuentra ahora también el hijo mayor! Pero el padre no se queda con los brazos cruzados. Va a rescatarlo. «Hijo —le dice—, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado». Qué sutil llamada de atención: le dice hijo y le habla de ese hermano suyo. Hace que sienta la pertenencia de la filiación, pero también la responsabilidad de la fraternidad.
Y así termina la parábola. Sabemos que el hijo menor entró a la fiesta y esperamos con confianza que el hermano mayor también lo haría. ¿Con qué personaje te has identificado? ¿Con el hijo menor, que se perdió al irse de casa pero que volvió y el padre lo recibió con gran alegría? ¿Con el hijo mayor, que reniega de su hermano pero que es reconducido por su padre para que no lo juzgue y lo reciba? ¿O con el padre misericordioso que perdona y ama a uno y otro? Espero que con este último, pues el objetivo último de nuestra vida cristiana no es otro que «ser misericordiosos como nuestro padre es misericordioso».