Análisisdomingo, 14 de diciembre de 2025
Guadalupe
Exsurge
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Era el mes de diciembre de 1531, diez años solamente después de conquistada Tenochtitlan por los españoles, cuando la santísima Virgen se apareció al indígena Juan Diego en el cerro del Tepeyac. Lo nombró su embajador ante el obispo, fray Juan de Zumárraga, para que le construyeran un templo. La prueba de que las palabras de Juan Diego eran ciertas fueron las rosas que llevó en su tilma y la preciosa imagen que apareció dibujada en ella. La santísima Virgen es nuestra Madre, consuelo de este pueblo suyo que le invoca siempre y sin cesar. Ya son casi 500 años de este acontecimiento y nosotros nos seguimos admirando sobremanera, porque ella se ha querido parecer a nosotros para que nosotros nos parezcamos a ella.
En efecto, podemos admirar la belleza de su imagen. No es un rostro europeo ni puramente indígena. Tiene piel morena suave, rasgos mestizos, ojos ligeramente rasgados pero no exagerados, nariz fina, labios discretos. Mira hacia abajo, no de frente: no domina, no invade, se inclina. La cabeza está ligeramente ladeada, como quien escucha y se pone del lado del que sufre. No hay sonrisa de estampita ni gesto duro; hay una serenidad profunda, casi de mamá que ya lloró con sus hijos y ahora los sostiene.
Para un español del siglo XVI, aquello era extraño: la Virgen no aparece rubia ni blanca, sino morena. Para un indígena, tampoco es exactamente “una de las suyas”, porque se ve distinta, vestida como Señora, pero cercana. Ahí está el primer mensaje: no viene a tomar partido por una raza contra otra; se pone en medio, como puente. Su rostro mestizo anticipa un pueblo nuevo, no solo mezcla de sangre, sino de fe y de cultura.
Los ojos, semicerrados, dicen mucho. No miran al obispo, ni al poder, ni al que manda; miran un poco hacia abajo, como quien sabe que, a sus pies, habrá gente de rodillas, enfermos, pobres, cansados. No es la mirada del juez que examina, sino la de la madre que acompaña. Y, si aceptamos la lectura piadosa de las “figuras reflejadas” en sus pupilas, el símbolo se vuelve todavía más fuerte: en sus ojos caben los que están delante, el pequeño, el siervo, el obispo, todos reflejados en la misma mirada. Teológicamente es impecable: María no mira cosas, mira personas.
Por eso, la Virgen María de Guadalupe es especial Madre nuestra, refugio y Señora, presencia viva en la historia de este pueblo mexicano que tanto le ama. Ella, mensajera de la verdad de Dios y signo materno de su amor, nos brindó compasión, auxilio y defensa, y hoy nos invita a reconciliarnos con Él y entre nosotros, para proclamar el Evangelio de su Hijo y para hacer que florezcan en nuestras tierras mexicanas la fraternidad y la paz. Ella, nuestra Señora de Guadalupe, interceda siempre por nosotros, sus hijos. Así sea.