Análisisdomingo, 7 de diciembre de 2025
La tranquilidad del orden
Exsurge
ÚLTIMAS COLUMNAS
Más Noticias
COLUMNAS
CARTONES
LOÚLTIMO
Newsletter
¿Te quedas fuera de la conversación? Mandamos a tu correo el mejor resumen informativo.
En la celebración de la Navidad escuchamos un himno en el que los ángeles de Dios cantan en el cielo la gloria de Dios y proclaman la paz en la tierra. Con Jesús llega la paz. Sin embargo, ¿esa paz es real? Porque Jesús ya vino y nosotros seguimos en medio de violencia y guerras, no vislumbramos «la paz» por ningún lado. En realidad, tenemos que reflexionar en lo que esto significa y la manera de comprenderlo.
San Agustín habla de la paz como «la tranquilidad del orden», es decir, del orden entre nosotros y Dios, entre nosotros y el prójimo, entre una clase social y la otra, entre la razón y los instintos dentro de cada uno de nosotros. La paz es «fruto del Espíritu» (Ga 5,22). La paz, concluye la Escritura, es Cristo mismo: «Él es nuestra paz» (Ef 2,14). En la palabra paz hay infinitamente más de lo que los hombres han imaginado nunca. Paz es la «plenitud de los bienes mesiánicos» (Rm 15,29); pero es igualmente la suma de los bienes a los que aspira el hombre, creyente o no. Si se preguntase a la gente: «¿qué es lo que buscas sobre todo en la vida?» estoy seguro de que muchísimos responderían: «¡La paz!» Porque Jesús dice: «Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo» (Jn 14,27). ¿Cómo da el mundo la paz? En Asia Menor se ha encontrado una inscripción, en la que el emperador Augusto hacía un elenco de sus empresas. Habla, además, de la pax Romana o paz romana establecida por él en el mundo y la define parta victoriis pax, esto es, una paz parida o conseguida mediante sucesivas victorias. Por lo tanto, en esta paz, como en todas las puramente humanas, hay vencidos y vencedores.
Del mismo modo, Jesús nos ha procurado la paz con una victoria; pero ¿qué victoria? «Por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la Enemistad» (Ef 2,16). Ha destruido la enemistad, no al enemigo, la ha destruido en sí mismo, no en los demás; a sus expensas, no a expensas de los demás. Sobre la cruz Jesús es «vencedor porque es víctima» (victor quia victima). La paz en verdad ha «abundado» gracias a él y no se detallan las personas que asimismo han hecho y hacen hoy la experiencia de que «la paz de Dios... supera toda inteligencia» (Filipenses 4,7). Ellas están dispuestas a confirmar la verdad del célebre verso de Dante Alghieri: «En su voluntad está nuestra paz».
¡Es tan hermoso hacer gestos de paz y de reconciliación! Jesús ha dicho: «Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mateo 5,9). ¿Por qué no comenzar nosotros a transformar de inmediato las espadas en arados y las lanzas en podaderas? Esto es, las palabras duras, cortantes, en palabras de comprensión, de perdón; los puños cerrados y amenazadores en manos que se tienden y se estrechan o en un abrazo de reconciliación. Somos ya tan infelices: ¿qué necesidad tenemos de hacernos la vida aún más dura los unos y los otros? «Hombres, ¡paz! ¡Sobre la sumisa tierra es demasiado el misterio!» Es uno de los versos más bellos de Pascoli. De mí, de cada uno de nosotros, depende si esta misma tarde va a comenzar a realizarse algo de la profecía, que hemos escuchado: «Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente» (Sal 72, 7).
Me permito sugerir una oración, atribuida a san Francisco, el santo por excelencia de la paz: «Señor, haz de mí un instrumento de tu paz. Donde hay odio, que yo lleve paz. Donde hay ofensa, que yo lleve perdón. Donde hay discordia, que yo lleve unión». Sí, Señor, ¡haz de todos nosotros un instrumento de tu paz!