Los vacíos que dejó papá
Desde el primer día, Luna supo que no era bienvenida. No lo entendía con palabras, pero lo sentía en las miradas de su padre. Para él, ella simplemente no existía. Todo el interés, toda la atención, toda la obsesión se dirigían hacia su madre, Mariana.
Mariana era joven, hermosa, y cuando se embarazó, pensó que eso uniría su familia. Pero no. El hombre con el que compartía su vida, Ernesto, solo mostraba dos caras: el enamorado compulsivo, casi enfermizo, y el bebedor violento que salía de casa sin decir a donde iba.
—“Esa niña se va avenir quitando la vida” —lanzaba con odio.
—“Yo no tengo por qué mantenerla, yo ya hice mi vida”.
Hoy, Mariana sigue siendo madre y padre. Sigue luchando, trabajando, protegiendo. Y su hija, aunque rota en algunos rincones de su alma, empieza a entender que no fue su culpa. Que los vacíos que dejó papá no son su responsabilidad.
Los vacíos que dejó papá no se llenan con palabras vacías. Se llenan con justicia.
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