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Culturadomingo, 1 de marzo de 2026

El pasajero de las pústulas

Un trailero enfrenta una infección sobrenatural que deforma su rostro con restos humanos tras ser obligado por un espectro a entregar una macabra evidencia en la carretera

Alberto Serrato

La carretera a Mezquital es una lengua oscura que por las noches devora la luz de los faros.

Don Elías llevaba veinte años domando ese asfalto, pero esa noche el motor de diésel y la maldición misma lo llevaron a detenerse en medio de la nada y al mismo tiempo en la puerta del horror que le cambiaría la vida.

Bajó del camión en medio de la maleza. El olor a aceite quemado le avisó que sería una noche larga, pero hubo algo más… un olor dulce, como fruta echada a perder.

Miró el pie de carretera y el camino se hizo largo y al mirar el letrero de kilometro 47 supo estar cerca de la curva mala.

Un hombre con una gabardina color caqui, muy a lo detective de los años 50. Elías, por puro instinto de viejo lobo o por una soledad que ya le calaba los huesos, se subió de nuevo al camión. La puerta neumática gimió y Elías sintió un escalofrío.

El hombre se acercó. Elias quiso poner seguro, pero los botones no reaccionaron. El misterioso hombre no pidió permiso y subió en el asiento del copiloto. No fue agresivo, pero tampoco saludó. Se sentó justo al lado de Elías.

El chofer vio un rostro pálido que parecía cera derretida; la piel le colgaba en jirones cenizos y sus ojos eran dos cuencas de absoluta nada.

—Me dejaste morir hace tres años, Elías —la voz no salió de su boca, vibró directo en la nuca del chofer. ¿Te acuerdas que me sacaste de la curva y te fuiste?

Elías apretó el volante hasta que los nudillos le blanquearon. Recordó. El accidente. El coche en llamas. Él no se detuvo por miedo a la policía.

Elías quiso vomitar, luego gritar, pero no pudo hacer ninguna de las dos cosas. El pasajero no era una víctima, era un carnicero que buscaba terminar su obra desde el infierno.

—No puedo hacer eso, pensaran que yo lo maté—masculló Elías, con la voz temblorosa—. Prefiero que me lleves ahora mismo.

El muerto soltó una carcajada burlona, casi como la de un vivo.

—¿Llevarte? No. Te vas a quedar aquí en el mundo, pero si no aceptas te voy a regalar un recordatorio para que me ayudes. Si no entregas esa bolsa antes del amanecer, tu piel va a contar mi historia.Juro atormentarte hasta que supliques que te arranquen la cara.

Elías frenó en seco y bajó del camión, gritando maldiciones como un loco y cuando recobró la calma y volvió al camión el pasajero ya no estaba. Solo quedaba el olor a podrido y un silencio sepulcral.

“Fue el cansancio”, se dijo, tratando de calmar el corazón, pero entonces sintió un picor. Un ardor punzante en la mejilla izquierda.

Se miró en el espejo lateral. Tenía un grano rojo, del tamaño de una moneda, había brotado de la nada. Mientras lo observaba, la protuberancia palpitó. No era pus lo que había dentro, era algo negro parecido a una larva y se movía impaciente dentro de la piel.

Sintió otro pinchazo en la frente. Y otro en la barbilla.

Para cuando llegó a la primera gasolinera, su rostro era un campo de batalla lleno de larvas dispuestas a explotarle sin piedad.

Un acné agresivo, purulento y oscuro le cubría las mejillas. Intentó apretar uno de los brotes y un alarido humano, diminuto pero agudo, salió del poro. De la herida no brotó sangre, sino un hilillo de lodo fétido que formaba la palabra: OBEDECE.

—Es el dedo, Elías... o tu propia lengua —la voz del muerto resonó en las tuberías del baño.

Elías se tocó la mejilla. Sintió algo duro bajo uno de los granos más grandes. Con un terror ciego, enterró las uñas y tiró de su mejilla para arrancar un bulto.

No era una larva más. Era una uña humana que crecía hacia adentro de su propia carne. El asesino se estaba reconstruyendo su cara como jardín.

Miró el reloj de la pared. Faltaban dos horas para el amanecer. Su rostro ya no era suyo; era una masa deforme de protuberancias que supuraban el odio de un muerto.

Salió al camión, arrancó el motor y enfiló hacia el kilómetro 42. Mientras conducía, sintió cómo una nueva pústula reventaba en su frente, y esta vez, el líquido que le nubló la vista y en el espejo pudo ver como el dedo del niño salía de su nariz.

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