La tienda que mata a Durango
Tras hallar un portal oculto, el empleado de un lúgubre supermercado descubre un parásito siniestro capaz de infectar a toda la urbe con pura maldad para desatar la violencia
Alberto Serrato
En años pasados fue un super mercado y hasta hace poco tiempo fue una tienda de productos chinos y quizá hoy es el depósito del verdadero mal en Durango.
Tenía veintiséis años, una espalda cansada y una autoestima tan arrastrada como el uniforme que le habían colocado para lavar los baños de su nuevo empleo.
Su tarea era sencilla: lavar baños y mantenerlos con papel sanitario.
Dentro de los estándares de calidad de un super mercado, la tienda se veía corriente y de mala facha, pero siempre estaba llena, porque las baratijas atraen a las multitudes y su nombre mismo lo dice: suelen ser baratas.
Y el problema de este relato no es la desgracia de la situación existencial de Lucas; ahora lo sabrás.
Primero un niño se rascó la nuca y lloró sin razón. Después una señora se quejó de que “le picaba el cuerpo” y dijo que era alergia “a tanto químico”.
La palabra se quedó flotando en la tienda y salió por la puerta principal para plagarse en todo Durango.
“Sarampión”.
Al principio notó que la gente se volvía irritable en ese pasillo. Gritaban sin razón, empujaban sin pedir perdón, robaban de la tienda y mentían con una facilidad que daba asco.
Hasta que un día lo vio en el baño.
Había terminado de lavar los orines y heces fecales en el baño, porque de un tiempo a la fecha la gente los dejaba sucios con la intención de hacer mal.
Lucas sintió un impulso estúpido: mirar por debajo.
Y lo hizo.
Vio zapatos. Vio pantalón. Vio unas piernas velludas, humanas… y encima, esa extraña sombra pegada a las pantorrillas, como una larva que se aferra a la carne. La cosa subía lento, sin prisa. Como un parásito elegante y terminó por metérsele al viejo por la boca.
El hombre salió, se lavó las manos y lo miró por el espejo.
Tenía ojos normales, la cara común y expresión aburrida de una persona en un día común y corriente, pero Lucas en el espejo juró ver un segundo rostro detrás del suyo: una mueca horrible parecida a la de un muerto.
—¿Qué miras, maricón? —preguntó el hombre, seco.
Lucas bajó la vista.
—Nada… perdón.
El hombre sonrió con burla, pero fue una sonrisa fría, lejana del insulto y de una persona normal.
Esa noche Lucas tuvo una pesadilla. Caminaba por el pasillo de lácteos y los botes de yogurt se abrían como si tuvieran adentro animales que luchan por salir. Luego
Al día siguiente, el gerente —un tipo flaco, con sonrisa de vendedor y ojos sin sueño— reunió a los empleados.
Lucas entendió que la prioridad de la tienda no era la salud.
Esa misma semana, Lucas Cajas movidas. Huellas negras de manos en la pared, como si alguien por ahí se paseara. Las esporas cada vez danzaban menos y ahora parecían estática pura de un televisor.
Una tarde se quedó solo, acomodando mercancía. Los demás se habían ido al frente. Él aprovechó para revisar los pasillos donde no entraba casi nadie.
Pasó por jardinería, por juguetes, por cosas “para el hogar” y cuando llegó al área de veladoras y figuras, notó que una repisa estaba mal colocada. Había una ranura, un espacio mínimo, un huequito que parecía un portal a otra realidad.
Empujó con el dedo índice y el panel cedió con un sonido húmedo como si lo hubiera metido en un trozo de melón. Una puerta secreta se abrió.
Detrás había un cuarto improvisado, más oscuro que el almacén, con un olor a moho y electricidad quemada. Lucas encendió la lámpara del celular y vio una fila de espejos que nunca pusieron en alguna parte de la tienda.
Lucas sintió un mareo. Se le revolvió el estómago y vomitó un líquido amargo y ácido al mismo tiempo y cuando quiso correr de regreso escuchó pasos.
Apagó el celular y se pegó a la pared para no ser visto. Alguien entró al cuarto. No encendió luz. No la necesitaba.
Lucas vio una silueta detenerse frente al espejo principal. Y luego, como si hablara con alguien, la persona susurró:
—Ya están cayendo. Les encanta. Les encanta respirar las esporas y ser malos.
Una risa, bajita, le contestó desde el espejo, pero no era una risa humana.
Era una risa que sonaba como el ahogo de un animal tragando vísceras, el ruido era acompañado de un siseo parecido al de moscas volando.
La figura sacó un frasco. Lucas alcanzó a ver que dentro había un líquido oscuro, espeso, con destellos rojos. La persona lo agitó y lo esparció en el aire, como si perfumara el cuarto, eran las esporas que estaban matando a Durango.
La figura se acercó al espejo y lo tocó. La superficie tembló y Lucas volvió a vomitar.
—Durango era noble —susurró la figura—. Ahora ya no. Ahora quieren barato… y quieren sangre.
La risa volvió en forma de una carcajada y Lucas entendió sin que nadie se lo explicara:































