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Culturadomingo, 22 de febrero de 2026

Maestra, la tarea se comió a mi perro

Todo empezó con un soldadito de plástico y terminó con una habitación llena de sangre y una libreta hambrienta

Alberto Serrato

—Papá, mi libreta se comió al soldado, te lo juro. Rulo y yo estábamos ahí, las hojas se movieron solas. No estoy mintiendo.

Su padre dejó el teléfono a un lado e inspiró aire antes de acariciarle la cabeza.

—Hijo, para mí también ha sido difícil todo esto. Tu madre nos hace mucha falta, pero eso es imposible. Una libreta no puede tragarse un juguete. Ven, vamos a cenar; compré un cereal de chocolate que te va a encantar.

—Pero papá, no miento.

—Adrián, ya basta por favor.

El niño agachó la cabeza. Quiso protestar, pero solo se limitó a acariciar a su perro, quien había sido testigo del evento. Rulo lanzó un lamento, un sonido agudo y triste, incapaz de advertir con palabras la desgracia que estaba a punto de suceder.

Pasaron los días entre hamburguesas, cereales, escuela, pantallas de celular y esa sensación de soledad al decir la palabra “mamá”, que solo era respondida por el silencio. Hasta que Adrián volvió a presenciarlo.

Un crujido de papel rasgándose llenó la habitación. De la mochila comenzó a emerger una entidad: una sombra sólida y delgada, como un trazo de carboncillo que cobraba volumen en el aire.

No tenía rostro, solo un vacío vibrante y un hueco tenebroso en vez de boca. Rulo, que dormía al pie de la cama, soltó un aullido que se ahogó en su garganta al ser alcanzado por unas ramas de hueso largas y llenas de uñas podridas.

El animal quedó reducido a un bulto color marrón inerte y vacío.

La sombra se fundió de nuevo con la libreta, llevándose el alma del lanudo al interior de las páginas.

Hoy, Adrián ya no juega. Está sentado en un consultorio blanco y desolador explicando su teoría en medio de llantos y carcajadas poco coherentes.

—Dime otra vez, Adrián, ¿qué pasó con el perro? —pregunta el psiquiatra.

Afuera, su padre habla con los médicos sobre el “brote psicótico” y el trauma no resuelto. Prefieren creer que el niño lastimó a Rulo en un arranque de locura antes que aceptar la verdad.

Adrián ya no responde; solo observa cómo el folder del historial médico sobre el escritorio del doctor empieza a vibrar levemente. Ha comprendido que tarde o temprano irá a la guerra con su soldadito de plástico.

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