El descarrilamiento del tren interoceánico no es solo un incidente desafortunado; es el síntoma visible de problemas profundos en los megaproyectos impulsados por Morena. Más allá de los daños materiales y el retraso en la operación, la muerte de cuando menos doce personas, pone sobre la mesa la urgente necesidad de revisar cómo se están diseñando, construyendo y administrando las grandes obras públicas en México, que más que necesarias han sido ocurrencias faraónicas.
El tren interoceánico, presentado como una apuesta de modernización y desarrollo, ha quedado en evidencia por su falta de planeación y supervisión técnica. Las fallas en los materiales, la premura en los tiempos de entrega y la ausencia de controles de calidad han derivado en un sistema ferroviario vulnerable y propenso a accidentes como quedó demostrado también con el descarrilamiento del tren Maya. Estos errores no solo ponen en riesgo recursos públicos, sino también la vida de los usuarios y trabajadores.
Si algo caracteriza a los megaproyectos de las administraciones de Morena, es la opacidad en el uso de recursos financieros. La falta de transparencia en contratos, adjudicaciones y auditorías ha dejado a la ciudadanía con más dudas que certezas. El descarrilamiento del tren interoceánico podría haberse evitado con un manejo claro y eficiente de los fondos, pero la costumbre de cerrar información y evitar rendiciones de cuentas sigue primando en estos proyectos.
No es la primera vez que observamos fallas estructurales y administrativas en los megaproyectos del gobierno de Morena. El Tren Maya, envuelto en polémicas por impactos ambientales y sociales, y la refinería Dos Bocas, cuyo presupuesto se ha disparado sin que existan resultados proporcionales a la descabellada inversión, son ejemplos claros de cómo las prisas, la improvisación y la opacidad han sido la regla más que la excepción. La gestión de estas obras parece responder más a la urgencia política que a un verdadero plan de desarrollo nacional.
El expresidente Andrés Manuel López Obrador apostó su legado a una serie de proyectos monumentales que, en los hechos, han resultado ser monumentos a la improvisación y la falta de visión de largo plazo. Las decisiones tomadas sin consulta técnica suficiente, los cambios de ruta inesperados y la tendencia a minimizar las críticas justificadas han contribuido a que México quede atado a obras costosas, de dudosa eficiencia y con impactos negativos difíciles de revertir. Tristemente el descarrilamiento del tren interoceánico, revela también un gobierno fallido.