¿Somos prisioneros?, ¿de qué cárcel?, ¿de la del miedo, la angustia o soledad? Cazador de historias eso trata de decirnos Galeano, ese fue su arte, hacer visible lo invisible.
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Los cuenta cuentos buscan las huellas de la memoria perdida, el amor y el dolor, que no se ven, pero no se borranEduardo Galeano
En este andarse por la vida, como por las ramas del frondoso árbol de la humanidad, la mirada se ensancha por las experiencias acumuladas al interactuar con los demás; enriqueciendo el entendimiento del mundo que nos rodea.
Los trajines de la vida cotidiana, de tan insignificantes, pasan desapercibidos para el historiador quien espera el gran acontecimiento. Eduardo Galeano es el cazador de las pequeñas historias, las trivialidades postradas en el estante del olvido.
¿Qué cosas se pueden cazar en el mar de gentes de una ciudad o en una comunidad arrinconada en lo lejano de la civilización? Otro cazador escribió recientemente una de las novelas más maravillosas en estas geografías, en un pueblo de la costa colombiana de nombre Aracataca, y que el mundo literario conoce como Macondo.
De Aracataca nació Cien años de soledad, García Márquez supo escuchar los rumores desatados a su alrededor, los comentarios en el hogar, en el mercado, llevando su imaginación hacia otros mundos hasta crear el propio, su Macondo.
Eduardo Galeano fue otro caminante, un peregrino de América, conversando en las distintas lenguas que se cruzaban a su paso, sea en Río de Janeiro o el café de Montevideo, la costa colombiana, las minas de Bolivia, entre las ceibas de Guatemala o el malecón de La Habana.
Galeano desarrolló el arte de escuchar al otro, ahí descansa la sabiduría, nos alerta, no en la cantidad de libros que se leen o los títulos coleccionados, sino en darle el lugar a quien habla, así sea una persona sin estudios, porque el conocimiento no es propiedad de las instituciones educativas, ellos, los nadie, los que representan mano de obra barata para el capital, los perseguidos, consumidores de promesas, quienes aparecen en la nota roja de la prensa local y que por su condición de pobreza llenan las prisiones.
De infancia frustrada por no lograr el sueño de ser futbolista, le dio por hacerse dibujante, después, como los indios chiriguanos, plasmar las palabras en papel para comunicar a los amigos que se encuentran lejos, piel de Dios le llamaban los guaraníes, y no se equivocaron, de ahí el prodigioso arte de la escritura.
Al echarse a caminar, Galeano conoció aventuras interminables hasta convertirse en un cazador de historias, siempre atento y oportuno a cualquier presa mal parada. ¡Márchate, amigo! ¡Abandona todo, y márchate! ¿De qué serviría la flecha si no escapara del arco? En efecto, entender al diferente, pasa por escaparse del arco del que formamos parte. La metáfora es profunda, como aquella de los pájaros, los únicos libres en este mundo habitado por prisioneros.
Los encuentros enlazan, sirven para reconocer las diferencias, por eso mucho encuentra quien busca por donde transitan las miradas que en el mundo son, y los muchos caminos por donde las pisadas andan, respirando los olores de los paisajes, escuchando el vocerío de los mercados, las utopías, los sueños del silencio; quien camina encuentra, es decir, aprende.
De los hijos de la tierra se aprende lo fundamental en estos tiempos de crisis estructural del modelo social donde se privilegia la propiedad privada por sobre la vida en común, la supervivencia de la humanidad sólo es posible junto a otros, respetando la naturaleza de la que se forma parte.
Contra la uniformidad del pensamiento, los pueblos indígenas de América representan la diversidad, un abanico de colores, nos dice Galeano, con una belleza expresada por cada lengua que la narra.
Esa belleza de colores de los originarios ha sobrevivido a todo tipo de calamidades tendientes a dirigir los destinos del mundo, incluso al Progreso como forma de apropiarse de los recursos ajenos. Para los civilizadores transformar significa dejar de ser lo que se es, perder la identidad; no es casual que el ideario de la utopía haya surgido en tierras americanas.
Galeano nos cuenta cómo llegó al oficio de escritor; sentir y pensar la vida junto a otros, las palabras sirven para resguardar nuestras pequeñas (e insignificantes) vivencias como testimonios de nuestro paso por el mundo.
Después del encuentro con un pueblo minero de Llallagua, en Bolivia, convivir, intercambiar señales, parloteo, risas y café, viene la despedida, los trabajadores en su afán de quedarse con una imagen del mar le pidieron a Galeano que les describiera cómo es. Vaya compromiso, ¿cómo describir el mar?, ¿cómo contarles a quienes nunca lo han visto la inmensidad de agua y belleza contenida en ese espejo del cielo?, ¿qué palabras servirán para atrapar como si fuesen pupilas lo que se abre a la vista?, yo tenía la responsabilidad de llevarles la mar, de encontrar las palabras que fuesen capaces de mojarlos.
Suscribo las palabras de Galeano, no es el afán de grandeza e inmortalidad lo que se persigue con la escritura, si de algo sirve el garabatear sobre papel las ideas, es obtener la magia para mojar con las palabras, liberar a la flecha de su arco, doblar los barrotes de las cáceles para que los prisioneros encuentren su libertad, la que goza el ave en pleno vuelo hacia algún lugar elegido por su intuición de vivir.