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Análisismiércoles, 4 de marzo de 2026

De qué hablamos cuando hablamos de espacio público

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A la definición de “espacio abierto” habría que añadirle una palabra incómoda: serendipia. El encuentro afortunado con lo inesperado. La posibilidad de que algo ocurra sin permiso previo. Si el espacio es meramente contemplativo y reglamentado hasta el detalle, la ciudad se vuelve vitrina.

El espacio público no es sólo el parque: es la banqueta, el camellón, el andador. Es todo lo que media entre mi casa y el mercado, entre la escuela y el trabajo. No es destino: es camino. Empieza cuando abro la puerta de un espacio privado y termina cuando llego a otro.

Bajo esa lógica, cualquier obstáculo es invasión: mobiliario publicitario, puestos, campamentos. Y, sin embargo, existen en todas las ciudades. Siempre hay alguna forma privada de explotar lo común. “¿Qué tanto es tantito?”, dice el dicho. Esa ambigüedad necesita reglas.

Si las reglas se definen desde la carencia, vivir en un parque y usar la fuente como regadera debería permitirse. Si se definen desde la convivencia, una siesta breve es tolerable, pero mudarse a la plaza no. El problema es que la necesidad no desaparece porque la prohibamos.

No se trata de prohibir toda actividad privada ni de romantizar la ocupación permanente. Se trata de definir reglas claras: asumamos la temporalidad real a cambio de beneficios públicos transparentes, sin interrumpir senderos ni rutinas vecinales.

Si no podemos llevar el espacio publico a la regla absoluta de la máxima apertura y publicidad, entonces construyamos equilibrios con límites precisos y a cambio de beneficios socializables, y eso debe aplicar para toda forma de explotación privada del espacio público, sin romantizar la informalidad y estigmatizar la inversión privada.

Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresión

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