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La serie documental sobre Juan Gabriel en Netflix es un acercamiento a la construcción de un personaje que fue capaz de crear un “lenguaje expresivo”, introducir la “ambigüedad” y mostrar que México puede ser tolerante y moderno.
Cantando alegremente nuestras desgracias, la historia del artista es una constatación de que las personas libres y genuinas viven sus contextos para lidiar con ellos y sobreponerse porque deben-pueden-y-quieren. Se convierten entonces en seres de su propio destino al ser conscientes de éste, escribiría Octavio Paz y Juanga tenía muy claro adónde quería llegar.
Aparte de ser un gran artista, se convirtió en ídolo popular. Supo anticiparse y ofreció con sencillez ese “común denominador” que toca los sentimientos humanos. Y sin victimizarse. Su niñez y juventud ya habían sido muy duras para repetirlas: “Pero qué necesidad”. Había entonces que crear un personaje que ofreciera alegría en este Laberinto de la Soledad donde el macho bailara con amaneramiento y lo gozara. Cuando de las gradas salía “desventuradamente” el insulto: “¡Pinche puto!”, él respondía cantando: “Te pareces tanto a mi”.
México necesita mucho a Juan Gabriel. Algo bueno de la serie es que pone atención en el proceso creativo del artista, algo poco conocido hasta antes de ésta. A “la soledad la hice mi amiga”, dice. Tarareaba las melodías y escribía frases de sus canciones en papelitos que dejaba dispersos por su casa. En ellos, es notable la falta de ortografía. Confiesa que de niño era “muy vago” e “insoportable”, pero cogía su cuaderno y lápiz porque las “canciones querían nacer”.
Lo escolar-convencional no va con Juanga. Su boleta de calificaciones muestra que en música y canto saca 7 pero en escritura 9. Tampoco era un erudito de la guitarra. Sabía pocos acordes, constata un productor; no obstante supo ser versátil en ritmos y géneros llegando a componer más de mil canciones. Por cierto, su lucha por recuperar sus derechos autorales de éstas es ejemplar, así como no dejarse amedrentar por el monopolio televisivo del momento: “Televisa no me vetó, yo veté a Televisa”.
¿Cómo alcanzamos las personas esta seguridad? Por la capacidad de revertir lo malo y buscar, con sensibilidad, la oportunidad en lo adverso. Cuando un “amigo” traiciona al creador del personaje ventilando su vida privada, Juan Gabriel sale al quite diciendo que aparte de vender discos, ahora también ya era un “buen vendedor de periódicos”. O sea, a Juanga la funa no le preocupa ni le perjudica. Aprovecha la estructura social.
Cuando la “fortuna se le vino encima”, dice, aprendió a “dividir” y se desdobla para afirmar: “Total, soy un artista y a Juan Gabriel lo hice yo, a Juan Gabriel cuando yo quiera yo me lo llevo; yo lo construí como yo tengo todo el poder para destruirlo pero nadie más”. Esta “división de conciencia” constituye un razonamiento necesario en tiempos donde estamos acostumbrados a pensar y actuar lineal y simplistamente.
En este sentido, un desacierto de la serie fue presentar el problema de los impuestos como resultado sólo de la soberbia del divo. El punto hubiera generado debate o spin-off si revisamos las ideas de Gabriel Zaid en su libro “Dinero para la Cultura”. Aquí, el poeta nos lleva a pensar en cómo valorar lo que los artistas crean. Son obras únicas cuyo precio y trato hacendario son díficiles de definir. ¿Cuál es entonces el valor real de las cosas? Ésta es una pregunta que pronto como sociedad hay que responder porque la respuesta no está en lo monetario y Juanga lo sabía: “todo lo que se paga con dinero, sale barato”.