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Análisismiércoles, 11 de marzo de 2026

El AIFA revisitado

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Si algo sabe hacer el AIFA es contar historias. La oposición tendría que aprender de eso: entender qué decisiones, aunque económicamente equivocadas, se vuelven socialmente irreversibles. Una fue destruir el Aeropuerto de Texcoco y construir el Felipe Ángeles.

Conozco el AIFA desde 2022. Ya había aterrizado ahí, pero no despegado. Eso ocurrió hace unos días y, para colmo, en un Embraer de Mexicana de Aviación, semivacío.

Llegar al AIFA fue una gran pérdida de tiempo. Terminé mis reuniones a las 12, tomé una Ecobici hacia una terminal cerca del Ángel de la Independencia y viajé en una vagoneta incómoda durante poco más de una hora. Volé hasta las 7.

A diferencia de otros aeropuertos, donde el auto cede el paso al peatón, en el AIFA la prioridad la tienen los coches. Lo comprobé frente a un semáforo interminable, que decidí desafiar ante una policía militar que me regañó mientras yo fingía no escuchar. En mi antimilitarismo confeso, fue lo mejor del día.

Los militares buscan hacerse presentes en cada rincón, y eso incomoda al usuario habitual. Es una microfísica del poder: imperceptible para quien viaja poco, pero difícil de ignorar para quien conoce aeropuertos de otras partes del mundo.

Dentro del aeropuerto encontré más marcas de las que esperaba. Poco glamour, pero también una sorpresa grata: comer un jabalí en un restaurante pachuqueño. El detalle no es menor. A diferencia del AICM, en el Felipe Ángeles hay ofertas regionales más cercanas al perfil de sus usuarios.

El AIFA nos sale muy caro. No sólo por el abandono de una obra ya financiada, sino porque su operación sigue subutilizada: pasan muchos minutos entre un despegue y otro y la mayoría de las salas están vacías o programan vuelos con muchas horas de diferencia.

Aun así, podría aumentar operaciones si el gobierno federal mejorara la llegada desde el sur. Eso no lo resolverá el Tren Suburbano Buenavista-AIFA, sino una línea de tren que vaya al sur del Viaducto.

Como llegué con mucho tiempo de anticipación, me puse a trabajar. Encontré mesas vacías, enchufes y sillas cómodas. No usé el internet gratuito: preferí no hacerlo por desconfianza hacia los militares y hacia la Agencia de Transformación Digital y Telecomunicaciones..

Mi tiempo fue caro por el traslado; los servicios que recibí ahí estuvieron altamente subsidiados. Pero ver, cada cinco minutos, familias que llegaban a unos juegos infantiles en forma de avión para tomarse fotos, me dice mucho.

Es mezquino que la 4T, sus adeptos y sus dos presidentes hayan insistido tanto en la austeridad, cuando en realidad el dispendio que representa el AIFA es como tener un Rolls-Royce en la cochera, sólo que aquí el lujo no está en los acabados, sino en su inutilidad económica, pero eso casi nadie lo percibe.

Eso es terrible... y no. Es terrible porque confirma que en política no basta con tener razón técnica, números duros ni planeación seria. Y no, porque obliga a admitir algo incómodo: las obras públicas no sólo se sostienen por su utilidad, sino por la historia que cuentan y por la forma en que la gente las hace suyas.

Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresión

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