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Las instituciones religiosas siempre han estado ligadas, para bien o para mal, a la guerra y a la violencia. La fe ha servido a la humanidad tanto para argumentar guerras santas y cruzadas trasatlánticas, como para prevenir conflictos y genocidios, al ser —a veces— las únicas capaces de generar diálogo entre enemigos.
En el caso actual de Latinoamérica, la Iglesia católica mantiene esa capacidad de mediar. Y a ver, escribo desde la trillada postura de mi generación: alguien criado católico, pero alejado de la Iglesia. A pesar de mi debate interno, me resulta innegable el rol central que esta institución conserva en la vida cotidiana mexicana. Vaya, en los pueblos podrá faltar la electricidad, pero nunca faltan ni la Coca-Cola ni las hostias. La estructura logística y el permeo idiosincrático de la fe son impresionantes.
Dado este papel central y este momento de humos blancos, creo que podemos reflexionar sobre el posible rol de la Iglesia en la prevención de conflictos. Sobre todo, porque he notado el escepticismo de algunos comentaristas cuando se propone a la Iglesia como mediadora. Van un par de ejemplos:
En Guerrero, sacerdotes y obispos han intervenido directamente para negociar treguas. Un caso reciente (2024) fue el del padre Filiberto Velázquez, quien, junto a otros, facilitó un cese al fuego entre La Familia Michoacana y Los Tlacos tras una masacre. Fue una paz temporal, pero fue una paz efectiva. En EE.UU., en Oakland, California, durante la primera década de los 2000, las iglesias jugaron un papel central en la estrategia Alto al Fuego para reducir la violencia armada. La Iglesia ayudaba al gobierno de la ciudad a convocar, en barrios neutros, a pandillas enemigas para sostener un diálogo. Este programa logró reducir casi un 40% los homicidios.
El aprendizaje, ampliamente documentado, es que la participación de las iglesias puede ser crucial en lugares donde la gobernabilidad es baja, o en aquellos donde las normas amalgamadoras de la fe unen a enemigos. En esos contextos, la institución puede ser puente entre quienes disparan y quienes entierran.
La clave está en lograr una colaboración con las instituciones de gobierno, de modo que estas puedan aprovechar esos puentes de fe, esos momentos de paz efímera, para implementar sus estructuras y ofrecer mecanismos que permitan que la paz perdure. En el caso de Oakland, la policía asistía a las reuniones convocadas en iglesias para implementar medidas de gobernabilidad: ofrecían a víctimas y perpetradores de violencia servicios sociales —empleo, educación— como salida del ciclo de violencia. La Iglesia puede llamar a la paz, pero el gobierno debe sostenerla.
Siempre “peco” de optimista, pero creo que hay una oportunidad para que el Papa León XIV tenga un impacto positivo en la lucha contra la violencia en Latinoamérica. Leo que León XIV pasó tiempo en Chiclayo, Perú, y que ha denunciado la falta de justicia social y la marginación estructural como caldo de cultivo de la violencia. Muchos lo señalan como un continuador de Francisco, quien también condenó reiteradamente la violencia latinoamericana.
Más aún, al ser estadounidense-peruano, León XIV podría tener un papel para México. Dado el contexto de seguridad politizada con el presidente del norte, creo que habrá oportunidad para tender puentes y bajar el volumen a esa narrativa armamentista, hacia una de mediación y colaboración. Quiero pensar que habrá más espacio para estrategias diplomáticas y comunitarias, y menos para la fantasía del Tío Sam con drones y tropas en anabólicos invadiéndonos.
En estos momentos de cónclaves y de violencias, tenemos una oportunidad para que los no-católicos, católicos, espirituales-o-lo-que-seamos reflexionemos sobre el rol de las iglesias en zonas de conflicto locales, y también a nivel multilateral, en el debate entre países.
No obstante, antes de que el Papa o las iglesias puedan tender puentes (si es que está en sus manos), primero la sociedad civil y el gobierno tendrán que tender puentes y estructuras hacia la institución. Suena disparatado en un dizque Estado laico como el nuestro (y me causa otros conflictos) pero quizá el humo blanco del cónclave ayude a disipar el humo gris de las armas de fuego.