¿Plan B para qué?
En cambio, no se atacan problemas críticos como la incursión del crimen organizado en las elecciones, y en suma, no hay una visión integral para fortalecer a la democracia.
El titular del Ejecutivo estaría en las boletas, con capacidad de hacer sinergia con los candidatos oficialistas, aprovechando su proyección y recursos.
A la par, inserta un antifederalismo que refuerza el menoscabo al sistema de contrapesos, al buscar que el centro dicte y uniformice la organización política local, por encima de los estados y los ayuntamientos.
¿Cuánto tiempo tendrán que estar los ciudadanos ante las urnas? ¿Veremos nuevos episodios de prácticas como los “acordeones”?
En cuanto a las reformas en estados y municipios, resaltan tres.
¿Por qué el centro va a decidir cuántos regidores y síndicos debe haber en lugar de los casi 2 mil 500 municipios de acuerdo con sus circunstancias y autonomía?
Ante esta reforma desfondada por los intereses de partidos satélites, tras meses de amago con una que era realmente radical y regresiva, es inevitable preguntarse el para qué.
Por lo pronto, lo que trasciende es la distracción de los retos que enfrentamos como nación, como ése y otros relacionados con el crimen organizado.

















