Al entrar, los tiempos se han hecho uno solo en lo que, probablemente, es un accidente, pero, a mi, lo es todo. Un edificio viejo, de esos tiempos porfirianos, al que ahuecaron de sus muebles y muros
Entre sus construcciones más conocidas se encuentra la Pirámide del Adivino, de perfil ovalado poco común en el mundo maya; el Cuadrángulo de las Monjas, un conjunto palaciego, y el Palacio del Gobernador, considerado una de las obras maestras de la arquitectura prehispánica mesoamericana
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Caminando por la calle Madero, con la Torre Latino a mis espaldas y el Zócalo de frente, veía los anuncios que recubren lo que antes fueron ventanales. / Foto: José Luis Sabau
Cuando hablo del Museo del Estanquillo, me enfoco en lo segundo y no en lo primero. En el Estanquillo como edificio, no como museo.
De las colecciones que alberga y exposiciones temporales, me abstengo. En gustos se rompen géneros; el arte es subjetivo. Escójase la explicación favorita para evitar la controversia. No veo por qué pelearme ni hacerme de artistas enemigos.
(Bastará con decir que, cuando fui, la exposición era extraña y los letreros, como pecan, casi siempre, los museos nacionales, usaban muchas palabras para decir poca cosa —enojados, los curadores, seguro dirán que yo hago lo mismo—. No hay más que agregar. Mi silencio sobre el tema —o mi negación a cubrirlo— dice más que cualquier crítica).
Aún así, lo hablo. Lo hago bastante. Antes de pisarlo, era el eterno pendiente de mi agenda capitalina. Una curiosidad presente en cada viaje al centro histórico —admitiendo que voy más que el promedio, pero menos de lo que quisiera—. Caminando por la calle Madero, con la Torre Latino a mis espaldas y el Zócalo de frente, veía los anuncios que recubren lo que antes fueron ventanales. Lo leía, anunciado, en los afiches de exposiciones nuevas y me prometía visitarlo con una cadena de frases que me absolvían de culpas auto impuestas: “Vengo otro día, con más tiempo”; “Si tan solo hubiera planeado mejor”.
Mi prórroga acabó un sábado de paseo cuando, con amigos —unos de visita y otros, en la ciudad, fijos— pusimos la visita al Estanquillo como el propósito único y explícito de la aventura por el centro. Así, al desfilar por avenida Madero, entre vendedores de juguetes, peatones acelerados y cantantes ambulantes, al ver, cada vez más cerca, el Estanquillo, sabía que ese era el fin y no solo una vista del momento.
De las colecciones que alberga y exposiciones temporales, me abstengo. En gustos se rompen géneros; el arte es subjetivo. / Foto: José Luis Sabau
La entrada presagia lo que vi. Está a un lado, sobre Isabel la Católica, aunque su fachada sobresale en la esquina con Madero. Es una puerta austera donde espera un guardia una escalera enmarcada por tonos lisos, blancos, pulcros. El primer piso es ahora una tienda de electrónicos y, creo, todavía, de discos —que no sé bien quién compra—. No se ve. Las escaleras te llevan, con premura y luz tenue a una primera planta de exhibición.
Al entrar, los tiempos se han hecho uno solo en lo que, probablemente, es un accidente, pero, a mi, lo es todo. Un edificio viejo, de esos tiempos porfirianos, al que ahuecaron de sus muebles y muros. Ahora, por hacer exhibiciones, lo han llenado con un laberinto de muros suaves; sobre de ellos, los lienzos. De arriba, cuelgan luces sobre barras negras y, en un muro, está un aire acondicionado. Sobresalen columnas clásicascon finales corintios; el techo se decora con tallados de flores que enmarcan cuadros de blanco.
Noto que ya no hay por donde ver a la calle. Las ventanas están cubiertas por esos muros delicados aunque, no tanto como para cubrir su final curvado. Las veo más, confieso, que a los cuadros. Sobrevive, sin que se quiera, el pasado.
El segundo piso, el tiempo moderno se apodera, más, todavía, del edificio entero. Las columnas se hacen de acero, como en los años industriales; vigas sujetadas por tornillos enormes. Ahora, las luces, se suspenden desde arriba por tarimas que parecieran de aluminio preparándose, para un día, quedar oxidado. Las paredes no tienen los arcos que vi de fuera; solo un par de ventanas con cortinas abajo.
Cuando fui, la exposición era extraña y los letreros usaban muchas palabras para decir poca cosa. / Foto: José Luis Sabau
De lo que ahí se hizo, o se decoró; lo que era, antes, el Estanquillo, queda solo en los murmullos sutiles que describo. En los patrones de techos que evaden los cuadros en exhibición; en las fracciones de ventanas que dejan ver, todavía, algo de luz. Queda, aún así, un pedazo del estanque que fue; de esa joyería que hoy es museo. Aún cuando cada piso es más moderno y cada pared cubre los detalles que habían. Perdura el ayer en un presente que le da otra vida.
Hay, todavía, una biblioteca que veo de pasada, tan solo y una urna donde, entiendo, guardan los restos de Carlos Monsivais junto a sus colecciones. Están preparando otra exhibición, así que el piso está cerrado. Subo, entonces, a la terraza. La modernidad en triunfo.
Al salir de la espiral cuadrada de escaleras, hay una cafetería y una librería. Una tarima donde, ese día, celebraban un evento y colocaron un podio frente a hileras de sillas con un acolchado dudoso. El piso es de madera, descolorada por el sol sin llegar a parecer vieja. Al borde, una fila de vidrio que protege la artesanía de metal pintado de blanco, a modo de contorno.
De todo el lugar, es esa altura la que más recuerdo. Fue el triunfo sutil del pasado. Frente, donde ya no llegaban las manos, están las fachadas de una iglesia y el edificio vecino—donde, entiendo, está hoy un Zara—. Aún sis su adentros fueron degollados y queda, tan solo, un murmullo, están los contornos del edificio en sus cimas; están las esculturas sin manos y los campanarios abandonados. Está, en fin, el pasado; esta esa verdad que no podemos evitar.
El segundo piso, el tiempo moderno se apodera más del edificio entero. / Foto: José Luis Sabau
Del Estanquillo, sin embargo, vi bastante. Vi cómo un edificio se hizo museo y cómo, sus muros y columnas, resisten a tiempos modernos. No digo que sea malo; tampoco bueno. Solo que en el Estanquillo, los tiempos pelean y dicen ellos más que tantas obras que no entiendo y tantos mensajes que me evaden. La historia del mundo es la de los tiempos que construyen sobre de otros; es la de terrenos que se hacen joyerías que se hacen museos. Es la del Estanquillo, que ahí te espera, con su cátedra, cada que caminas por el centro.