El Escorial, me llama
El Escorial, ubicado al norte de de Madrid, alberga un monasterio, jardines, museos y salas dedicadas a hermandades católicas
El Escorial, ubicado al norte de de Madrid, alberga un monasterio, jardines, museos y salas dedicadas a hermandades católicas

José Luis Sabau
El Escorial se ve de lejos. No tanto como, supongo, ha de verse la muralla China—aunque no conozco—; ni como las ruinas de Xochicalco, que salen de una curva entre la naturaleza árida. Pero se ve, lo suficiente, para sentir que sus muros albergan una ciudad entera—siendo esto mentira—y recordarme cuán difícil sería la visita que se me viene. Tanto más de lo que esperaba.
Hablaré de mis tensiones en breve. Antes, una precisión geográfica para quienes no han crecido, como yo, escuchando de “El Escorial” en leyendas familiares. Hablo del palacio que, hace ya siglos, construyó Felipe II a las afueras de Madrid. Llamarlo así es casi impropio. Es, en verdad, un monasterio inmensa—como para replantearnos lo que significa ser “catedral”—unos jardines, museos y salas dedicadas a hermandades católicas. Alrededor suyo, hay un pueblillo de casas pequeñas; tentado estoy a decir “de veraniego” aunque desconozco las costumbres y, siendo sinceros, no pregunté—como se verá más adelante, había muchas otras cosas que preguntar; que ver—.
Fui hace unas semanas. Me acompañó un primo distante en genealogía pero cercano en afecto y su hijo, quien, por nomenclaturas que me evaden, viene siendo mi sobrino, a pesar de las generaciones y los tiempos. Me recogieron en las cercanías de Barajas, el aeropuerto madrileño. De ahí nos encaminamos a la tierra donde el gris se encuentra con el verde seco (de la forma menos tétrica posible; tanto como para creer que los colores no significan cosa alguna).
Vi, ahí, como las calles de Madrid se iban haciendo en un bosque enmarronado y cómo, de entre las montañas, salía ese castillo que no es castillo. Todo mientras mi primo hablaba del lugar usando, como recurso, la historia de las monedas—su pasatiempo—para contarme la del lugar.

El no lo sabe—ahora se enterará—cuán difícil fue para mi visitar el Escorial. Si decidí tomar el trayecto fue, sobre todo, porque mis primos así lo quisieron, porque mi padre insistió y mi abuela, dondequiera que se encuentre, me habría matado si, otra vez, en otro viaje a esta tierra lejana, me negaba a ver aquellos recintos. De no tener tantas presiones; de haber llegado menos tiempo a Madrid y no tener vínculos con la familia al otro lado del charco, es probable—más bien, es seguro—me hubiera ahorrado el paseo.
Para mí, El Escorial es la contradicción de mi persona. Es el lugar donde lo mexicano que soy se encuentra con lo español de mis ancestros. En eso pensaba mientras mi primo pintaba, con sus historias, un bosquejo del Escorial y mi sobrino, atrás, preguntaba a dónde íbamos.
Pensaba en mi abuelo, Carlos, a quien no conocía. Para él, El Escorial era lo mismo que, para mi, mi natal Cozumel. Se le iba la vida en ese monasterio. Tanto así que fundó una romería—que, entiendo, es una excusa católica para organizar fiestas—y, por ello, le pusieron una placa en una capilla que perdura hasta este día; misma que, todos los miembros de mi familia, sienten el deber de visitar como hacen los musulmanes con la Mecca.

A su vez, pensaba en Carlos Fuentes. En Terra Nostra, para ser precisos. En cómo ese gran autor hablaba de la decrepitud de Felipe II y el abuso de poder con que construyeron su monasterio—que parece palacio—en medio de la nada—tan lejos que, ni la mancha urbana, moderna, de Madrid, ha logrado alcanzarlo—. De cómo fue la riqueza de las Américas—de mi México—la que hizo ese lugar y cómo, inevitablemente, debía sentir una indignación de ver una extravagancia innecesaria financiada por la crueldad.
Pensaba, que como mexicano, ir a ese lugar debía ser motivo de enojo. Pensaba, también, que como portador de mi apellido, debía sentir afecto por el mismo. Pensaba, pues, que se me venía la brutalidad de una contradicción y sentía un nudo en el estómago que no sentía desde que me declaré a una chica en la primaria y me rechazó frente al resto del salón.

Así llegamos. Mordiéndome la lengua y haciendo plática mientras mi primo decía a los guardias que veníamos a misa para no pagar la cuota del museo. Ahí, frente mío, estaba El Escorial.
Mis emociones, me temo, traicionaron a mis dos lados. No por ello fueron menos complejas. No sentí una frustración por la riqueza robada. Tampoco sentí orgullo genealógico. Pero sí que sentí la impresión de aquel que se encuentra con algo hermoso que no imaginaba y siente que sus conceptos de la belleza se expanden aún más de lo conocido.
Parece chiste. En medio de la nada, hicieron una iglesia de techos altos con colores que podría contar con una mano. Una que repite los mismos patrones, por fuera y pareciera hecha de ladrillos gemelos entre sí, al infinito. Misma que cuenta con unas plazas amplias y un par de jardineras—ah, y un espejo de agua donde, desde el ángulo justo, se replica la fachada—.
No tendría porque impresionar. Y, aún así, lo hace. Lo hace con una oda a la simpleza que, ahora sé, no es rival de la exageración. Odio que lo haga. Odio que me impresione y que me apantalle y que sienta, a la vez, el quedarme sin palabras por no sentir enojo como mexicano y por no poder explicar la admiración.
Es un monstruo, El Escorial; así lo siento. Como una bestia indomable que se extiende en toda dirección y se niega a que la entiendas. Es ventanas rectangulares, en secuencia, estirándose por pasillos eternos sin romper, ni siquiera en un centímetro, su cuadrícula. Es, de vez en cuando, estatuas detalladas lo suficientemente altas para no tocarlas pero no tanto como para sentirlas distantes. Son muros lisos—tan lisos que ruegan que los toques—sin tener que pecar de las rimbombantes del barroco. Es una ruptura con otras iglesias que pecan de arrogantes. Y es, sobre todo, una cátedra sobre cómo un patrón sencillo y una estructura modesta te hace sentir tan pequeño como el atrio de cualquier iglesia.

Es eso, en verdad. Me sentí diminuto. Era tan pequeño yo en El Escorial que, ya desde lejos, veía enorme. También lo eran mis teorías y mi bagaje que poco importaban a un montón de ladrillos puestos, con cuidados, para representar la grandeza. Así me sentí en sus afueras, cuando, al acercarme, los muros se hacían más y más grandes y los pasillos, al caminarlos de fuera, eran más y más largos. Adentro, al notar lo alto de sus techos y lo amplios que eran sus corredores; al notar las escenas bíblicas que pintaba en unos cuantos retablos, no pude más que sentir eso que los católicos describen como la pequeñez de saber que hay cosas más grandes que uno mismo.
Sentí que no podía contra el lugar. Como no podía, con mis críticas, deshacer la conquista que dio el lugar ni, tampoco, conocer al abuelo que se fue antes de que yo naciera. No era miedo como tal. Menos aún gusto. Era un recordatorio de mi existencia humana, ínfima, en un mundo de grandezas; de fuerzas más grandes que uno.
Fui a los lugares que debía. Vi la ermita de mi abuelo—aunque la placa estaba tapada por unas sillas plegables—; también vi el lugar donde Felipe II se sentaba a ver sus despilfarres—una piedra donde, se dice, supervisaba la construcción—. Hice lo reglamentario, pues, con mi primo y sobrino.
De lejos, al final, vi El Escorial de nuevo. Lo vi como se me vino, primero, en la carretera; entre bosques que son nietos de los que vivieron su construcción y escucharon, en un castellano antiguo, a un rey en su ambición.
No estaba enojado como esperaba. Tampoco orgulloso, como mis familiares querrían. Estaba tan pequeño y El Escorial tan lejos, y yo sin sentir más que admiración,y enojo por esa admiración, y frustración por no sentir nada de lo que esperaba y paz por vivir todo lo que, sabía, es la experiencia más humana; la de no poder explicar, con palabras, lo vivido y tener que ponerlo en una columna que leerán familiares, amigos, desconocidos y yo mismo, en unos años, cuando no entienda por qué me pesaba tanto y entienda, mejor, estos sentimientos confusos. Estaba en un maremoto de emociones de las que rescato estas páginas donde se ven, apenas, las montañas de islotes cubiertos por las olas. Y de las que sé, algún día, habré de escribir más. Por ahora solo doy gracias al Escorial y lo maldigo y me frustro y le agradezco y hago mil cosas que van más allá de las que imaginaba en un principio. Para eso, supongo, es que vivo. Para encontrarme sin palabras. Para tratar de encontrarlas. Para Escoriales que me retan, me enfadan y me llaman.