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Generalmente, cuando miramos nuestro entorno, no vemos nada; es decir, nos hemos acostumbrado tanto al medio que nos rodea que ya no ponemos atención a sus componentes. El sol nace y muere sin cesar, todos los días alcanza su cenit regalándonos la luminosidad y calor que alimentan a la vida de la cual formamos parte, pero a pesar de la magnificencia del astro rey, de sus dimensiones y de su relevancia tampoco lo vemos, nos es invisible, incluso insignificante, como si fuera su obligación cumplir con el ciclo al que está sujeto a fin de satisfacernos, y lo mismo pensamos del resto de la naturaleza, que la razón de su existencia es la postración ante nuestros pies, y por ello es que nos hemos vueltos ciegos al inefable sistema que nos envuelve.
No hay ni una sola hoja de un árbol cuyo movimiento no esté en consonancia con el resto del sistema natural. Todo cuanto vemos responde a una indeterminada cadena de causas y efectos. Los seres de nuestro mundo (incluidos nosotros) están interconectados a través de una invisible red de voluntades, sin embargo, éstas voluntades no son del todo autónomas, sino que se rigen por leyes superiores, leyes que si bien han sido explicadas con profundidad en algunos casos, nunca llegarán a ser del todo entendidas, y esto es porque en una mente limitada y finita como la nuestra, jamás será posible contener el conocimiento ilimitado e infinito del cosmos.
Nuestra incapacidad para comprender el entramado natural al que pertenecemos, aunada a nuestra complacencia en la ignorancia es lo que nos lleva a suponer que todo cuanto ocurre es accidental y desarticulado, sin embargo, en el sistema natural de nuestro planeta (representación a escala del orden cósmico) nada es fortuito, sino que responde al funcionamiento de un diseño perfecto en el que ninguna de sus piezas está de más, pues todo cuanto existe es absolutamente necesario, así como todo cuanto no ha sido creado es prescindible.
El origen del perfecto diseño natural al que pertenecemos es tan incierto como el de su autoría. Algunas personas se inclinarán por preguntarse quién es el diseñador detrás de tal diseño, las religiones se han aventurado con un sinfín de hipótesis y en resumen afirman que ese “diseñador” es lo que llamamos “Dios”, sin embargo, la historia nos da cuenta de que aquello que llamamos “Dios” no es más que la extrapolación de la condición humana, es decir, “Dios” no es más que un ser humano con vicios o virtudes llevados al extremo, de ahí que sea la fuente de todo mal, así como el origen de todo bien, pero siempre como un ente ajeno al cosmos, pues, primero estuvo “Dios” y después su creación, a la cual juzga, premia y condena arbitrariamente.
Independientemente de los dogmas religiosos, lo cierto es que la naturaleza es un sistema complejo que alberga misterios que nunca serán comprendidos, tales son el origen de la vida y el inicio de la consciencia, pues llevan a preguntarnos: ¿Cómo es que lo animado pudo nacer de lo inanimado?, y ¿cómo es que aquello animado que surgió de lo inanimado desarrolló la consciencia? Si el sistema cósmico es en sí mismo complejo debido a las incontables sucesiones de causas y efectos, se dificulta aún más su comprensión cuando añadimos el elemento de la consciencia, propio hasta donde sabemos del ser humano y que pone sobre la mesa el dilema del “yo”, es decir, del individuo frente a la naturaleza, del individuo elevándose por sobre la naturaleza, pero sin perder del todo su relación con ésta.
La imagen del yo frente al cosmos, es decir, de la consciencia frente a la naturaleza, nos abisma en una espiral de líneas paralelas que a pesar de su cercanía y de su infinitud nunca se tocan, pues mientras la naturaleza se expande infinitamente hacia afuera, el yo lo hace también infinitamente, pero hacia adentro. En nuestro cerebro consciente existe un universo psíquico tan vasto como el universo material, y si bien en este universo mental las leyes de su funcionamiento son otras, o al menos eso imaginamos, no dejamos de estar del todo separados de las leyes naturales, a fin de cuentas, cada pensamiento es consecuencia de estímulos neuronales de naturaleza física y química. Sobre la complejidad del cosmos y de la consciencia, el médico Daniel López Rosetti, en su obra Emoción y sentimiento, afirma lo siguiente:
«Rojo, amarillo y azul, los colores primarios cuya mezcla da origen a todos los matices de la naturaleza; do, re, mi, fa, sol, la, si, siete notas básicas que al combinarse generan todos los sonidos posibles; miedo, ira, alegría, tristeza, asco, sorpresa, las seis emociones fundamentales de las que nacen todos los sentimientos. Solo tres colores y ahí están todos los colores, solo siete notas y ahí resuenan todos los sonidos, solo seis emociones y ahí se despliegan todos los sentimientos. De manera misteriosa y maravillosa, el universo complejo se construye a partir de pocos elementos, cuya combinación produce todas las variables posibles de la existencia y de esa alquimia, en algún instante, ocurre un milagro: la vida. Fue así como, desde la simplicidad de la célula más elemental, se esculpió un nuevo protagonista: el cerebro humano, y con esa lenta y azarosa evolución llegó algo nuevo: las emociones; en algún momento tomamos conciencia de nuestra propia existencia, la conciencia filtró los colores y sonidos primigenios a través del prisma de la mente, y las emociones estallaron en la complejidad de los sentimientos, porque eso somos, en esencia: emociones y sentimientos entrelazados con la razón y el pensamiento, construyendo “algo” que, inevitablemente, se expande.»
Cuando hacemos un ejercicio de retrospectiva en el que todo avanza de reversa, llegamos al punto considerado como el origen cognoscible de nuestro cosmos: el Big Bang. Desde entonces nuestro universo se expande, y cuando surgió la consciencia, ésta lo hace también buscando responder a quiénes somos más allá de emociones y pensamiento.