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Pensar es un arte en peligro de extinción. La mayoría de las personas vive en modo automático, respira, pero no nota el aire; camina, pero no mira el suelo; opina de todo, aunque no entienda nada. Pensar de verdad implica detener el ruido de la cotidianidad para mirar hacia dentro y observar con nitidez aquello que la costumbre ha vuelto invisible. Quien piensa bien no se deja arrastrar por la corriente del mundo, tampoco nada contra ella, pues sabe que resistirse resulta infructuoso cuando a fin de cuentas nadie triunfa sobre la muerte, pero sí busca el cauce de la razón para fluir armónicamente hacia lo desconocido.
Pensar con consciencia es más que solamente tener la capacidad de reflexionar, pensar con consciencia es tener noción plena tanto del yo como del otro. Constantemente moldeamos nuestra realidad a través de los juicios que formamos, las interpretaciones que elegimos y las decisiones que tomamos, pero es fundamental que aquellos juicios, interpretaciones y decisiones emanen del pensamiento genuino, en lugar del adoctrinamiento, como ocurre generalmente.
Desarrollar la mente exige cultivar discernimiento. Desarrollar la mente exige estudiar, reflexionar y cuestionar, pero no de forma ociosa, sino filosóficamente. Desarrollar la mente es hacerse conscientes de la esclavitud en la que hemos vivido, es despertar el sentimiento de nuestra propia dignidad, aspirar a la verdad y vivir libres de preocupaciones. Quien piensa, sencillamente no sufre, no se aburre, no se enoja.
Pensar con claridad no solo resuelve problemas, sino que previene muchos de ellos al discernir entre lo esencial y lo superficial, entre lo que edifica y lo que destruye. El pensamiento consciente es la raíz de toda virtud, porque nos permite ver más allá del impulso inmediato y alinearnos con un propósito más elevado.
Debido a las exigencias del pensamiento, pocos desean seguir ese camino. Hay quienes prefieren el letargo de la queja y la comodidad de culpar al mundo. Si uno ha aprendido, lo mejor que puede dar al otro es iniciarlo en el sendero del pensamiento, aunque no todos aceptarán. No se puede obligar a nadie a pensar mejor, y nunca faltarán quienes, como cerdos devorando perlas, despreciarán toda posibilidad de mejoramiento.
Quien ha tenido el privilegio de cultivar su mente tiene también la responsabilidad de servir con ese conocimiento. Avanzar un paso en la consciencia es delicado en tanto que la opción de regresar no es una posibilidad. Quien tiene consciencia sobre algo y actúa mal, lo sabe, aunque no lo reconozca. A la consciencia no es posible engañarla. Quizás podamos decirnos mentiras y engañar a la mente (que es distinta de la consciencia), pero en el fondo sabremos cuando estamos haciendo el mal, por ello es que quien desee desarrollar su consciencia debe hacerlo sabiendo que no hay vuelta atrás.
Compartir lo aprendido es un acto de generosidad, pero también de humildad. No se trata de imponer un camino, sino de señalar posibilidades. Algunos abrirán los ojos de inmediato; otros requerirán tiempo, tropiezos y paciencia. Y habrá quienes, aún viendo la luz, prefieran permanecer en la sombra por comodidad o miedo. La tarea de quien ha aprendido a pensar no es convertir a nadie, sino estar disponible para quien busque orientación, confiando en que cada quien tiene su propio ritmo de crecimiento.
El equilibrio está en ser guías, antes que jueces. Brindar claridad con el ejemplo, sin criticar a quienes prefieren la comodidad del automatismo. Antes que imponer, es mejor inclinarse por ofrecer; por compartir herramientas a quienes las pidan, pero aceptando los límites infranqueables entre el yo y el otro. Velar por el otro, sin descuidar el yo, es una señal de que la virtud se está manifestando, pero esto debe de hacerse sin caer en la comodidad de la confianza, pues el pensamiento requiere un entrenamiento constante, de lo contrario viviremos las consecuencias de un retroceso, que no son otras que la arrogancia.
En sentido estricto, no es posible enseñar nada a nadie, porque la enseñanza se acompaña de la experiencia, pero sí es posible hacer pensar al otro. Esa es la mayor contribución: despertar en los demás la chispa del cuestionamiento, hacer brotar la semilla de la autonomía moral. El pensamiento bien dirigido no solo mejora la vida individual; teje una red de consciencia que puede, lentamente, transformar el mundo. El filósofo Jiddu Krishnamurti, en su obra La libertad primera y última, lo explica de la siguiente manera:
«El verdadero pensar sólo surge cuando hay libertad. Cuando uno no pertenece a ningún grupo, a ninguna religión, a ninguna ideología, entonces puede mirar, observar, comprender. Pensar no es repetir lo que otros han dicho; eso es únicamente memoria. El pensamiento auténtico requiere silencio, requiere mirar el hecho sin el velo del deseo o del miedo. El pensamiento correcto nace de la comprensión de uno mismo, y sin conocerse a sí mismo, cualquier pensamiento, por inteligente o lógico que parezca, seguirá siendo mera repetición.»
Pensar no es un lujo, sino una forma de libertad que pocas personas están dispuestas a asumir. Pensar es el arte de gobernarse a sí mismo, de poner orden en el caos interno antes de intentar corregir al mundo. No basta con tener cerebro; hay que saber usarlo, sólo así pensaremos con propósito, en lugar de vivir por automatismo. Pensar no se hace para tener la razón, sino para hallar sentido. Pensar no es para dominar, sino para comprender; porque en última instancia, quien aprende a pensar bien, aprende también a vivir mejor.