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La incertidumbre nos paraliza. La incertidumbre es un camino que se hace al andar y cuyo desenlace es siempre oscuro. A la incertidumbre nos acercamos siempre del desconocimiento, pero particularmente desde dos dimensiones: la de la esperanza y la del miedo. La primera nos anima y nos impulsa a no desfallecer, pero la segunda nos frena, nos hace dudar e, incluso, nos enferma. Tanto la esperanza como el miedo son dos caras de la misma moneda y nos entregamos a ellas, generalmente, en contra de nuestra voluntad.
Nadie sabe de dónde viene el miedo, en un sentido profundo, aunque todos lo sentimos todos los días en mayor o menor medida. Fisiológicamente, el miedo viene de la amígdala cerebral, tratándose de una respuesta instintiva enfocada a la supervivencia, pero psicológicamente el miedo es incomprensible. En ocasiones, el miedo es atribuido a malas experiencias que se convirtieron en traumas; el miedo también puede ser aprendido por imitación, vemos que alguien siente temor ante determinada situación y nosotros nos “obligamos” a sentir lo mismo; la genética es para algunos el origen del miedo, asegurando que heredamos información de nuestros ancestros que terminan configurando nuestras fobias; también existe la sospecha de que el instinto es determinante para sentir miedo, debido a una cuestión evolutiva.
Sin embargo, el miedo es más complejo, alcanzando incluso la condición de categoría filosófica, pues en última instancia lo que hay detrás es la idea de la muerte. El miedo de un animal no humano es incomparable con el que nosotros sentimos, pues la bestia solamente siente miedo desde el instinto, mientras que nosotros lo hacemos desde la consciencia del yo, es decir, de sabernos algo en el mundo. Nuestro miedo viene de la comprensión de que existimos y de que esa existencia en algún punto podría estar en vilo, lo cual irremediablemente nos llevaría a nuestra desaparición. El animal no humano, a diferencia de nosotros, es incapaz de generar tales abstracciones, y si bien la razón de la que hemos sido dotados podría ser comprendida como un don, también sería un tipo de maldición, pues es por ésta que el miedo existencial se manifiesta.
El miedo a la oscuridad, a las alturas, a los animales, al entorno y a la sangre, por decir algunos, son los más frecuentes en el ser humano. Estos miedos son máscaras con las que la muerte se disfraza, y nosotros de alguna manera lo sabemos. Cuando la luz se ausenta, cuando el vértigo de la caída nos posee, cuando las bestezuelas nos amenazan, cuando la naturaleza se enfurece o cuando las heridas del cuerpo no dejan de manchar todo de rojo, lo que realmente tememos, lo que en verdad nos da miedo, es la idea de la desaparición del yo, de dejar de ser, de ya no estar aquí, así como de no contar con la oportunidad de regresar. Eso es lo que en verdad nos da miedo, morir, aunque no siempre somos conscientes de ello.
De alguna manera el miedo es necesario para garantizar nuestra sobrevivencia, pero cuando el miedo es incontrolable nos nubla la razón, nos paraliza, o nos lleva a actuar de formas ridículas y arriesgadas que irónicamente terminan acercándonos más a la muerte. Pero eso se puede cambiar, si bien es difícil encarar el miedo, resulta necesario para fortalecerse, para gobernarse y para conocerse mejor a uno mismo. No es posible conocer todas las causas de nuestros miedos, pero sí podemos llegar a comprender cuáles temores son justificados y propios, y cuáles son adquiridos y ajenos. El examen de nuestras emociones no garantiza que dejaremos de sentir miedo, pero sí que podremos vivir con mayor tranquilidad. A fin de cuentas la muerte es inevitable, pero es posible llegar a aceptarlo, aunque sea parcialmente, para vivir en paz.
Sentir miedo es inevitable, pero sí es controlable, sobre todo cuando se trata de miedos colectivos, aquellos que desquician a la sociedad y que generalmente son ridículos e infundados. Sentimos miedo cuando una amenaza se presenta ante nosotros, sin embargo, no todas las amenazas son reales, la mayoría, de hecho, son producto de nuestra imaginación. Sobre el miedo, el filósofo José Antonio Marina nos dice en Anatomía del miedo:
«Por muy diferentes que sean, nuestros espantos comparten un esquema común: un desencadenante, interpretado como amenaza o peligro, provoca un sentimiento desagradable de alerta, inquietud y tensión, que suscita deseos de evitación o huida. Mejor sería decir “corruptor”, porque el miedo lo es, corrompe las relaciones, los sentimientos, las situaciones, la integridad, el yo. Por eso el miedo se expande como una enfermedad, y con mucha frecuencia procede de lo oscuro. Aunque es una emoción individual, resulta contagiosa. Conocer el mecanismo de los miedos puede ayudar, si no a hacerlos desaparecer, al menos a tenerlos más fácilmente bajo control. No podemos eliminar las pasiones, pues nos convertiríamos en piedras; debemos comprenderlas, penetrar en ellas, hacer que pasen de ser pasiones a ser afectos. Si entendemos adecuadamente sus causas, podremos disminuir la tiranía de sus efectos, aunque no podamos anularlos por completo.El miedo y su opuesto, la esperanza, son las dos grandes pasiones que permiten comprender los problemas éticos, religiosos y políticos. La esperanza no es sino una alegría inconstante surgida de la imagen de algo futuro o pasado cuya realización dudamos; el miedo, por el contrario, es una tristeza igualmente inconstante surgida de la imagen de algo incierto. Si no deseo nada ni espero nada, no sufriré ninguna decepción; pero tampoco emprenderé nada. Ningún navegante se lanza al mar si no tiene la esperanza de llegar a puerto.»
El miedo no es más que el resultado de la incertidumbre, de no saber qué va a pasar con uno mismo cuando la muerte nos llegue. ¿Será el final, habrá algo más, el yo que somos podrá continuar con su existencia en otra dimensión? Nadie lo sabe, ni lo sabrá. ¿Qué nos queda? La contracara del miedo, la esperanza, única capaz de hacerle frente a nuestros espantos.