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Tanto lo que ahora somos y tenemos, como lo que después seremos y tendremos nos preocupa por igual. Pero no entendamos ese “después” como un futuro próximo o lejano, sino como una existencia en un plano dimensional distinto al que ahora mismo habitamos, en pocas palabras: el “más allá”, la región de los desencarnados, las fértiles tierras del alma.
Lo que hoy somos y tenemos es concreto y tangible, así lo atestiguamos a través de nuestros sentidos, pero lo que hay después de la muerte (si es que hay algo) es absolutamente incierto. Las religiones han sido los principales canales informativos sobre la realidad trascendente, pues para ellas sí hay algo, ya sea un paraíso o un infierno, una región de regocijo o de castigo, no para el cuerpo, para el alma. Sin embargo, en términos científicos no existen evidencias suficientes para afirmar la existencia del alma, como tampoco la vida de ultratumba.
El pensamiento religioso es antagónico del pensamiento científico, aunque en ocasiones también pueden ser complementarios. El pensamiento religioso escapa a la materia, y más que evidencias, únicamente exige tener fe en sus postulados; por el contrario, para el pensamiento científico las evidencias son fundamentales para la afirmación de las ideas; y mientras que la religión cree en lo que está fuera de todo orden natural, la ciencia se ciñe únicamente a lo natural. La religión no es mejor que la ciencia, pero tampoco ésta es mejor que aquella; son caminos distintos con fines diferentes, y ambos necesarios.
Ninguno de nosotros quiere desaparecer, por ello todos los días buscamos maneras de afirmarnos en el mundo, lo hacemos a través de una profesión, del trabajo, de la convivencia, de la obra, de la palabra, incluso de la violencia, así como del amor. Somos algo, pero buscamos ser algo más porque esencialmente desconocemos lo que somos. Y a pesar de la incertidumbre que implica estar vivos, nos seguimos aferrando a la existencia porque la misma idea de desaparecer nos atemoriza a la vez que nos parece imposible; ¿realmente somos conscientes de que llegará un día en el que el mundo seguirá girando sin nosotros?
Llegará el día en el que nadie vestirá nuestra ropa, ni leerá nuestros libros; llegará un día en el que nadie usará nuestras joyas y en el que nuestros perfumes perderán su fragancia; llegará un día en el que no seamos más que un recuerdo en un contado número de cerebros que paulatinamente se irán apagando, hasta que nada quede, salvo los objetos que ya nada significan. ¿Estamos listos para desaparecer? Indudablemente no y por ello es que hemos creado una de las ideas más sofisticadas y difíciles de concebir: la de la existencia del alma, entidad inmaterial que ocupa el espacio de nuestro cuerpo, pero sin ser perceptible, ni medible, ni tangible y que aunque no se sabe de qué región específicamente nos llega, es capaz de trascender hacia un espacio eterno que lo ocupa todo y en el que, aunque hayamos perdido nuestros cuerpo, seguiremos existiendo al lado de quienes “se nos adelantaron”, es decir, de quienes murieron primero. En esencia, el alma está en nosotros, pero no hay manera de demostrar que ahí está; he aquí el gran dilema entre la religión y la ciencia, y el punto de quiebre de algunas políticas públicas.
Podemos aceptar que todo tiene un ciclo, excepto nosotros mismos y por ello es que nos negamos a desaparecer. Sabemos que vamos a morir, pero buscamos consuelo en la idea de que a pesar de la muerte “seguiremos” de otras maneras entre los vivos. No tenemos pruebas para demostrar lo anterior, pero tampoco para negarlo, además de que llama la atención que la idea de la existencia del alma está presente en prácticamente todas las culturas de todos los tiempos. El neurobiólogo Dick Swaab, en su obra Somos nuestro cerebro, lo explica en estos términos:
«En todas las culturas existe la creencia de que tras la muerte sobrevive “algo” inmaterial que llamamos “alma”. Se piensa que, al fallecer, el alma permanece un tiempo cerca del cuerpo antes de partir hacia otro lugar y por ello se tienen ciertas costumbres o ritos para permitir la separación del alma. Durante siglos se ha discutido en qué momento un feto recibe su alma, y ese debate sigue influyendo en cuestiones sensibles como el aborto, la investigación con células madre o la selección embrionaria. El Talmud sostiene que el alma entra en el cuerpo a los catorce días de gestación, pues antes de ese momento el embrión sería solo agua; algunos pensadores griegos, en cambio, afirmaban que ocurría a los treinta días tras la fecundación. En 1907, el médico Duncan MacDougall propuso que el alma pesa 21 gramos, basándose en la supuesta pérdida de peso que experimentaban las personas al morir; no obstante, si el alma es inmaterial, no tendría por qué poseer peso. En realidad, al expirar no se “entrega el alma”, sino que cesa la actividad cerebral: la mente es el resultado de millones de neuronas en acción, y lo que llamamos “alma” no sería más que un malentendido. En última instancia, esta idea parece nacer del temor a la muerte, del anhelo de reencontrar a los seres queridos y de la persistente creencia de que somos tan importantes que alguna parte de nosotros debe existir más allá de la muerte.»
¿Sería conveniente una existencia después de la muerte? Indudablemente sí. La vida, tal y como la conocemos, es la suma de muchos sufrimientos, dolores, tragedias y desgracias, pero también de grandes momentos, amores, amistades, canciones, platillos, risas y victorias. La existencia halla su equilibrio en los blancos y negros que con cada avance y retroceso pisamos. En este sentido, la postulación de la existencia del alma no es más que la afirmación de que seguiremos gozando (y también sufriendo) de quienes amamos y de lo que nos hace sentirnos agradecidos por lo que hemos recibido, así como por aquello de lo que hemos sido despojados. Podemos entender la idea del alma como un anhelo soberbio de perpetuación del yo, pero también como un acto de mantener ardiendo aquello que amamos, más allá de la muerte.