Análisisdomingo, 4 de enero de 2026
El ascenso y la caída
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Quien desee elevarse a la virtud, debe sentarse primero en el trono del vicio. ¿Cómo saber que uno ha alcanzado el bien, si nunca ha visto de cerca el rostro del mal? La referencia de lo bajo es fundamental cuando la aspiración es mirar al horizonte desde lo alto. En este sentido, el error es el paso previo a la resolución. Fracasar, caer, equivocarse no es algo que deseemos, sin embargo, sin ese paso en falso no es posible corregirse. Siempre es necesario tener un parámetro de lo infame para saber cuando lo noble ha sido conquistado.
Ante el error tenemos dos opciones: asumirlo como una enseñanza o como producto de la desgracia. Cuando se hace lo primero las posibilidades de desarrollo personal se multiplican; la fatalidad no es consecuencia de la “mala suerte”, sino de nuestras desatinadas decisiones, por lo que el perfeccionamiento es siempre un camino. Por otro lado, si entendemos al error como una afrenta directa de la vida contra nosotros, las posibilidades de aprender desaparecen, pues más que ser discípulos del infortunio, somos víctimas del mundo, una posición que resulta cómoda para la mayoría porque le otorga la falsa sensación de un deslinde de responsabilidades. Ante el error, por ende, estarán quienes asumen la responsabilidad de sus decisiones y quienes niegan las consecuencias de sus actos.
Escuchar los consejos de quienes tienen más experiencia (que no necesariamente serán los más viejos) podría evitarnos algunas caídas, pero no todas las desgracias. Bien dice la sabiduría popular que nadie escarmienta en cabeza ajena, lo cual se traduce como que únicamente quien se equivoca, se fortalece. Los consejos de quienes nos aventajan en el camino no son para evitarnos la experiencia de recorrer el sendero, sino para prevenir que caigamos en algunos baches que poco o nada aportan a nuestro aprendizaje. Errar alecciona y sufrir enseña, pero eso no significa que debamos necesariamente vivir todos los sufrimientos, pues algunos están vacíos de lecciones.
La razón es necesaria, pero el intelecto no vale nada cuando se carece de experiencia. Es sumamente común en nuestro tiempo que las personas busquen fortalecerse intelectualmente antes de lanzarse a enfrentar los molinos de viento erigidos en los campos y valles del mundo, sin embargo, almacenar grandes cantidades de información en nuestro cerebro no significa que haya un aprendizaje de por medio. Los libros, los cursos, los talleres y demás medios formativos son relevantes, pero la vida real se enfrenta de formas muy diferentes a las que están referidas en los textos, experimentos y prácticas. Hoy se cuenta con mucha información, pero con poca experiencia y es este desequilibrio el que nos hace más propensos al error e, irónicamente, a la frustración. Pensamos que nuestra “gran” preparación y “conocimiento” deberían de ser reconocidos por el mundo, pero lo cierto es que esa realidad abstracta poco valor tiene en el mundo práctico que nos rodea.
El autoengaño es peligroso en tanto que nos hace pensar que merecemos aquello por lo que no hemos trabajado y que somos importantes e imprescindibles para la sociedad, pero lo cierto es que el mundo siempre se las ha arreglado sin nuestra presencia y lo seguirá haciendo por siempre y para siempre. ¿Somos importantes? Para uno mismo, sí; ¿para los demás?, en contados casos. No debe entenderse esto como algo malo, sino como una lección de humildad con la que debemos hacer avanzar nuestros pies. Avanzar con humildad no debe entenderse como avanzar con temor, inseguridad y debilidad; la humildad es reconocer que en verdad nada sabemos y que nuestra presencia es efímera, pero al mismo tiempo debe ser una bandera izada en contra de la ignorancia, la hipocresía y la ambición.
No hay nada más engañoso que el éxito, realidad difusa ligada a alguien que temporalmente es considerado como un referente. El éxito no se debe tanto a nuestro esfuerzo, sino al reconocimiento que los demás hacen de nosotros, de ahí la importancia de dudar de quienes nos adulan. El riesgo de medir lo que somos a partir de la percepción ajena es la caída, así nos lo advierte la historiadora Elena Almirall Arnal, en su obra Entrar en el Olimpo, cuando nos explica el mito de Ícaro desde una perspectiva simbólica:
«Se ha dicho que Ícaro personifica el conflicto esencial del alma humana, simboliza el ascenso y la caída. El laberinto del que Ícaro escapa con las alas que su padre Dédalo le hizo se ha relacionado con el inconsciente. Dédalo e Ícaro saldrán volando del laberinto –la psique– en el que estaban aprisionados, el vuelo es lo que los hace escapar de las profundidades de su inconsciente. Sin embargo, las alas de cera –la razón– son insuficientes para que la ascensión sea exitosa. Ícaro es inexperto, cree saber más de lo que sabe, no conoce sus límites y tiene la osadía de pensar que puede alcanzar lo que no le corresponde. Al pasar volando sobre los pueblos, la muchedumbre cree que es un dios y, probablemente, no existe nada más peligroso que la confusión producida al verse a uno mismo desde los ojos ajenos. Ícaro se vuelve presuntuoso y cree que su lugar es el Olimpo, antes de haber trabajado. Quien no se conoce a sí mismo está condenado a perderse y a encomendarse ciegamente a la mirada ajena. Sin ese esfuerzo previo del autoconocimiento, no hay ascensión real posible y la consecuencia es, sin duda, la caída.»
Si habremos de alcanzar la gloria, será por la suma del esfuerzo, de la razón, de la experiencia y de la humildad. La presunción es inadmisible cuando se aspira a vivir en la mansión superior de la dignidad. El vuelo de Ícaro es perfecto cuando se mantiene en la justa medianía, es decir, cuando vuela por encima de las bajas pasiones, pero por debajo de los vicios de la soberbia, de la ambición malsana y del narcisismo. Dicho está: quien aspire a la virtud, debe sentarse primero en el trono del vicio, es la única manera de entender el ascenso y la caída.