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Avanzamos a la deriva, de manera improvisada y con la convicción de que nos acercamos cada vez más a algo que buscamos y que creemos comprender, sin embargo, tan pronto como lo conseguimos, se esfuma, y entendemos que eso no era lo que buscábamos en verdad; y así se nos va la vida, de ilusión en ilusión, siempre detrás de un “no sabemos qué”, que suponemos nos llevará a un “no sabemos dónde”, sin embargo, avanzamos con tal seguridad, que terminamos creyendo nuestra propia mentira. En gran medida, la vida no es más que improvisación.
El paso del tiempo todo lo acaba, pero en tanto eso ocurre, también, lo cambia, lo transforma. Detengámonos a pensar en quiénes éramos en el pasado, no hace un año, ni tampoco dos, vayamos más allá para recordar quiénes éramos hace diez años, en qué creíamos, a quién admirábamos, cómo era nuestro modo de conducirnos por el mundo y con los otros. Diez años son un buen ejemplo porque en una década las transformaciones de nosotros y del mundo son considerables. ¿Cuando recordamos el pasado, éste se nos muestra luminoso, es acaso agradable o tiene más la forma de un ente incómodo que preferimos evitar?
Aunque no lo parezca, lo que el pasado nos haga sentir al recordarlo dice mucho de quiénes éramos entonces. Si el pasado nos llega a la memoria como una experiencia luminosa, será porque entonces nuestros pensamientos, palabras y actos tenían una inclinación hacia la luz, es decir, hacia lo bueno, hacia el mejoramiento de uno mismo; pero en caso de que el recuerdo del pasado nos haga sentir incomodidad a la vez que evoca ciertas palabras de lamento, será porque lo que pensábamos, decíamos y hacíamos iban en el mismo tenor de desorden. En última instancia, lo que vivimos es lo que somos, independientemente de si lo entendemos o no.
Pero no imaginemos más el pasado, en lugar de ello preguntémonos si la persona que somos hoy, es la que en algún momento modelamos en nuestra imaginación; en caso de ser así, valdría la pena no perder la pista de lo que buscamos, siempre improvisadamente, en la vida; pero en caso de que la persona que somos hoy no haya alcanzado todavía el punto ideal con el que alguna vez soñamos, será necesario responder por qué no es así, en qué hemos fallado y qué nos ha faltado para ello. ¿Estamos satisfechos con quien somos, a pesar de todavía no alcanzar nuestros objetivos, o hemos en lugar de eso accedido a una vida de conformismo en la que poco o nada nos estimula para continuar en la senda del perfeccionamiento de nosotros mismos?
La pregunta que constantemente se repite cuando somos niños es “¿Qué vas a ser cuando seas grande?”, pero hoy esa pregunta no cabe, pues hemos crecido, ¿y sí somos lo que nos propusimos? Posiblemente, no, o quizás, sí, pero parcialmente. En algún punto de nuestro crecimiento perdimos el rumbo, nos desviamos e iniciamos caminos que quizás ni siquiera sabíamos que existían. La vida, no la vida adulta, sino la vida de cualquier persona, es la suma de experiencias inconexas que de alguna manera juntamos, y lo que somos, es la suma de lo que hemos vivido, por azar o por destino.
Somos seres de tiempo, animales divididos en pasado, presente y futuro. Mujeres y hombres que habitan el presente sin vivir en él, pues las más de las veces residimos en el pasado, dando uno que otro salto hacia el futuro. La dificultad que tenemos para mantenernos en el presente nos convierte en mamíferos melancólicos que sueñan con un pasado ideal que nunca sucedió, pero que por la distancia ha comenzado a adquirir la forma del Paraíso perdido. Regresar al pasado, a los recuerdos, es oportuno solamente cuando necesitamos tener claro nuestro origen, pero cuando hacemos del eco y de la ilusión nuestra casa, no podrá haber nada más que tristeza en nuestro presente. El tiempo es una moneda girando en el aire y que tarde o temprano nos terminará hiriendo sin importar cuál de sus caras toque primero el suelo que pisamos. El maestro rosacruz Edward Lee, en su obra Misticismo práctico, lo explica así:
«Cuando decides transformar de raíz tu vida, se abre ante ti un horizonte de preguntas esenciales. Mira hacia adelante, hacia los próximos diez años: ¿qué imagen de ti se perfila en ese futuro? ¿Habrás templado tu carácter y ennoblecido tu espíritu? ¿Serás alguien con más serenidad, integridad y dignidad? ¿Habrás dejado atrás las ilusiones vacías para abrazar verdades más puras y valores más altos? Reconocer las etapas de tu existencia es valioso, pero más aún lo es buscar la plenitud interior. No todos están llamados al mismo destino: tus sueños y esperanzas no serán los de otros, pues se forjan con tu edad, tus experiencias y las circunstancias que te han moldeado. Llegará el momento en que deberás decidir qué hacer con el don irrepetible de tu vida. Hace diez años ¿quién eras? ¿Qué te impulsaba a actuar como lo hiciste? ¿Hay decisiones que hoy tomarías de otra manera? Mirar hacia atrás no es entregarte al remordimiento ni a la autocompasión. El pasado es inmutable, un eco que no responde a tus súplicas. El futuro es promesa abierta, tejido de posibilidades. Pero el presente… el presente es el único lugar donde la vida sucede de verdad. Minimiza tus quejas y convierte lo aprendido en herramientas, no en cadenas. Prepara con cuidado lo que está por venir, pero no te pierdas en sueños vacíos. Si vives con consciencia y gratitud cada jornada, transformarás el paso del tiempo en un viaje extraordinario: una travesía donde cada instante, por efímero que parezca, se revela como el verdadero milagro de existir.»
Pasado y futuro, nunca, presente. La complejidad de nuestra animalidad consiste en que hemos trascendido a la naturaleza, nos hemos elevado a la abstracción y a la consciencia. La vida es una experiencia irrepetible y, quizás, accidental. ¿Duele? Sí, pero también satisface, principalmente para quienes han aprendido a experimentarla con consciencia y gratitud.