Llegará el día en el que el mundo no se parezca a lo que conocimos. Ese día es hoy. Y si algo de nosotros permanece, es sólo nuestro irracional, pero comprensible, miedo al cambio.
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Hoy no somos los mismos de ayer y mañana tampoco seremos los mismos de hoy. No somos los mismos de nuestra infancia, aunque algo de ella permanece, y tampoco seremos los mismos durante nuestra agonía y despedida de este mundo. Sin embargo y a pesar de que siempre estamos cambiando, nos resistimos a que el mundo que nos rodea lo haga. La transformación nos parece insultante y nos lleva a pensar que es nuestro deber defender el mundo en el que crecimos, pero es inútil, pues el torrente nunca se detiene y a todo lo que se le opone, lo arrastra.
Toda costumbre tiene su origen en un ridículo, pero comprensible, anhelo de atemporalidad. Las costumbres nos dan estabilidad y equilibrio, nos ayudan a desempeñarnos en el día a día con cierto orden y a acercarnos al cumplimiento de nuestros objetivos, pero también nos condenan, pues mientras que intentamos hacer lo mismo siempre y de la misma manera, la vida misma, en su indefinible manifestación, no cesa de transformarse segundo a segundo. Quizás no lo notamos, pero hemos dejado de ser quienes éramos al inicio de estas ideas. Imposible es resistirse al cambio.
Deseamos la permanencia, que las cosas y personas se mantengan iguales, pero todo está sometido a la tiranía del tiempo. Si la eternidad existe, solamente es en el entendido de que todo cambiará para siempre. Partiendo de esta idea, nada ni nadie desaparece ni se pierde, pero tampoco se conserva. Somos y no somos al mismo tiempo.
Generaciones van y generaciones vienen, cada una con el mismo delirio de superioridad. Los viejos se creen mejores que los jóvenes, y los jóvenes están convencidos que al llegar a viejos serán mejores que sus antecesores, pero la realidad es que todas las generaciones se hallan en el mismo estado de ignorancia e incomprensión con respecto a lo que la vida es. Ante tal panorama, lo más sensato es reconocer que no sabemos nada ni entendemos nada, y que moverse con la existencia misma, cual hoja llevada por el arroyo, es lo que nos permitirá llegar más lejos.
Nos guste o no, el cambio es imparable. Quizás algo del pasado podamos conservar con nosotros, pero sólo será parcialmente, pues nada se conserva por entero. Quien se niega al cambio, termina desconectándose del presente y viviendo en un pasado que ya no existe, pero que es capaz de producir sufrimiento. Es sensato sentir el impulso de aferrarse al mundo conocido, pues algo de lo bueno que tenemos nació de él, pero la resistencia nos lleva a concebir al cambio como un enemigo. De ninguna manera se trata de dejar de ser lo que somos, si es que eso es posible en un universo en el que nada es, pero tener la capacidad de adaptarse a las nuevas formas pareciera ser la única vía para reducir los estragos provocados por el sentimiento de separación. El cambio duele, pero es pasajero; mientras que la tortura de la resistencia es permanente.
El temor al futuro se sustenta en el desconocimiento de lo venidero, pero puesto que el futuro no existe, este miedo resulta absurdo, sobre todo porque negar lo que irremediablemente habrá de ocurrir nos termina encarcelando en el pasado. Cuántos de nosotros no hemos musitado alguna vez la idea de que en nuestros tiempos el mundo era mejor; hablar de esta manera ocurre no sólo cuando el tiempo ha pasado sobre nosotros con un peso aplastante, sino cuando, además, no hemos aprendido a mantenernos en el presente, y es que si lo pensamos profundamente, el tiempo no es más que una ilusión, pues únicamente es posible habitar en el aquí y el ahora.
Todas las generaciones atestiguan el derrumbe de su realidad conocida, todas observan cómo aquello que con tanto esfuerzo erigieron, cae o se transforma; aunque la transformación es una especie de caída también. Todas las generaciones se sumen en la nostalgia y conforme mayor sea su distancia del pasado, más fuerza tendrá la idea de que sin saberlo habitaban en el “paraíso”. Pensar así es habitual, pero también es preocupante, pues nos hace verlo todo bajo el velo del dolor de lo “perdido”. Idealizar el pasado es un vicio entre quienes menosprecian a las nuevas generaciones, aquellas que de alguna manera vienen a ocupar las plazas que van quedando vacías. El místico Thomas Merton, en sus Escritos esenciales, dice:
«El miedo al cambio es el miedo a la ruptura, a la desintegración de la unidad interior de uno mismo y la unidad de nuestro mundo acostumbrado. Tiene lugar una crisis personal cuando uno se da cuenta de la presencia en uno mismo de opuestos aparentemente irreconciliables. Si el conflicto es intenso, entonces el mundo exterior, las demás personas, las demás sociedades, se consideran maliciosas. Una crisis personal es creativa y saludable si uno puede aceptar el conflicto y restablecer la unidad en un nivel más elevado. Así se hace uno una persona más completa, más desarrollada, capaz de una más amplia comprensión, identificación y amor a los demás. Lo que es preocupante es que la crisis se haga constante y permanente cuando uno se permite estar preocupado. Quien está obsesionado con su unidad interior no es capaz de mirar de frente su desunión con el mundo y con el prójimo. Quien está desconcertado por el temor al cambio, quien prevé trastornos cada vez más amenazadores en la sociedad y en la vida, se pone en guardia contra el futuro condenándolo por adelantado y preparándose para lo peor. Al prepararse para lo peor, en cierto modo llega a aceptarlo, y al aceptarlo lo desea. Por debajo de esto hay un pecado de solipsismo, una ceguera intelectual y moral que procede del hecho de basar toda verdad y todo amor en la relación interior consigo mismo, y no en la relación con los demás. El individualismo hace que este pecado sea endémico en nuestra sociedad.»