Todo está conectado, abrirnos a la experiencia de esa interrelación y no tanto a su comprensión es la clave para avanzar hacia un estado espiritual comprometidos con la libertad.
El actual rector Emilio Baños Ardavín concluirá su gestión el próximo 31 de julio, por lo que Medina Delgadillo asumirá el cargo el 1 de agosto de 2026
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Ser congruentes con lo que pensamos, decimos y hacemos no es sencillo, en ningún aspecto de la vida, pero principalmente en el que le corresponde al ámbito espiritual. Hablar de espiritualidad es sencillo, como también lo es confundirla con la religiosidad, aunque en esencia espiritualidad y religión poco tienen que ver. La religión no es más que un sistema doctrinal–político cuyo fin es controlar la vida de sus practicantes, mientras que la espiritualidad es una forma de vida encaminada hacia la búsqueda y conquista de la paz mental y emocional. La religión desarrolla el sentido de obediencia; mientras que la espiritualidad, el de la consciencia.
Dar lecciones sobre espiritualidad es sencillo, pero no así llevarla a la práctica, ejemplo de ello son los autoproclamados “guías” espirituales, “discípulos” de los maestros, “profetas” de la “verdad” y demás personajes cuya vida en lo superficial parece congruente, pero que en el fondo sigue siendo tan banal como la de cualquier otra persona, deslumbrándose fácilmente el referido iniciado con cuestiones como el dinero, el placer y la fama. La espiritualidad hace mención del esfuerzo que cada quien debe de hacer para domar a su ego, pero en los casos antes mencionados el ego está más que sobrealimentado, de ahí que su conducta sea incongruente.
La máxima del sendero espiritual es la conquista de la vida tranquila, de la existencia pacífica y armónica. Tal estado de plenitud es posible únicamente mediante la práctica del amor, supremo bien al que puede aspirar el ser humano. Mucho es lo que históricamente se ha hablado del amor, pero si tuviera que sintetizarse su definición bastaría con decir que el amor no hace daño, no lastima, no vulnera, no condena, no duele y tampoco condiciona; el amor empieza, pero no termina, sino que se va acrecentando junto con la consciencia de quien lo ejerce, por ello es que, de alguna manera, el amor no es alcanzable para todas las personas porque requiere esfuerzo, entrega y renuncia, acciones que no todos están dispuestos a realizar, aunque vale la pena intentar alcanzarlo.
Como complemento del amor, está la compasión, virtud que no solamente nos permite reconocernos en el otro, sino que también nos enseña que el dolor ajeno es también el dolor propio. En este mundo todos sufrimos y es precisamente esa condición la que nos hermana. Si existe una fraternidad universal es la del dolor que produce el hecho de estar vivos. Lejos de lo que pudiera pensarse, el sufrimiento no es negativo, al menos no cuando se asume como una aspiración de la sabiduría, pues es gracias al dolor que la experiencia del aprendizaje se hace posible. De que todos sufrimos no hay duda y esto es lo que nos permite reconocernos en el otro.
Como tercera virtud del sendero espiritual, y que es dependiente del amor, se encuentra la empatía. Mientras que la compasión nos abre la consciencia hacia la comprensión del sufrimiento que nos une, la empatía nos inclina a vivir en la alegría de lo cotidiano. Pero la felicidad que deviene de la empatía no es la egoísta que se limita a la satisfacción de deseos personales, sino a la colectiva: tu alegría es también mi alegría, y mi felicidad es también tu felicidad. Lo anterior es porque la vida espiritual únicamente es posible cuando se practica en una íntima correlación con quienes nos rodean. La espiritualidad, puesto que es movida por el amor, no puede ser egoísta; por ende, si algunos “iniciados” son incapaces de ver más allá de su nariz, se debe sencillamente a que la consciencia no ha alcanzado un estado ideal de desarrollo.
Por último, la ecuanimidad es la virtud que nos otorga un espíritu imperturbable, un modo de ser que no es frío ni inerte, pero que tampoco se aflige ante las intemperancias cotidianas. Por la ecuanimidad es que mantenemos nuestros pensamientos y emociones gobernados, siempre alerta, pero lejos de desbordarse. Los maestros de meditación Joseph Goldstein y Jack Kornfield, en su obra Vipassana, lo explican de la siguiente manera:
«Una de las cuestiones más importantes del camino espiritual es la reconciliación entre la vida del servicio y la vida meditativa. ¿Acaso existe alguna diferencia entre aquellos valores que nos llevan a servir y a cuidar a los demás, de aquellos que nos permiten profundizar en nosotros mismos? Debemos distinguir las cuatro cualidades fundamentales –el amor, la compasión, la empatía y la ecuanimidad– de sus opuestos –el apego, la piedad, la comparación y la indiferencia–. El opuesto del amor es el apego: el amor permite, respeta y valora, mientras que el apego atrapa, exige y posee. El opuesto de la compasión es la piedad: la piedad erige una barrera entre nosotros y los demás, nos aleja del sufrimiento ajeno; la compasión, por el contrario, nos permite experimentar el sufrimiento de los otros como un reflejo del nuestro. La empatía es la capacidad de alegramos con la felicidad de los demás; su opuesto es la comparación que, al valoramos con respecto a los demás, nos hace sentimos superiores, iguales o inferiores a ellos. El opuesto de la ecuanimidad es la indiferencia, la cual nos dice: “¿Para qué cuidar de las cosas o de las personas? A fin de cuentas, espiritualidad es desapego. ¿Acaso hay algo que tenga importancia si todo es transitorio?”; pero la indiferencia expresa el temor al compromiso, mientras que la auténtica vida espiritual exige el firme compromiso de implicarse plenamente con la vida. La verdadera espiritualidad no constituye un escape de la vida, sino una apertura, una aceptación del mundo con una visión profunda menos centrada en uno mismo y que percibe la interrelación existente entre todas las cosas. El camino espiritual debe enseñarnos a reconciliarnos y abrir nuestro corazón a todo el mundo. Sólo entonces nos convertimos en lo que se llama un bodhisattva, es decir, un ser comprometido con la liberación.»