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Lentamente nos estamos convirtiendo en personas aisladas. Vivimos en sociedad, sí, pero evitando a toda costa la interacción con el otro. La vida extremadamente sedentaria que hemos construido nos permite permanecer en casa esperando a que toque nuestra puerta aquello que necesitamos: comida, ropa, medicamentos, amantes, etcétera. Lejos estamos de aquellos tiempos en los que nos decíamos las cosas de frente y mirándonos a los ojos. Una inmensa mayoría prefiere escudarse detrás de la ventaja que brinda el anonimato o el disfraz de una pantalla, y así, ignoramos con quién hablamos, con quién nos comunicamos, con quién intercambiamos cualquier tipo de información; nuestra era es la de los perfectos desconocidos.
El aislamiento que en la antigüedad era considerado un castigo, hoy es una elección propia. Las personas cada vez tienen más dificultades para hablar de viva voz con el otro, pues se han acostumbrado a la comodidad del intercambio de mensajes escritos. Haber dejado de mirarnos a los ojos no solamente abrió la puerta al desconocimiento del otro, sino, también, a la inexistencia de uno mismo, pues así como nosotros hacemos hasta lo imposible por evitar el contacto con el otro, ese otro hace lo propio para con nosotros y así es como comenzamos a desaparecer paulatinamente. Existir depende de que el otro nos perciba, pero en una sociedad de individuos aislados eso se hace casi imposible, y con ello, la existencia misma.
Cierto es que la convivencia con el otro no es sencilla, mucho menos en tiempos en los que el egoísmo prolifera, sin embargo, no es que este individualismo haya existido desde siempre, sino que más bien nosotros lo hemos erigido prácticamente de manera inconsciente mientras buscábamos formas más cómodas de vida, siendo que la comodidad, para ser tal, siempre exige soledad.
La convivencia siempre tiene una tendencia al caos, es imposible que sea de otra manera, pues en ella interfieren las voluntades de quienes coexisten. Convivir con el otro es aceptar que la libertad de uno mismo tiene límites y que ese otro con el que compartimos el tiempo y el espacio buscará extenderse más allá de lo que le corresponde, al igual que como nosotros lo hacemos, pero que difícilmente reconocemos. Convivir es un aprendizaje constante, incesante y complejo en el que se busca anular parcialmente la individualidad en aras de un bien común, sin embargo, no todas las personas están dispuestas a la renuncia parcial del yo, y al ser incapaces de comprender la finalidad y necesidad del concepto “comunidad”, se empeñan en imponer su “yo” por encima de los demás.
Vivir en comunidad es difícil porque la mayoría de los grupos sociales en los que nos desenvolvemos son impuestos, antes que elegidos. Empezando por la familia, la cual no escogemos, y siguiendo con la escuela y el trabajo, estos grupos tienen la característica de conformarse por personas con objetivos diferentes, incluso en el trabajo, que se supone que debería de tener un fin común para sus agremiados, deja entrever que la mayoría únicamente busca una compensación económica a cambio de la energía y el tiempo que invierten. Mientras cada quien vea únicamente por sí mismo, será imposible llegar a una convivencia armónica.
Construir una comunidad, en lugar de conformarse con aquellos grupos que nos han sido impuestos, es fundamental para resarcir los efectos del egoísmo. Es un hecho innegable que las personas que desarrollan un sentido de pertenencia a un grupo viven con más plenitud que quienes se abocan a la soledad. Construir una comunidad es más que buscar personas con intereses semejantes a los nuestros, construir una comunidad implica generar objetivos comunes que exijan la superación de uno mismo. Construir una comunidad es un antídoto contra la soledad y contra las enfermedades. Quienes construyen una comunidad están unidos por un vínculo invisible cuya traición implicaría el irremediable exilio del grupo. La traición es frecuente en las comunidades impuestas, e incluso, tolerable; pero no ocurre lo mismo en aquellos grupos sociales emanados de las convicciones propias de sus miembros, mismos que se organizan a manera de clan resignificando el espacio que les rodea. La doctora Gladys McGarey, en su libro La vida bien vivida, habla en estos términos de la vida comunitaria:
«Quien se abre al mundo aprende a ser más resiliente frente a él. El exceso de cuidado no nos fortalece, nos debilita. Es cierto que algunas personas pueden herirnos profundamente, pero cuando nos protegemos en exceso, nos privamos también de las relaciones que podrían enriquecernos. Nacimos en un mundo lleno de personas porque estamos hechos para vivir entre ellas, con todo el desorden que eso conlleva. Muchas veces evitamos interactuar, nos incomodan los defectos ajenos y preferimos apartarnos antes que decepcionarnos, pero al hacerlo, nos alejamos también de la vida misma. En nuestra búsqueda de comodidad, hemos organizado el mundo de manera que casi nunca necesitamos pedir nada a nadie. La vida moderna reduce nuestras interacciones cotidianas, y lo justifica con la idea de que seremos más felices si hablamos con otros únicamente cuando lo deseamos. Pero esta reducción tiene un costo muy alto: nos roba una parte esencial de lo que significa ser humanos. Cuando diseñamos un mundo estéril, libre de molestias e imperfecciones humanas, en realidad vamos en contra de nuestra propia vitalidad, y al hacerlo, nos volvemos más débiles e infelices.»
La “comodidad” del aislamiento no es más que el disfraz de nuestro sentimiento de soledad. El aislamiento, más que ser una oportunidad para vivir en “orden”, es una enfermedad que nos termina matando. La vida es caos, la vida es el otro, la vida es el caos en la amistad con el otro, mientras que la separación es muerte, y un terrible mal de este mundo estéril.