El menor fue intervenido quirúrgicamente, pero después presentó complicaciones; acudieron al hospital y tenía un litro de pus porque ”le encontraron un pedazo de apéndice”
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La vida es cambiante y todo está sometido al ciclo de las transformaciones. Lo que hoy es, mañana dejará de ser, y lo que fue ayer, dejó de ser en el presente. Nosotros también cambiamos, incesantemente, y por ello es que, de alguna manera, nunca somos. No somos lo que fuimos, tampoco lo que seremos, y si bien nuestra permanente impermanencia nos impide ser, llegará el día en el que no seremos nada, ese momento será el de nuestra muerte.
Nada es fijo, el mundo y sus componentes se mueven. Hay días en los que nos llegan noticias buenas, noticias que nos alegran, noticias de prosperidad; pero al mismo tiempo que la dicha se manifiesta, coexiste la desgracia, la noticia de los que se van, noticias malas, noticias que nos entristecen. Así, vida y muerte, dos caras de la misma moneda nos envuelven en un tiempo sin horas, pero que a la vez, irónicamente es finito.
Inagotable y fiel a su destino, el sol anuncia su grandeza cada mañana y con el astro rey la naturaleza, la Suma Inteligencia, reivindica los ciclos y leyes a los que todos estamos sometidos. En algunos lugares, la vida dulcifica el despertar, pero en otros, la muerte llega a la lengua de quienes la padecen con su característico amargor. Ni la una ni la otra son buenas ni malas en sí mismas, sino parte del mismo misterio que a todos nos abruma.
La muerte toca a la puerta, ha llegado, es necesaria para el mantenimiento de la vida, pero para nosotros se trata de una presencia inescrutable, de una fuerza incomprensible en el sentido filosófico, más que físico. La pregunta que resuena es siempre la misma: ¿Por qué la vida nos bendice con tantas alegrías, si después nos las quitará todas y de una en una? Al final nosotros nos vamos con ella a la región del misterio.
Pero a pesar de las tristezas y de que el olvido devorará todo, existen razones para celebrar la existencia: la familia, los amigos, los animales, las plantas, los astros, el océano, el amor y las incomprensibles e infinitas conexiones entre todo lo existente. Incluso el siempre insatisfecho deseo refugiado en el vicio del placer es motivo de celebración cuando nos hermana más. Una escritura antigua reivindica el principio de la unidad diciéndonos «qué bueno y qué delicioso es vivir juntos y en armonía», y es que pareciera que no hay más, que la vida se resume a llegar a este mundo para disfrutarlo y después partir de él sin haber comprendido nada, pero con la certeza de que valió la pena cada segundo sobre la tierra, estando dispuestos incluso a repetirlo una y otra vez de la misma manera.
¿Para qué el amor, si todo habrá de terminar? ¿Para qué el rencor, si nada perdura? ¿Para qué tanta insistencia en imponer nuestra voluntad, si al final todos vamos a la región de lo desconocido? La mayor riqueza a la que podemos aspirar es la que ofrece una vida tranquila, sin odio, sin envidia, con salud plena y agradecimiento. Pero ello únicamente es posible cuando tenemos estamos dispuestos a aceptar que, en última instancia, somos insignificantes, que en verdad no sabemos nada, y que hemos sido contratados por un director desconocido para interpretar el papel de un actor amenazado por un teatro de insignificancias. La misma escritura antigua nos advierte: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad»
Dejando a la muerte de lado, si la vida nos parece difícil, estresante y/o dolorosa es porque ponemos resistencia a sus mutaciones. Como un río que no se detiene ante las rocas, sino que encuentra la manera de sortearlas, es como debemos avanzar también nosotros en el mundo. Sin resistencia, sin oposición, sin tensión, pues lo que se define por su dureza es semejante a los cuerpos inertes de quienes han expirado ya; por el contrario, quien aprende moverse junto con el mundo, no por debilidad, sino por sentido de la armonía, será semejante a todas aquellas formas de vida que estando en pleno desarrollo se muestran suaves y tiernas ante la creación. Lo que es duro, se rompe, pero lo que es blando, perdura; así nos lo explica el filósofo Lao Tsé en su obra Tao Te Ching, conocida también como El libro de las mutaciones:
«Antes del Cielo y de la Tierra, había “algo” indefinido pero completo en sí mismo. Ese “algo” era silencioso, ilimitado, único e inmutable, y estaba presente en todas las cosas. Puede considerarse el Origen del mundo. No conozco su nombre; lo llamo “Tao”, y, a falta de una palabra mejor, lo nombro “Lo Grande”. Los hombres, al nacer, son suaves y flexibles; al morir, se vuelven rígidos y duros. Las plantas, cuando brotan, son tiernas y frágiles; cuando mueren, se tornan secas y quebradizas. Así, quien es rígido e inflexible es discípulo de la muerte, mientras que quien es suave y adaptable es discípulo de la vida, pues lo duro y firme se quiebra, y lo blando y flexible perdura. Algunos poseen más de lo que necesitan; solo yo parezco no tener nada. Mi corazón está nublado y confuso; los demás son claros y brillantes, solo yo parezco oscuro y apagado. Los otros son perspicaces e inteligentes, solo yo parezco torpe y simple. ¡Ah! Voy a la deriva como las olas del mar, sin rumbo, como el Bien que nunca descansa.»
El “secreto” de la existencia, por decirlo de alguna manera, no es otro que fluir, moverse y tener disposición de cambiar incesantemente. La dureza, la firmeza, la inflexibilidad podrían ser sinónimos de fuerza, pero esto es sólo en apariencia, pues la resistencia real radica en ser capaces de adaptarse a los tiempos venideros, en lugar de resistirse al ciclo de las transiciones. De alguna manera, todos habremos de ser reemplazados, nuevas generaciones llegarán y ocuparán nuestras plazas y llegará el día en el que nadie habrá de recordarnos, pues así como hemos olvidado a quienes nos antecedieron, otros habrán de hacerlo con nosotros. La vida es cambiante, pero sólo quienes se resisten al cambio perecen, pues son discípulos de la muerte.