La universidad vs los populismos
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónEs evidente la andanada de los gobiernos populistas contra las universidades. La universidad -como institución- está en crisis, porque en los tiempos actuales se desprecia el conocimiento y el esfuerzo como pilares del progreso y del desarrollo del ser humano, que son las bases que cimentan las universidades.
El mundo moderno no puede ser entendido sin la capacidad del Estado de proporcionar espacios idóneos para el estudio y la reflexión. Esos espacios vienen acompañados de una dedicación por parte de quienes ingresan y participan en la universidad, especialmente en la universidad pública, y por la necesidad de mantener ese esfuerzo durante un tiempo determinado, lo que permite obtener un conocimiento adecuado sobre una materia específica.
En los tiempos actuales, la sociedad premia la inmediatez y la obtención de recursos (sobre todo económicos) con el menor esfuerzo posible, y ello no es lo que se aprende en la universidad, sino todo lo contrario. Es entonces entendible que la universidad choque con la idea de éxito en las sociedades modernas, y por ende estas señalen la inutilidad de la universidad para dos efectos: la obtención de recursos, y el “éxito”, medido en términos económicos y con esfuerzo mínimo.
El mundo actual desprecia el sacrificio que conlleva el ingreso a la universidad o la enseñanza en ella, así como la incertidumbre de un éxito profesional -traducido en términos económicos- a partir de la obtención de un título universitario, o de un conocimiento científico aprendido o logrado en las universidades.
Ese desprecio de los populismos modernos hacia la universidad -como institución- se refleja en el presupuesto asignado a las universidades públicas, cada vez más raquítico y limitado y, en el caso de las universidades privadas ese desprecio se traduce en auditorías y en la limitación de inversión gubernamental en proyectos desarrollados en instituciones privadas. Por su parte, no puede dejar de apuntarse que las élites burocráticas de las universidades carecen de autoridad moral para exigir mayor presupuesto, pues obtienen indebidamente recursos que, en lugar de destinarse a cuestiones universitarias, llenan los bolsillos de dirigentes universitarios corruptos.
La tormenta perfecta se cierne sobre las universidades, porque es constante el desprecio de la sociedad hacia el esfuerzo que realizan quienes se dedican a las labores universitarias. Los grandes conglomerados tecnológicos, las redes sociales y muchos empresarios tienden a denigrar el esfuerzo educativo y universitario, toda vez que quieren mostrar que cualquiera puede ser Bill Gates o Steve Jobs, cuando en términos estadísticos la posibilidad de ser uno de ellos es mínima para cualquiera que aspire a ser un líder en el campo tecnológico. Los gobiernos impulsan programas de emprendimiento, en franco conflicto con el esfuerzo educativo y la preparación universitaria, y que se enfocan en habilidades mínimas que buscan desarrollar de forma superficial la capacidad de los jóvenes y alejarlos del esfuerzo educativo de largo plazo, que requiere dedicación y compromiso constantes. La sociedad omite que los casos de Gates, Jobs o Zuckerberg demuestran por sí mismos que un título universitario no es indispensable para construir de manera embrionaria las empresas que les dieron fama mundial, pero que, de ninguna forma, Microsoft, Apple o Facebook serían posibles sin la intervención y trabajo de especialistas que, gracias a sus conocimientos educativos ayudan al funcionamiento y consolidación de esos gigantes tecnológicos.
No es nuevo que la sociedad moderna desprecie el esfuerzo de los alumnos y de los profesores universitarios: el sostenimiento de la educación como modelo para el desarrollo del género humano siempre ha sido puesto en duda por algunas élites. La diferencia es que ahora los gobiernos les exigen a las universidades cosas que no pueden entregar: resultados inmediatos, acceso a todos los aspirantes que quieren ingresar a la universidad (aunque su nivel educativo sea bajísimo, precisamente por responsabilidad del Estado) y educación de calidad sin mejora de las condiciones de trabajo de quienes laboran en la universidad.
El Estado asfixia presupuestalmente a las Universidades; las desprecia, aunque les exige de manera inmediata mejores y mayores resultados. Las revueltas que presenciamos en todo el país, y en otros lugares del orbe, muestran una crisis universitaria, traducida en la discusión sobre el rol que la sociedad quiere que juegue la universidad. La respuesta del populismo es clara: quiere una universidad sumisa y que le limpie la cara. Que diga lo que el populista quiere escuchar. Ni más ni menos.