Qué tristeza se siente al cerrar el grueso volumen que narra las interminables y descabelladas andanzas del esforzado caballero don Quijote de la Mancha. Tristeza porque el libro ha llegado a su fin, y tristeza porque ya no abundan los Quijotes. También ellos se han acabado; ya no los vemos en nuestras calles desfaciendo entuertos ni tundiendo pillos. ¡Ah, sí! Prefiero mil veces la locura de don Quijote que la sensatez ridícula de esos burócratas de manos limpias y atuendo pulcro anhelosos de ascensos y promociones.
Se dice que Miguel de Cervantes proyectó su vida fracasada en la persona de su héroe. Pudiera ser. Pero no sería descabellado pensar que Don Quijote de la Mancha, mucho más que otra cosa, sea una larga queja, un doloroso gemido por el nuevo mundo que nacía: el de los calculadores y negociantes, reemplazando para siempre el de los caballeros y los héroes del espíritu.
Charles Moeller (1912-1986), el paciente autor de esa monumental obra que es su Literatura del siglo XX y cristianismo (publicada en francés y en español en seis gruesos volúmenes), escribió un día una hermosa pagina a propósito de Cervantes y el Quijote, es decir, del creador y su criatura, y digo sin exagerar que se trata de una de las páginas más bellas que existen sobre el tema; y, ya que esta página se encuentra en un libro difícil de encontrar por lo raro que es, no me he resistido a la tentación de escribir este artículo con el único fin de transcribirla entera:
“Helos aquí a los dos: don Quijote, enjuto, con la tez olivácea, el rostro largo y huesudo, el cuerpo protegido con una pobre coraza cubierta de herrumbre; Don Quijote, alto y delgado, acechando a lo lejos, en la llanura, la aparición de alguna aventura heroica; don Quijote, montado en el flaco lomo de Rocinante; don Quijote, el caballero leal y poeta, siempre dispuesto a sacrificarse, sin perder el tiempo como ‘los caballeros cortesanos’, en las cortes lujosas, sino, al contrario, midiendo la tierra con sus pasos, durmiendo en el duro suelo, soñando en una belleza imposible… Y, detrás de él, Sancho, rechoncho, grueso y lozano, instalado en su jumento como un patriarca; Sancho, acariciando su boa y su zurrón, sin comprender más que la prosa, refiriéndolo todo a la realidad, diciendo que una bacía de barbero es una bacía de barbero y no un yelmo de caballero; un molino de viento, un molino y no un gigante. Por más que con harta frecuencia nos parecemos a Sancho y tratamos de loco a don Quijote, al igual que el escudero repleto y cobardón, acabamos amando a don Quijote y, cuando muere, tímido y humilde, abrumado por las últimas aventuras, que le han abierto los ojos; cuando muere, abjurando solemnemente de las novelas de caballerías, le decimos, como Sancho: ‘¡Oh, señor, no muráis!’, y, como él, tenemos los ojos en lágrimas, pues comprendemos que, con don Quijote, se nos va lo mejor de nosotros mismos…
“¿Por qué amamos a don Quijote? Porque la historia del caballero desdichado, escarnecido, es la del propio Cervantes. Miguel de Cervantes y Saavedra fue también, durante toda su vida, un desafortunado. Tomó parte en la batalla de Lepanto, aquel momento histórico que nos libró por mucho tiempo del peligro turco. Cervantes podría haberse abstenido de luchar, pues hallándose enfermo aquel día, su capitán le ordenó que permaneciera en la reserva. Pero, como buen español, Cervantes consideró que desperdiciar aquella ocasión de gloria era desperdiciar la vida entera y, al igual que don Quijote, se batió. Resultó herido. Cervantes creía, ¡qué ingenuidad!, que aquella herida, al decir de él ‘gloriosa como las estrellas’, le granjearía el respeto y el agradecimiento de su Majestad el Rey Católico. El ilustre manco pensó que la patria le sustentaría en el Pritáneo, al igual que los grandes soldados de Atenas. No os revelaré nada nuevo diciéndoos que lo que le sustentó fue su ilusión. Su vida transcurrió en la pobreza. Tuvo la mala suerte de estar a bordo de la única carabela que fue apresada por los turcos, y sufrió cuatro años de cautividad en Argelia. A su regreso, nadie se ocupó de él. Cervantes vivió, pues, toda su vida la aventura de don Quijote. Partiendo, como él, en busca de la gloria, creyó que el mundo de los hombres giraba por completo en torno a los caballeros valerosos. Y comprendió que nada de esto sucedía. Don Quijote es la prolongada queja de un hombre desilusionado. Don Quijote es Cervantes que canta su vida gloriosa y triste” [Charles Moeller, Humanismo y santidad. Testimonios de la literatura occidental, Barcelona, Juventud, 1960, pp. 99-102].
Sí, es necesario estar un poco loco –o ser, de plano, un loco rematado- para creer que el mundo gira en torno a los grandes hombres; en realidad, nada de esto sucede, y quienes se llevan las palmas del triunfo y los aplausos de las multitudes son casi siempre los adocenados y los mediocres. ¡Loco, pues, tenía que ser don Quijote para creer que el heroísmo sería recompensado! La virtud, al mundo, le importa un rábano.
¿Quién reconoció los méritos de Caballero de la Triste Figura? ¡Nadie, nadie! El pobre, por defender viudas y huérfanos, no recibió más que palizas y estocadass. Ver en una ruda campesina a una hermosa dama inalcanzable llamada Dulcinea, ¿no era una auténtica locura? Pero don Quijote veía más allá de las apariencias y por eso la encontraba bella y digna de todo sacrificio.