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Análisissábado, 29 de abril de 2023

Opinión | El hombre viejo

Un día, el buen hombre dijo a su mujer:

-¿Será verdad lo que todo el mundo dice? Yo no quiero creerlo, pero más vale estar atentos. ¿Oíste con atención lo que dijo en el almacén el tendero aquella vez que fuimos juntos a comprarle una hogaza de pan?

-Sí –respondió la mujer, que estaba sorda como una piedra-. Los caseros son terribles. ¡Vaya, por lo menos tenemos esta choza, y de aquí nadie nos podrá sacar mientras vivamos!

-No, mujer –dijo el hombre alzando la voz-. Te estoy hablando del tendero. ¿Recuerdas lo que dijo de los curas?

-Claro que lo recuerdo –dijo la mujer-. Dijo que eran unos perversos, unos explotadores y unos asesinos del pueblo. Eso pude escucharlo yo con entera claridad, pese a que ya sabes que no oigo bien.

-No oyes lo que no te conviene. De eso me he dado perfecta cuenta.

-Sea lo que sea –dijo la mujer-, debemos andarnos con cuidado. Si los curas, como dijo el tendero, son unos asesinos, entonces estamos perdidos. ¡Dios nos ampare!

-Pero por otro lado –dijo a su vez el viejecito-, si lo fueran nos habrían matado ya, ¿no te parece?

-¿Cómo dijiste?

-Dije que si los curas fueran unos asesinos nos habrían matado ya, ¿no te parce? ¿Para qué esperar a hoy si hubieran podido hacerlo ayer?

-Así lo creo yo también –dijo la anciana-, pero de cualquier manera debemos andarnos con cuidado.

-Eso es lo que digo yo. Y a veces me digo también que daría todo lo que tengo por saber qué es lo que los sacerdotes, después de cenar, platican entre ellos.

-¿Que darías qué por qué?

-Dije que daría todo lo que tengo por saber qué es lo que los sacerdotes, antes de irse a dormir, platican entre ellos.

-¡Pero si tú no tienes nada que dar! Y, por supuesto, ni yo tampoco.

-Es sólo una manera de decir, mujer. Imagínate: poder apostarse uno detrás de la puerta y tomar nota de todas sus palabras. ¡Así saldríamos de dudas.

-¿Y por qué no lo haces? ¡Atrévete! Bien sabes tú, como lo sé yo, que a las ocho de la noche se encierran en un cuarto y se ponen a hablar entre ellos. ¡Hasta tocan la campana para llamar a los rezagados! ¡Y quién sabe qué cosas se dirán unos a otros!

-Imagina –dijo el viejo- que descubro una conspiración en contra de la patria. ¡Cuántos laureles caerían sobre mi cabeza!

-¡Nada de laureles! Un gorro frigio: eso es lo único que caería sobre tu cabeza. En todo caso, no tendrás ya que comprarte uno. ¡En fin, algo es algo!

Nuestra historia, claro está, se presta a sacar de ella más de una conclusión. Sáquelas todas el lector y, si puede, tome todas las medidas pertinentes al caso.

Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresión

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