La población femenina en San Luis Potosí representa el cuatro punto noventa y seis por ciento de la población total privada de la libertad en el estado, la cual asciende a 4,830 personas
El legislador panista señaló que desde Acción Nacional existe respeto por las decisiones que tome el PRI, pero subrayó que la postura del PAN es clara tras su reciente relanzamiento político
En varios de los sitios afectados, los pastizales y matorrales alcanzaban hasta un metro y medio de altura, lo que facilitó la rápida propagación de las llamas, especialmente en zonas con pendientes pronunciadas
Alcanzar la bandera blanca en alfabetización no significa que el trabajo esté terminado, por el contrario, las autoridades educativas buscan continuar con las acciones para reducir aún más el porcentaje actual
El entrenador afirmó que han sido más los momentos buenos que malos y hasta pidió que la afición se una al equipo para que haya una “sana comunión” y lo positivo permea hacía los jugadores
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Cuando don Juan Mendoza –a quien ahora llamaremos de aquí en adelante simplemente don Juan- andaba de novio, hace muchos años, era el muchacho más limpio, escrupuloso, discreto y atildado del pueblo. Nadie le oyó nunca decir una mala palabra en público ni le vio salir de su casa con los zapatos sin lustrar. Cuando las jóvenes de su edad lo veían a lo lejos, caminando por la banqueta de enfrente, se mordían los labios mientras escuchaban a sus madres, que les decían:
No todas las muchachas del pueblo se morían por él, todo hay que decirlo, pues siempre suele haber ovejas negras, pero sí había unas cincuenta o cien que lo habrían hecho con mucho gusto (hablo, para que no se me malinterprete, de morirse por él). Es claro que sus compañeros de escuela se burlaban de este galán porque les parecía demasiado correcto y en ocasiones hasta un poco tieso, pero en el fondo lo respetaban por el invariable efecto de conmoción que casi siempre provocaba en las demás.
Cuando los años pasaron y llegó a la edad casadera –tenía veinte años recién cumplidos-, Juan miró a un lado y a otro y vio que la mujer que cumplía con todos los requisitos para ser su novia era una joven de dieciocho llamada Inés. No es que estuviera muy enamorado de ella, dicho sea de paso, pero en aquellos años hubiese sido de pésimo gusto casarse sólo por amor. Los matrimonios se querían sólidos, y nada que resistiese el tiempo podría construirse sobre la superficie líquida de los huidizos sentimientos. Inés sabía bordar, planchar, hacer el dobladillo a los pantalones de su padre, realizar pespuntes en las faldas de su madre, cocinar según las instrucciones de un recetario heredado por su abuela, plantar, regar, cosechar, rezar el rosario y, sobre todo, callar cuando no tenía nada que decir. Todas estas raras prendas cautivaron mucho y conmovieron no poco al por entonces joven Juan. Y, claro, éste le echó el ojo al instante, la eligió entre las mil y una candidatas que no le hubieran hecho el feo, cantó algunas canciones al pie de su ventana –con el debido permiso de los padres de Inés, por supuesto- y por último pidió su mano, que le fue concedida sin advertencias y sin regateos.
Cuando Juan fue a pedirla en compañía de sus padres y del anciano señor cura de aquella parroquia de la que no diré el nombre, Inés bajó la cabeza y guardó silencio. Era claro que la idea de casarse con Juan no le desagradaba. Y cuando, un año más tarde, ella salió de la iglesia vestida de blanco y él de negro, el pueblo entero sintió un leve estremecimiento. Un estremecimiento, sí, porque se trataba de la pareja más perfecta que se había visto en muchos años. ¿Qué mujer no hubiera querido casarse con Juan? ¿Y qué hombre no hubiese querido casarse con Inés?
La misma noche de su boda, como era costumbre entonces, Juan e Inés partieron de luna de miel rumbo a una playa que por entonces gozaba de un prestigio casi nacional: Tampico; y aunque se llenaron mucho de chapopote por haberse reventado en aquellos días un ducto de petróleo, ninguno dijo nada de esto a su regreso, limitándose a contar únicamente maravillas de las olas que allí los habían mecido y de las conchas que recogieron en sus inolvidables inmersiones acuáticas.
Cuando yo conocí a doña Inés –ya le decían doña Inés- era ésta una mujer más bien amargada que no paraba de echar pestes contra su marido; gritaba que ya estaba cansada de él y que si no fuera ya tan vieja lo dejaría sin pensárselo dos veces. ¿Qué había pasado con aquella pareja maravillosa? Algo muy sencillo de explicar: que don Juan, por ser el hombre más aburrido del planeta, no sacaba nunca a pasear a su mujer. ¡Si por lo menos la tomara del brazo de vez en cuando para ir a tomarse juntos un raspado a la plaza del pueblo! Pero no; don Juan no hacía nada de esto, sino que llegando a su casa, después de la jornada laboral, se quitaba los pantalones y se ponía a ver la televisión en calzoncillos. Esto chocaba mucho a doña Inés, que no disfrutaba nada verlo así, y menos aún con esas chanclas de hule transparente que don Juan solía ponerse por dos motivos: para protegerse de las basurillas del suelo y para ahorrarle suelas a sus zapatos de trabajo.
De ser el hombre más atildado del pueblo, y también el más correcto, don Juan pasó a ser el hombre más vulgar de cuantos podían encontrarse a muchos kilómetros a la redonda. Eructaba ruidosamente, expulsaba con gran estrépito sus flatulencias delante de la familia entera, y además se reía de lo bien que ejecutaba ambas cosas. Y, mientras tanto, doña Inés quería írsele a la yugular y acabar con ese martirio de una vez por todas. “No lo soporto –me dijo un día-. Cuando hace eso, me parece que lo odio”. ¿Qué había pasado con don Juan? Que, según él, ya no era necesario conquistar a su mujer, pues ya la tenía. ¡Ah, canalla! ¿Es que no sabía que, aun casado con ella desde hacía veintitantos años, era necesario seguir gustándole?
Bien, y a este punto de mi narración me preguntará el lector: ¿y por qué tituló usted este artículo “Ventajas de leer a Pascal”? Porque este filósofo escribió nada menos que en 1652 un Discurso acerca de las pasiones del amor que tanto don Juan como cuantos se parecen a él deberían leer por lo menos una vez en su vida: “El amor –dice allí Pascal- carece de edad. Siempre es un recién nacido. Los poetas nos lo han dicho: por eso nos lo presentan como un niño… Hay que ser ágil para amar. Diariamente se nos agotan las maneras de gustar. Sin embargo, hay que gustar, y lo logramos”. ¡Un momento! Don Juan no lo había logrado. Tal vez había dejado de amar desde el momento en que ya no le importó gustar. Amar y querer gustar van siempre de la mano: por lo menos eso es lo que dice el gran pensador francés y no seré yo quien le lleve la contraria.