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De acuerdo con el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública el estado potosino se mantiene entre los estados con mejores indicadores del país
Se generó una primera mesa de negociación entre el sindicato Carlos Leone y las áreas de Recursos Humanos y Relaciones Laborales de General Motors en la Ciudad de México, no se ha alcanzado un acuerdo
La normativa establece que los centros laborales están obligados a clasificar los riesgos de incendio, contar con planes de atención a emergencias, integrar brigadas y desarrollar programas de capacitación
La intención es consolidar un programa permanente que permita reducir la incidencia de este delito, mediante la capacitación continua y el acompañamiento institucional a los establecimientos
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Anoche, señor, mientras el mesero me traía una casa de café, vi a mi vecino de mesa olfatear una manzana antes de comérsela. Era una manzana ocre, apetitosa y grande. Mi vecino la contempló largamente, deslizó varias veces los dedos sobre la piel lisa de la fruta y se quedó en silencio durante algunos minutos, como poseído por un éxtasis místico o algo así. Yo lo miraba por el rabillo del ojo y, en el fondo de mí mismo, envidié a aquel hombre tranquilo. Luego tomó el cuchillo, hizo varios cortes a la manzana y aspiró su aroma con deleite y fruición. ¿Cuánto tiempo hubo de pasar para que el hombre empezara a comérsela? No lo sé, pero, en todo caso, no menos de un cuarto de hora. Entonces me dije a mí mismo: “Amigo mío, haz tú con tu café lo mismo que ese hombre hace con su manzana. Siéntelo, aspira su aroma y paladea cada sorbo, cual si dispusieras para ello de todo el tiempo del mundo”. Así lo hice, y debo decirle a usted que ha sido, hasta ahora, una de las experiencias más entrañables de mi vida. Aquella vez comprendí que es una cosa bella no tener prisa, comer sin atragantarse, beber sin asfixiarse y ser dueño de nuestros propios movimientos.
Y cuando regresé a mi casa, mientras conducía, comprendí que el peor enemigo del hombre es precisamente la prisa, pues de ésta nacen la violencia, la descortesía y la enemistad. ¿Y sabe en qué momento del trayecto me di cuenta de que esto era así? Cuando los semáforos cambiaban de rojo a verde. Si, por ejemplo, el conductor que encabezaba la fila se demoraba un poco antes poner en marcha su automóvil o si, por estar distraído, tardaba cinco segundos en hacer el cambio de velocidad, ¡cómo empezaban a sonar los cláxones! Los conductores de atrás gritaban a los de adelante todo tipo de cosas y aquello se convertía al punto en un infierno de voces, gruñidos y pitidos. En uno de esos semáforos de los que le hablo, poco faltó para que los conductores se bajaran de sus respectivos autos y empezaran a golpearse unos a otros.
La prisa es maleducada, señor, y no tiene respeto ni por la enfermedad ni por la vejez. ¿Qué nos importa si el automóvil que tenemos delante es conducido por una anciana venerable cuyos reflejos se hallan ya entorpecidos por la edad? Nosotros queremos llegar a donde vamos, y pasaremos sobre ella o sobre quien sea con tal de no perder un minuto que luego se nos irá sin que sepamos muy bien cómo. ¡Cuánta razón tenían los antiguos cuando decían que no había espectáculo más ridículo en este mundo que el de mirar a un viejo correr!
Cuando Jesús contó la parábola del hijo pródigo -¿la recuerda usted?- hizo que el padre corriera para ir a colgarse a los brazos de ese vándalo que había derrochado con prostitutas toda su herencia. Con ello quiso decir que al buen viejo no le importó nada hacer el ridículo y que, por su hijo, era capaz hasta de perder su dignidad y su honor. ¡Un anciano corriendo! ¿Dónde se había visto semejante cosa? ¡Eso era demasiado! Pero, en fin, dejemos la parábola y volvamos a nuestro asunto. La lentitud es cortés: se toma todo el tiempo que haga falta para el saludo y la celebración del otro, en tanto que la prisa es siempre desconsiderada. Cuando tenemos prisa, los otros desaparecen de nuestro campo visual, ya no somos capaces de notarlos y, por lo tanto, de respetarlos. ¿Ha visto usted cómo saluda la gente apresurada? Pero no: esta gente no saluda: se despide. Vive siempre despidiéndose.:
En El tiempo de tu vida, una de sus piezas teatrales, el novelista y dramaturgo William Saroyan (1908-1981) hace monologar así a uno de los personajes que, en el corazón mismo de Nueva York, observa con atención y pesadumbre el ir y venir de las gentes: “Bien, estoy parado en la esquina de Third y Market. Estoy mirando a mi alrededor. Estoy tratando de resolverlo. Ahí está. Justo frente a mí. Toda la ciudad. Todo el mundo. Gente caminando. Van a alguna parte, no sé a dónde, pero van. Yo no voy a ninguna parte. ¿A dónde diablos puede ir uno? Estoy tratando de resolverlo. Está bien, soy un ciudadano. Un tipo gordo golpea con su estómago el rostro de una anciana. Tenía prisa. Gordo y vieja. Tropezaron. Boom. No sé. Esto puede significar guerra”.
Ya sé que este monólogo le puede parecer a usted pueril, señor, o quizá un tanto estúpido. ¡Qué importa! A mí me pareció todo esto cuando lo leí por primera vez; pero ahora, cuando ha pasado tanta agua por debajo de nuestros puentes, ya no lo considero tan absurdo. La culpa de nuestra desesperación la tiene la prisa. De ella nace también la desesperanza. Y los infartos: Y la grosería. Y la guerra.
“Para la filosofía estoica –escribió una voz un monje alemán llamado Anselm Grün- nuestra vida es una celebración permanente. Celebramos ser hombres con dignidad divina. En la lentitud de nuestros movimientos puede experimentarse algo de esta celebración. Tomamos las cosas lentamente, avanzamos lentamente. Nos tomamos tiempo para la comida. Nos tomamos tiempo para la conversación. Comemos lenta y conscientemente. Y de pronto notamos qué sabor tiene. Podemos disfrutar. También celebramos al masticar muy lentamente una rebanada de pan”.
Dios no tiene prisa; los hombres, hechos a imagen suya, tampoco deberían tenerla: si no entendí mal, esto es lo que el monje quiso decir. Camine, pues, lentamente, señor; olfatee su manzana antes de engullirla; sienta su piel, tan delicada; sepa, por primera vez en su vida, a qué sabe el café: le aseguro que no lo sabe, aunque lo haya bebido usted todas las mañanas de su vida.
El día en que hagamos todo lo que tenemos que hacer, pero sin prisa, ese día habrá algo así como una explosión de amabilidad como no se ha visto nunca en este pobre mundo donde los pájaros se caen de los árboles a causa del ruido de los cláxones, que no pueden soportar. ¡Claro que se caen! ¿No lo ha leído usted en las noticias? Primero los pájaros. Y luego seremos usted y yo.