Opinión | La sal y la luz
Nuestra época –todo hay que decirlo- es bastante extraña: muchas cosas que antes tenía por inofensivas, ahora las tiene por peligrosas e inconvenientes.
Sí, hoy se aborrece el tabaco, lo mismo que el café –tan dañino y tan perverso-, pero se van descubriendo poco a poco, en cambio, las virtudes de la marihuana.
Una amistad querida fue hace poco a los Países Bajos y me trajo un hermoso llavero, metálico y colorido, que tenía la forma de una hoja.
-Padre –me dijo-, le he traído un recuerdo de Ámsterdam.
-¡Oh! –dije yo-. No se hubiera molestado –en fin, lo que se dice.
Y al ver de qué se trataba, no pude disimular mi estupor:
-¡Pero si es…!
-¡Es el símbolo de Ámsterdam! –me respondió mi amiga-. Así como el madroño es el símbolo de Madrid, y la hoja de maple el símbolo de Canadá, así esta florecita es el símbolo de los Países Bajos.
-Bajo su responsabilidad, señor… -cual si el cliente le hubiese pedido una pistola para dispararse en la sien.
Así pues, en esta época en que la sal es difamada –aunque se privilegian otras sales, fruto de la amapola, de la coca, y de otras hierbas del campo-, ¿siguen siendo válidas las palabras de Jesús: “Ustedes son la sal de la tierra”?

















