Opinión / Los obreros del amanecer
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónSi hay una parábola provocadora, una parábola de Jesús que suscite de inmediato sentimientos encontrados, o contrariados, es precisamente esta que cuenta san Mateo en el capítulo 20 de su evangelio. ¿Cómo es posible, por ejemplo, que los que llegaron a la última hora de la tarde reciban el mismo salario que los de la mañana? ¿No es injusto, por ejemplo, que los primeros en llegar reciban lo mismo que los últimos?
Según se sabe, un denario –moneda equivalente a 4 gramos de plata- era el salario común por un día de trabajo en tiempos de Jesús: era, diríamos hoy, algo así como el salario mínimo, el salario estándar. Y tanto los que llegaron al amanecer como los que llegaron después recibieron idéntica paga. En este sentido, el patrón no fue injusto, pues dio a cada uno lo suyo. Si hubiese dado a los primeros menos dinero que a los últimos, entonces sí que podría hablarse de injusticia, pero no es éste el caso; y si hubiera dado más a éstos que a aquéllos, igualmente habría habido injusticia, pero tampoco suceden así las cosas, sino que cada uno recibe el denario estipulado. Pero, entonces, ¿por qué nos sigue pareciendo que hay algo que no va? Jesús lo dice con claridad: porque no somos buenos, he aquí el meollo del problema.
Las cosas suceden de este modo: un propietario anda en busca de jornaleros para que trabajen en su viña. Encuentra unos al amanecer y los contrata por un denario, pero, al parecer, no son todavía suficientes. Sale a media mañana a buscar otros, los encuentra y los contrata igualmente. Repite esta misma operación a mediodía y por la tarde. Aún contrata a los últimos poco antes de la hora en que acababa la jornada. Y hasta aquí todo está bien. Los problemas surgen, sin embargo, a la hora de la paga: “Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: ‘Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros’.
Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario.
Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario.
Y al recibirlo, protestaban contra el propietario,
diciendo: ‘Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada’. El propietario respondió a uno de ellos: ‘Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario?
Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti.
¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?’”.
Reconozco, dándome golpes de pecho que, de haber estado yo allí, de haber sido yo un obrero de la primera hora, acaso hasta me habría convertido en el líder de los inconformes, y quién sabe qué cosas me habría puesto a decir. Pero el señor de la parábola tiene razón. El trato había sido de un denario, y a ninguno recibió menos que eso. El problema, aquí, es la expectativa –falsa, por lo demás- que se crearon los obreros del amanecer. Sí, en efecto, ellos pensaban que…, bueno, que recibirían un poco más, pero no recibieron nada más.
Pero, ultimadamente, ¿por qué he de estar siempre tan atento a lo que los demás reciben?, ¿qué me va a mí en ello, si yo recibí ya lo que era justo? Estas comparaciones, este continuo estar mirando hacia otro lado es lo que da origen a ese vicio capital llamado envidia, y que santo Tomás de Aquino definió muy bien como “el dolor sentido por el bien del otro”. ¡Cuánto me apena que al otro le vaya bien! ¡Cómo me entristece su prosperidad! ¡De qué manera me aflige su buena suerte! Su grandeza me ultraja y me empequeñece: ante él me siento enano.
“¿Por qué no habré nacido rico, más dotado en el físico, en la inteligencia o para las relaciones humanas? Nos comparamos, nos quejamos… Somos capaces de luchar por un salario justo en la empresa; pero, si otro de mi status laboral, por lo que sea, gana un poco más, mi primera reacción es de venganza. ¿Por qué me cuesta tanto alegrarme con el bien ajeno? (Javier Garrido, Seguir a Cristo en la vida ordinaria). Sí, ésta fue la desgracia de los de la primera hora: creer que los demás merecían menos, y por eso el patrón los pone en ridículo.
Los maestros espirituales de los primeros siglos del cristianismo temían la envidia porque engendraba ira –otro vicio capital- y provocaba tristeza. Por ejemplo, Juan Casiano (350-432) descubrió una cosa muy interesante: que la envidia empequeñece al hombre, lo hace más vil de lo que es, y así lo dijo en el libro de sus Instituciones monásticas: “El envidioso, por lo mismo que se abandona a la envidia, demuestra su pequeñez y su complejo de inferioridad, ya que su envidia atestigua que es mayor aquel cuya prosperidad le entristece y saca de quicio” (V, 22). ¡Ya lo ven ustedes! ¡Un monje del siglo IV hablando del complejo de inferioridad catorce siglos antes del nacimiento de Alfred Adler, quien dijo, como si se tratara de una novedad, que todos nuestras neurosis nacen precisamente de este complejo! Mas, ¿es esto verdad? ¡Vaya si lo es!
Ahora bien, ¿cómo se cura uno de la envidia? ¡Ah, para esto no hay pastillas que valgan! Como bien decían estos mismos maestros espirituales, las enfermedades espirituales sólo se curan con remedios espirituales. Esto quiere decir que no hay ampolletas contra ella. Sin embargo, como entre líneas la parábola nos da el remedio: alegrándonos de que los que llegaron después reciban lo mismo que nosotros, que llegamos mucho antes.
¿Me dicen que Fulano acaba de comprarse una casa en Nueva York, en Florencia o quién sabe dónde? Me alegro mucho por él. ¿Qué se ha comprado la mitad de una isla en el Atlántico? ¡Que la disfrute! ¿Compró una finca majestuosa en Dubay? No por eso me siento menos, y hasta me digo a mí mismo: “¿Dubay? Pues para sentir calores extremos esto es irse demasiado lejos. Para eso, Tamazunchale está muy bien”. Y me quedo muy en paz.