Padres e hijos
Sí, los hijos serán lo que puedan. Por eso, la labor de los padres es equiparlos para su larga peregrinación. ¿Y cómo equiparlos sino dándoles buenos consejos? Conocí un padre que hablaba siempre a su hijo de la siguiente manera:
-Y a los que quieran aprovecharte de ti, súrtetelos. ¡Que no se diga nunca que mi hijo es un dejado! Y, por lo demás, no te olvides que este mundo es una selva: o comes, o te comen. ¡Así que a afilar las garras! El que no tranza, no avanza…
Y yo escuchaba al padre con un dejo de lástima. Y, claro, al hijo también. Pues, ¿a dónde va ir a dar con semejantes consejos?
Cuando se sentía a punto de morir, según dice la Biblia –o sea, cuando tenía ya un pie en el sepulcro-, Tobit, el padre de un joven llamado Tobías, habló a sí a su hijo, que lo escuchaba con los ojos húmedos y la cabeza gacha:
“Busca el consejo de los prudentes y no desprecies ningún consejo útil. Bendice en toda ocasión al Señor; ruégale que tengan éxito todos tus senderos y proyectos… Recuerda, hijo mío, todos mis consejos y que no se te olviden nunca” (Tobías 4, 3-19).
Ahora Tobit podía ya morir en paz. Al final Tobías haría lo que quisiera, pero él ya no sería responsable ante el Señor por no haber hecho lo que debía: aconsejar a tiempo. Ahora bien, ¿se parecen estos consejos a los de mi conocido?
Igualmente, poco antes de morir, Esteban (969-1038), rey de Hungría, amonestaba así a quien lo sucedería en el trono:













