Estamos en la civilización de comprar, usar y tirar. Antes las cosas se adquirían porque se necesitaban y después de usadas luego de muchas y complejas reparaciones se tiraban. En la maquinaria se reponían piezas, se hacían soldaduras, se ajustaban tornillos; mientras que la ropa se remendaba, se volteaban los cuellos de las camisas, se zurcían los calcetines. Hoy renovamos máquinas, utensilios y vestuario con demasiada rapidez. Ya no se cambian suelas o se pone media suela a los zapatos, ni los hermanitos pequeños van heredando la ropa que deja el hermano mayor.
No nos hemos hecho, pues, adictos a la renovación del todo, sino a comprar por comprar, estando siempre dispuestos a gastar y renovar cualquier cosa sin investigar siquiera si tiene arreglo. Preferimos la cantidad a la calidad, este es signo de los tiempos que corren. Quién nos iba a decir que los de mi generación que enfermaríamos de consumo y que terminaríamos comprando sin ton ni son. Somos muchos los que hablamos de este mal que nos atrapa, pero eso no significa que finalmente dejamos de hacerlo.
Compre hoy, y pague después, torpedean continuamente los medios. Deslizamos la tarjeta de crédito y ya está. ¿Realmente compramos lo que necesitamos? ¿Hay razón para hacerlo? Cuando se nos presenta la oportunidad de comprar algo de súper oferta pagadera en un titipuchal de meses, caemos redonditos, y después, a parir chayotes…
En todo el mundo sucede lo mismo. Llámense baratas, rebajas, descuentos o liquidaciones, y el día de hoy en nuestro país es “El Buen Fin” . La gente se amotina en las puertas de los almacenes enloquecida para aprovechar las ofertas. Mujeres u hombres al borde de un ataque de nervios diría el hispano universal Almodovar.
Reconozco haber caído en semejante tentación en muchas ocasiones. Estrenar, renovar y reemplazar nuevo por viejo es a todo dar, pero ojo, mucho ojo, porque podemos caer fácilmente en una manía obsesiva e irracional. Y aquí le paro, porque tengo que ir a ver qué quedó del Buen Fin…