Con el récord de 16 nominaciones al Premio de la Academia, “Pecadores” más que un convite de géneros puede ser como una fabulación de un mundo sin otroras centros de gravedad.
“Pecadores” está disponible en la plataforma HBO Max.
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Cuando Miles Caton empieza a cantar “I Lied To You”, “Pecadores” (Sinners) / 2025, de Ryan Coogler, se sale de sí misma y se instala en un nivel de arte contestatario, donde lo confesional doloroso se entreteje con una espacialidad habitada por el presente y el futuro (DJ, bailarines de break dance, ascendentes africanos y orientales), no en un ritual sino en un festín visual donde la cámara repta, flota como cíclope de luz y de ansia pausada para registrar ese momento de suspensión, acaso emocional, del filme.
Para Coogler, la noción misma de “pecado” no es una preocupación teológica: es un campo de disputa de hálitos de culpa, redención o violencia legítima, impregnados de una paleta de colores oscuros, ocres, y donde la luz es un resquicio solo para la aclaración de quiénes son los buenos y los malos de la película.
De allí que sea interesante el rol doble de hermanos de Michael B. Jordan, que sin duda atraviesa no solo el relato, sino también el clima político contemporáneo (¿justificación de ese final intemporal?), donde las lecturas permiten voltear a temas como el racismo, la discriminación y la supremacía del mal.
El universo que plantea Coogler, aunque situado en el Misisipi de los años treinta del siglo pasado, zarandea a instituciones como la familia, la religión y las creencias sobre presencias más que sobrenaturales presentes en la historia heredada aún no resuelta. Lo inmemorial —la secuencia donde los “vampiros” aguardan afuera del granero y cantan temas tradicionales es puntual— y donde cualquier promesa de salvación colectiva es una quimera.
A ratos, el filme permite entender a los personajes dentro de un espacio donde la fe y la moral no ofrecen certezas, sino fracturas. “Pecadores” pareciera decirnos que el verdadero horror no emana de lo sobrenatural (vampiros con sed de gore incontrolable), sino de un vacío espiritual en un universo donde las narrativas que estructuraban la vida social (esclavistas, con ímpetus de rebeldía) se colapsan para dar paso a “identidades” (afro, orientales) quebrantadas y que, de una manera u otra, compiten por imponer su verdad (como los hombres blancos que se topan con B. Jordan casi al final).
Y es en este sentido que la película de Coogler ofrece algo inquietante: pone en el centro de la conversación la noción de supremacía y la interroga. Pero no solo se trata de la idea de una superioridad racial o cultural, sino moral, que es lo más terrible, porque ¿acaso los vampiros deben arrogarse la autoridad para juzgar e imponerse por el hecho de su pasado doloroso? ¿O las víctimas que son degolladas y devoradas?
En esto radica una de las lecturas que admite el filme sobre la situación actual del mundo: trazar la línea entre víctima y verdugo, donde cada bloque político se erige como defensor del bien mientras justifica la guerra o el sacrificio del otro. Porque así como el género de terror que aborda Coogler puede sentirse como un exceso en su ejecución visual, también parece señalar que cuando la ideología adquiere tonos absolutistas, la fuerza del más fuerte termina funcionando como una religión sin compasión.
Entonces, ¿cómo debe entenderse “Pecadores”? ¿Como un texto audiovisual sobre el mal o como el colapso de los consensos étnicos, culturales o sociales? Una de las respuestas que ofrece es que las supremacías surgen como respuestas simplistas al miedo.
Sin embargo, debemos atender a Borges, quien dijo que el arte no debe dar respuestas sino generar preguntas. Tal vez, por ello, una pregunta flota a lo largo del filme: ¿la creencia es en verdad algo en común suficiente para imponer una versión propia de la verdad?
Con “Pecadores”, Ryan Coogler se instala como un autor “moral” dentro del cine contemporáneo, poniendo el dedo en el derrumbe de las narrativas grandilocuentes (cine de superhéroes, por ejemplo) que durante años le han dado sentido político y espiritual al séptimo arte.
Por lo mismo, “Pecadores” se concatena a películas como “Children of Men” / 2006, de Alfonso Cuarón, donde el miedo, convertido luego en terror, se transforma en una maquinaria de exclusión y hasta exterminio. En este sentido, el filme de Coogler se inserta en esa atmósfera donde no hay promesa de salvación, solo supervivencia pura; y, por conclusión, cuando el futuro es saboteado, la fe se transmuta en fanatismo o en mercancía de cambio (petróleo por democracia o premios por etiqueta de superioridad).
Filme amplio, multigénerico, excitante y virulento, “Pecadores” es una obra donde la imagen se baña de sombras y de arenas intranquilas del pasado. Vampiros o zombis o resucitados o seres monstruosos no son en realidad los invitados al banquete visual delirante; lo son la alegoría y la metáfora que se desprenden de ellos: los excluidos, los injuriados que quizá buscan un limbo de redención o de acreditación de la historia de su pasado inmediato, o quizá le dicen al mundo que el futuro se explica justamente en el pasado.
La dirección de Ryan Coogler es fáustica y contenida; es magistral y vehemente. Es arte cinematográfico, rictus visual de Craven, Carpenter, Hooper, Ford Coppola y Hitchcock. Es decir: es cine puro, en el sentido de la verosimilitud desde la diégesis.