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Análisisdomingo, 11 de enero de 2026

Vivencias / Venezuela

He hablado en estos días con venezolanas y venezolanos que viven aquí desde hace años. Hay alivio en sus palabras, sí, pero también una cautela que no se va.

Una frase se repite, casi siempre en voz baja: “nos da gusto… pero todavía tenemos miedo”.

No es contradicción. Es memoria.

Eso no se corrige de inmediato.

Por eso la pregunta que muchos se hacen no es quién ganó o quién cedió. Es otra, mucho más simple y mucho más dura: ¿es seguro volver? ¿Volver a qué? ¿A una vida distinta o a la repetición de lo mismo?

El poder puede reorganizarse, adaptarse, incluso pactar salidas. Pero no puede borrar lo que dejó atrás cuando actuó sin límites.

No puede pedirle a la gente que confíe de inmediato, ni exigir entusiasmo después de años de miedo.

No es ingratitud. Es experiencia.

Tal vez la lección más importante no está en cómo terminan los regímenes, sino en cómo empiezan:

Ninguna sociedad está exenta de eso. Porque el poder ejercido sin control no solo destruye gobiernos. Termina expulsando a su gente, incluso cuando esa gente quiere volver… pero teme hacerlo.

¡Cuidado!

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