He hablado en estos días con venezolanas y venezolanos que viven aquí desde hace años. Hay alivio en sus palabras, sí, pero también una cautela que no se va.
Una frase se repite, casi siempre en voz baja: “nos da gusto… pero todavía tenemos miedo”.
No es contradicción. Es memoria.
Quien no ha vivido el exilio suele pensar que los procesos políticos tienen finales claros, momentos precisos en los que todo cambia. Pero cuando el poder se ejerce sin control durante demasiado tiempo, las consecuencias no desaparecen con un anuncio ni con un giro político.
Cuando un Estado expulsa a millones de personas, cuando hay muertos, presos, torturados, cuando el miedo se vuelve parte de la vida cotidiana, el daño ya no es solo político: es social, moral y generacional.
Eso no se corrige de inmediato.
Por eso la pregunta que muchos se hacen no es quién ganó o quién cedió. Es otra, mucho más simple y mucho más dura: ¿es seguro volver? ¿Volver a qué? ¿A una vida distinta o a la repetición de lo mismo?
El poder puede reorganizarse, adaptarse, incluso pactar salidas. Pero no puede borrar lo que dejó atrás cuando actuó sin límites.
No puede pedirle a la gente que confíe de inmediato, ni exigir entusiasmo después de años de miedo.
El exilio no es solo irse de un país. Es aprender a vivir con cautela. Es saber que la alegría también puede ser peligrosa cuando llega demasiado pronto. Por eso no sorprende que haya esperanza sin euforia, alivio sin celebración.
No es ingratitud. Es experiencia.
Tal vez la lección más importante no está en cómo terminan los regímenes, sino en cómo empiezan:
cuando el poder se acostumbra a no rendir cuentas
cuando se normaliza el abuso
cuando el silencio se vuelve una forma de supervivencia
Ninguna sociedad está exenta de eso. Porque el poder ejercido sin control no solo destruye gobiernos. Termina expulsando a su gente, incluso cuando esa gente quiere volver… pero teme hacerlo.
¡Cuidado!