Los contingentes avanzaron por calles principales para unirse al grito de mayor seguridad y exigir justicia para víctimas de abusos; hubo ligeros daños al Palacio Legislativo y de Gobernación
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Con el rugir de las olas, Cástulo Delanada llenó de mar sus últimos respiros y luego se fragmentó en la nada. Se desgranó como “lego” mal armado. El agua salada acarreó sus trozos al fondo marino. Su último día lo pasó acuclillado frente al mar, entre las arenas y en el ir y venir de las pequeñas olas. Ahí vivió sus últimos tormentos tan intensos que desde meses lo azotaban.
Viajó al puerto en turismero, sin avisar a su familia, simplemente desapareció. Toda la noche soportó el roncar de una desconocida compañera de viaje. A las seis de la mañana que llegó, se dirigió a la playa, y ahí se acuclilló, mirando al horizonte, en tanto sus dolores lo mataban, le desgarraban su intestino. En la lejanía, el disco solar anunciaba calores y colores. Las pequeñas olas espumeaban y se desvanecían en filtros arenosos. El calor tropical mañanero le regaló confort que no apaciguaba sus dolores. Lanzaba guijarros al agua como terapia para el dolor que no menguaba. Todo el día llenó a su ser de lejanía entre la playa y el cielo.
En ese final, su existencia transcurrió como viejas fotografías en blanco y negro. Su vida era eso, fotografías viejas y desgastadas. Por la tarde, las reflexiones y el sufrimiento no pasaba. Los dolores no cesaban, no hizo caso de un taco con huevo y frijoles. Llevaba… ¡ya para qué!... en su camisa, la fotografía de sus hijos. Ovalitos escolares, también en blanco y negro. Los recuerdos no cesaban.
Se apellidaba Delanada porque no conoció sus orígenes. Supo de mala sangre que su madre lo abandonó en la basura, que un compadecido barrendero lo entregó a la parroquia y el cura lo formó, aunque después, a los nueve, lo hizo objeto de sus apetitos pederastas. La hija de la sacristana y él se juntaron. El mayor de sus hijos compraba y vendía droga; el segundo fue acuchillado en un pleito callejero. Su hija se perfumaba y vendía sus encantos en un cercano bar, y el más pequeño robaba carteras y bolsas de mandado…
¡No, su vida no tenía sentido!... por eso, cuando sintió que el final llegaba, decidió que sucedería frente al mar. Sin avisar a su familia, se marchó, y como un desconocido abordó el autobús que hacía viajes piratas a la playa. ¡Ahora que recuerda! pocas satisfacciones tuvo su existencia; como aquella en que su cuerpo al eyacular sintió la “muerte chiquita”; o el sentimiento del primer amor que nadie olvida; el cariño por sus hijos. Su mujer, hace tiempo que era amante del barbacollero del mercado, y cuando supo de sus males, ya no quiso tener relaciones con él. … ¡No, su vida ya no tenía sentido!...
Pero hoy es el último adiós mirando al mar… ¿O será que el mar lo mira a él?… con el calor del trópico su cuerpo escurre los últimos sudores de la vida, ya arreciaron porque ha dejado los calmantes. Hace rato se revolcó en la arena y los comerciantes playeros se acercaron, pero nada hicieron. La mayor parte del día se acuclilló esperando el final, que llegó como a las nueve y cuarto de la noche. –Lo supo porque un vigilante pasó a decirle que debía ya retirarse— fue cuando sus ojos se fraccionaron en trocitos, mientras se llenaban con la luz de las estrellas que se reflejaban en las aguas marinas. Dicen los que saben, que la vida provino del mar y que a ella regresaremos.
Cástulo Delanada simplemente se desmoronó sin ningún testigo… —¡o cuando menos eso sintió él que ocurrió!...— y lo mismo sucedió con el resto de su cuerpo, que se fue flotando porque la marea subió. Solo flotaron los ovalitos retratos de sus hijos, algunas arterias del corazón y los intestinos azotados por la enfermedad, pero que aún ya muerto se revolcaban como serpientes entre dolores, tristezas y nostalgias. Su familia no conoció la tragedia porque a nadie dijo nada. El autobús regresó sin el desconocido Delanada.
Ese fue el final de un ignorado que, quizás, fue mejor que el de nosotros, se marchó de las corrupciones y violencias, y de aquellos celos asesinos de saber que su mujer se refocilaba en brazos de otro, o de sufrir el camino de sus hijos descarriados. Cástulo Delanada simplemente se desvaneció frente a la inmensidad del agua de sal. —¡O cuando menos eso sintió él que ocurrió!— se marchó para siempre y descansó de su circunstancia personal y de salud. Se desvaneció en la nada. Acomodó su vista al horizonte y frente a él se desgranó.
Cástulo Delanada no fue ni estadística, se ausentó de la vida porque nadie lo necesitaba. Ni él necesitaba a la vida. La muerte lo condujo al confort que nunca tuvo. Y ahí descansa para siempre. Su mujer y sus hijos buscaban herencia, pero no lo extrañaron; se disolvió porque había venido de la nada, de ella nació y a ella regresó —¡o cuando menos él sintió que así sucedió!—.