El hombre del Millón
Aquel día de 1967, Miguel Ángel se esfumó como si se lo hubiera tragado la tierra
Carlos Álvarez / La Prensa
Nadie ahora podría decir con precisión adónde fue “el hombre del millón”; la historia de Miguel Ángel Ramírez Olivero entraña una maraña de dudas e incertidumbres que ni el Servicio Secreto pudo dilucidar.
I
Un día le pidió a su esposa que le cosiera al saco un millón de pesos en billetes -las circunstancias nos deparan el misterio que no se ha dilucidado-, puesto que saldría a cerrar un negocio importante con unos hombres de quienes nadie sabía nada.
Nunca más se supo de él ni del dinero y la historia se dio a conocer en LA PRENSA en los años sesenta, exactamente el 4 de agosto de 1967. Su paradero aún permanece en la incertidumbre.
II
Si la vida es curiosa en cuanto a cómo una persona entra y sale de nuestras vidas, la dificultad para asimilar una desaparición es tremenda, porque se acepta una ruptura sentimental, la pérdida de una amistad e incluso la muerte.
Pero desaparecer sin dejar rastro, llenar de misterio e incertidumbre la vida de aquellos que rodearon la existencia de uno es un hecho imposible de aceptar. Nadie desaparece de la faz de la tierra.
Y aún más raro parecería el hecho de que casos similares ocurrieran una vez cada siglo. En el terreno de la imaginación quizás se pueda suponer esta posibilidad, pero en la realidad contundente resultaría imposible siquiera suponerlo.
SE FUE SIN DEJAR RASTRO
Salió de su casa con el dinero suficiente como para comenzar una nueva vida en cualquier lugar; no obstante, las circunstancias indicaban que algo malo le había ocurrido, pero nadie pudo dilucidar el misterio de su partida
Pensó que mucho le hubiera gustado ir con su esposa; no obstante, siempre que salían, ella quería ir acompañada de su madre y esto incomodaba a Miguel Ángel, pues él sólo quería pasar tiempo con Victoria.
Instantes más tarde, Victoria salió con su hijo pequeño y le dijo a Miguel Ángel que iría a los baños públicos a refrescarse. Entonces, su marido le pidió que no demorara y estuviera lista para cuando regresara, pues quería ir al cine, a comer y a bailar.
Se supo que “el hombre del millón” se dirigió hacia Azcapotzalco, donde un compañero del gremio de fierreros lo acompañó a cobrar un cheque de 75 mil pesos. Finalmente, llegó a una cafetería, propiedad del entonces exboxeador Raúl “Ratón” Macías.
Miguel Ángel se sentó cerca de la entrada. Nuevamente se encontró con un amigo, José Borbolla, con quien cruzó algunas palabras hasta que llegaron las personas con quien haría negocios, aunque uno ya había estado en el café desde antes.
Miguel Ángel pagó la cuenta, se despidió de su amigo y salió acompañado de los dos sujetos hacia las 15:00 horas.
Meses después, cuando entrevistaron a José Borbolla para precisar sobre la extraña desaparición, éste comentó que no se había percatado de las características físicas de los sujetos con quien se fue su amigo, pero que lo notó muy contento de encontrarse con ellos.
Luego de cruzar las puertas de la cafetería El Embajador, como se llamaba aquel comercio, y abordar su Galaxy 66 con sus acompañantes, el “hombre del millón” ingresó para siempre en el terreno del misterio, ya que hasta allí llegó su rastro y luego desapareció.
Lo curioso del caso estriba en que su familia esperó un mes su regreso para reportar su extravío, pues supusieron que no estaba desaparecido, sino que sólo se había ido de parranda o que quizás tuvo que realizar un viaje relacionado con su negocio.
No obstante, declaró Victoria Angulo que recibió una extraña visita cierto día luego de que su esposo se ausentara.
Pronto el licenciado Eduardo Estrada Ojeda asumió la investigación. Entonces, la señora Angulo le proporcionó todos los detalles respecto a la visita de aquel individuo, quien le había indicado que su marido se encontraba en buenas condiciones y que pronto regresaría.
Como era de esperarse, Victoria reconoció que desconocía a las amistades o socios de su marido, salvo a Jaime Valdés, un exsocio que, según contó Victoria, se había aprovechado de Miguel Ángel cuando éste fue detenido por el crimen que no cometió.
Así pues, Jaime se había quedado con los dividendos de una operación concertada con la Comisión Federal de Electricidad (CFE), tras la cual Miguel Ángel fue a dar a la cárcel.
IV
Sin embargo, ese episodio concluyó luego de que la joven resolviera su “problema”, por lo cual la familia de ésta decidió terminar todo lo relacionado con el asunto y al cabo de un par de meses Victoria aceptó el regreso de su infiel marido.
V
LA INCERTIDUMBRE LA DESOLABA
Se escucharon cuatro detonaciones al poco tiempo de que la pareja ingresó a su habitación; la primera le arrebató media vida a él y la segunda por compasión lo terminó; al ver su crimen, ella se suicidó.
En ese momento, sólo se pudo identificar a uno de los protagonistas de la tragedia, un hombre de 25 años que respondió en vida al nombre de Roberto Dobbie Zurita; la mujer permaneció como una joven bella, pero desconocida.
Se cree que al menos destrabó la puerta y echó un vistazo al interior, ya que debido a esto pudo saber que la integridad de ambos inquilinos se encontraba en precarias condiciones.
El administrador del hotel se llamaba Urbano Mereles Montes. Dijo que ese día, cuando la pareja llegó, él se encontraba pacíficamente en su despacho. Mientras la fémina permanecía en silencio, el joven se presentó como Agustín Romero y solicitó un cuarto.
Don Urbano no le dio gran importancia y los miró de soslayo con el rabillo del ojo. Luego les asignó el número 15. Parecían una de esas parejas normales.
SU INFIDELIDAD LE COSTÓ LA VIDA
Desistió de sus propósitos al comprobar que el pestillo había sido colocado desde el interior, por lo cual decidió comunicarse al control de radiopatrulla para reportar lo ocurrido.
Luego de desahogar la investigación, el detective ordenó que los cuerpos fueran trasladados a la benemérita institución de la Cruz Roja.
Sucumbió debido al desengaño y no por el plomo; porque los hombres mienten, son capaces de jurar amor eterno y no por ello tienen las agallas de permanecer fieles a su palabra.
Sin embargo, días antes fue a buscarla solamente para anunciarle que estaba por contraer matrimonio y creyó que le estaba haciendo un favor al haberse dignado a confesarle la verdad.
Al saberlo -aunque su intuición ya le había advertido-, en el interior de Gloria germinó el fatal sentimiento de venganza al sentirse engañada por quien le juró amor y matrimonio, pero en lugar de eso la golpeó con la brutal verdad de que había jugado con ella...
La vida no es igual ante el desengaño, por eso no quiso vivir ni un solo momento más. No se supo cómo adquirió el arma escuadra calibre .25, pero con esa selló su promesa de crimen.
El día fatídico, ocultó dentro de una caja la pistola y salió al encuentro de Roberto, como si fuera a una cita amorosa. Ya había concertado con su amante el encuentro mortal.
Sus compañeras enfermeras del hospital donde trabajaba Gloria indicaron que el aquella fecha del desenlace, Roberto fue a buscarla alrededor de las 14:30 horas. Hablaron un poco, luego se despidieron y él espero a que terminara su turno en el hospital.
Más tarde, cuando salió Gloria, se fueron caminando, pasaron frente a ellas y luego se alejaron hasta perderse de la vista de todos.
Gloria les había contado a sus compañeras que Roberto se había echado para atrás y se negaba a casarse, tal como lo había prometido, como hiciera el juramento cuando se entregó a él.
Otro detalle más que se reveló, quizá otro motivo por el cual a Gloria le dieron ganas de matar a ese hombre débil, fue que la propia madre de Roberto había venido desde Veracruz para resolver los asuntos de su hijito.
Un inútil y un mentiroso. Así pues, sobre amenazas le exigió que dejara a su hijo, pues pertenecían a dos mundos distintos. Ya en la habitación y con la certeza de que era mejor no tenerlo a que lo tuviera alguien más, brotó la chispa del odio y la venganza.
Había calma en su interior, pues debía fingir que todo transcurría normal. Lo abrazó fuerte, le dio algunos besos y se quedó a su lado, muy pegadita a su cuerpo.
Él no se percató ni intuyó lo que habría de ocurrir en un instante. La mano derecha de Gloria, como por voluntad propia se deslizó hasta donde estaba la caja donde había ocultado el arma que habría de poner fin a esa historia.
Decaída y decidida a todo, pero sin dejar de besarlo, su mano levató la mortífera arma. Le dijo que lo amaba y lo besó quiza con suavidad y ternura, como se hace con una creatura, con el solo pensamiento fijo en nada que no fuera la muerte.
Colocó el cañón de la pistola en la nuca de su amante y haló el gatillo. Roberto se desvaneció, pero no murió; entonces Gloria descargó otra vez el arma y cayó pesadamente al suelo.
La mirada de Gloria se había empozado de tristeza, pero continuó con su determinación. Se colocó la pistola a la sien derecha y haló el gatillo nuevamente. Al caer, un disparo más escapó incrustándose en una de las paredes del cuarto.










































